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El omega abandonado por su alfa

El omega abandonado por su alfa

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / CEO / ABO / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:1
Nilai: 5
nombre de autor: Majo R.

Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.

NovelToon tiene autorización de Majo R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10

El vértigo hizo que Gael se aferrara a la manga de Adrián. Después del rut, su cuerpo reaccionaba cada vez con más intensidad a las feromonas del alfa. Las piernas apenas lo sostenían y tuvo que apoyarse en su hombro.

Adrián tardó en levantar la cabeza. La nuca de Gael estaba cubierta de mordidas recientes y antiguas; sobre todas destacaba una marca roja que, por fortuna, no sangraba.

Aquello lo desconcertó. No era un hombre dominado por el deseo. El autocontrol era una cualidad elemental para un alfa clase S. Entonces, ¿por qué acababa de hacer eso?

Quizá el problema no estaba en él, sino en la persona que tenía entre los brazos.

Gael seguía aturdido contra su pecho. Adrián miró la mano que había colocado sobre su hombro sin darse cuenta.

Debían de ser residuos del rut.

Una oleada de feromonas alfa envolvió a Gael. Esta vez no tuvo dudas: olía a abeto.

Había visto los datos de Adrián cuando registraron el matrimonio: alfa clase S; feromonas de abeto.

Era un bosque silencioso después de una nevada, con las agujas verdes fundidas en el blanco y árboles rectos que se perdían en el cielo.

Abeto blanco.

Por un instante, Gael sintió que se formaba entre ellos un vínculo imposible de explicar. Levantó la cabeza con cautela, pero Adrián ya lo observaba con el ceño fruncido. La cercanía se deshizo de inmediato. Gael desvió los ojos.

—Perdí el equilibrio.

Tenía los labios encendidos y la mirada húmeda. Las feromonas le habían dado un aspecto vulnerable, cargado de un deseo que él mismo parecía ignorar.

¿Podía un beta reaccionar así ante un alfa?

Adrián retiró la mano despacio. Gael, todavía débil, se sostuvo a escondidas del respaldo del sofá.

Adrián repasó lo sucedido: los ojos de Gael, la nuca sin glándula, su propia excitación repentina y aquel tenue aroma a caramelo durante el rut.

Arrojó el parche que acababa de retirar. Debería haberlo irritado su falta de control, pero morder a Gael lo había dejado satisfecho. Esa reacción tan honesta empeoró su humor.

Había perdido el dominio de sí mismo por culpa de aquel beta inquieto que tenía enfrente.

Un beta común. Inútil.

Gael no sabía qué pasaba por su mente. El mal carácter de Adrián solía aparecer durante el rut; no entendía por qué volvía a estar molesto.

Soportó el ardor de la nuca y habló en voz baja.

—Mañana puedo ir solo. De verdad.

No quería que Adrián se relacionara más de lo necesario con los Luján. Temía que descubriera aspectos todavía más vergonzosos de su vida.

—No. —El rostro de Adrián recuperó su frialdad habitual—. De pronto me interesa conocer mejor a tu familia.

En realidad, era Gael quien había despertado su curiosidad.

La razón seguía diciéndole que su condición de beta era incuestionable. Adrián era incompatible con casi todas las feromonas omega: su organismo respondía con rechazo y esa defensa podía lastimar con facilidad a un omega.

Si Gael lo fuera y Adrián de verdad hubiera percibido su aroma, ninguno de los dos estaría allí de pie con tanta calma.

Gael olvidó por un momento el dolor de la nuca.

—Pero mi familia…

Desde lejos, los Luján parecían una caja de regalo bien envuelta. Bastaba acercarse para ver las roturas del papel. Y al abrirla, solo había madera podrida y carcomida.

No quería que Adrián conociera a su familia. Tampoco quería que lo conociera a él.

—¿Qué pasa con ellos? —Adrián esperó un instante—. ¿Son hipócritas? ¿Codiciosos?

El rostro de Gael ardió. No solía perder la compostura con tanta facilidad, pero en los últimos días no lograba controlarse.

El mareo volvió. Sin saber si era por la fiebre o por las feromonas, cedió a una pregunta que normalmente habría callado.

—¿Me odiarás todavía más?

Miró a Adrián de frente, con las mejillas encendidas.

—Si ves más cosas de mí… cosas que no puedes aceptar, seguro me odiarás más.

Adrián nunca había concedido demasiada importancia a Gael. Para él había sido poco más que una distracción. Sin embargo, ¿odiarlo?

En menos de diez minutos, volvió a cuestionar sus propias certezas. Quizá no lo odiaba. Gael era obediente, no causaba problemas y sabía complacerlo dentro y fuera de la cama.

No tenía por qué explicárselo. Había algo más urgente.

—¿Tienes fiebre otra vez?

Apoyó el dorso de la mano en su frente.

—Sí. Volvió la fiebre.

Lo sujetó por la cintura y lo condujo hacia la puerta. Gael caminaba como si no entendiera del todo lo que ocurría y apenas podía seguirle el paso.

El mayordomo esperaba afuera. Al verlos, abrió los ojos con sorpresa.

