Lucia despierta después de una noche de borrachera, dándose cuenta que estaba en la casa de su jefe