—¿El señor Luján otra vez…?

Adrián miró a Gael. Él le devolvió una mirada desorientada e inocente. Por primera vez en mucho tiempo, Adrián sintió que le dolía la cabeza.

—Llame al doctor Beltrán.

El mayordomo se apresuró escaleras abajo. Cuando desapareció, Gael dijo con docilidad:

—Me estás lastimando.

—¿Qué?

—El hombro. Me duele.

Adrián respiró hondo y aflojó la mano. Gael perdió el apoyo de inmediato y se golpeó la frente contra la pared.

Aturdido por la fiebre, quedó todavía más desorientado.

Adrián volvió a rodearlo con un brazo y lo sostuvo con firmeza.

—¿Te duele?

Gael intentó tocarse la frente, pero no podía mover los brazos. Lo miró y asintió con sinceridad.

—Entonces aguanta.

Gael tardó un momento en comprender. Bajó los ojos, ofendido.

Adrián era demasiado cruel.

El alfa sospechó que la fiebre le había afectado el juicio. Las otras veces, Gael por lo menos había conservado algo de lucidez.

Le dolía todo el cuerpo. Sentía la nuca ardiente e hinchada, como si una semilla enterrada desde hacía años estuviera a punto de romper la piel.

No soportaba el malestar. Se removió un poco.

—¿Puedes soltarme?

—¿Y ahora qué?

Gael echó la cabeza hacia atrás, buscando una postura menos dolorosa. Incluso a través de la ropa, Adrián notó que su temperatura seguía subiendo. La vista de Gael se nublaba y se aclaraba por momentos.

—Ya no puedo caminar. Estoy muy cansado.

El enojo de Adrián se apagó de golpe. Soltó un suspiro y se detuvo.

Por primera vez, cargó a Gael hasta la habitación. Él cerró los ojos contra su pecho, agotado, mientras el mayordomo traía el botiquín.

—¿Cuánto tardará el doctor Beltrán?

—Diez minutos. Si se enfrió, es normal que haya una recaída. La fiebre todavía no había cedido por completo.

Adrián no creía que se tratara solo de un resfriado. Contempló el rostro dormido de Gael.

—Mi diagnóstico dice que mi organismo se defiende y ataca indiscriminadamente a cualquiera que no sea yo.

El mayordomo lo miró con cautela.

—A cualquiera —continuó Adrián—. No solo a los omegas. Una reacción anormal en un beta tampoco sería imposible.

—Tal vez los betas son menos sensibles —aventuró el mayordomo—. Los síntomas podrían aparecer solo después de una exposición prolongada.

Adrián no se tranquilizó.

—Llévelo al hospital para que le hagan estudios completos.

Él no tenía tiempo ni interés en acompañarlo. Ya había desperdiciado demasiadas horas en Gael durante los últimos dos días, así que encargó la tarea al mayordomo.

El doctor Beltrán llegó poco después. Revisó la temperatura, indicó los medicamentos y preparó otra solución intravenosa con la familiaridad de quien había atendido muchas urgencias en esa casa.

Adrián fue directo al punto.

—Además del agotamiento y la inflamación, ¿qué puede provocar una fiebre recurrente?

—No detecto ninguna anomalía propia del señor Luján —respondió el médico—. Puede deberse a sus feromonas, pero necesitamos estudios en el hospital. Por precaución, mantenga cierta distancia durante estos días y evite exponerlo a más estímulos.

Adrián asintió y se puso de pie.

—Vigilen cómo amanece.

El mayordomo pidió las últimas indicaciones y, al salir, apagó la luz.

Gael quedó solo en la oscuridad, acurrucado bajo las cobijas. En sueños avanzaba con dificultad por una llanura cubierta de nieve. A su alrededor crecían abetos blancos tan altos que tocaban el cielo.

El aroma era tan intenso que le costaba respirar. La habitación también seguía impregnada de las feromonas de Adrián.

Gael se agitó sin lograr despertar. La nuca le picaba, pero las heridas dolían demasiado.

Abrió los ojos a la mañana siguiente, exhausto.

Ya no quedaba nada extraño en la habitación. El olor denso de la noche había desaparecido. Aun así, sentía como si no hubiera descansado.

Se puso de pie y la vista se le oscureció durante un par de segundos. Esperó a recuperarse, caminó hacia el clóset y se rascó la nuca sin pensar.

El dolor lo hizo estremecerse y terminó de despertarlo.

Frente al espejo del baño comprobó que las mordidas no habían cicatrizado. Parecía haberlas lastimado todavía más mientras dormía.

—¿Cómo…?

¿Las habría tocado sin darse cuenta?

El malestar le había hundido el ánimo. Quiso examinarse mejor, pero llamaron a la puerta.

Se obligó a reaccionar y fue a abrir.

—¿Qué ocurre…?

Esperaba ver al mayordomo. En cambio, Adrián estaba frente a él, impecable dentro de un traje.

El alfa recorrió con la mirada su rostro cansado y arqueó una ceja.

—Dormiste mal. No importa; descansas cuando volvamos. Primero iremos a casa de los Luján.

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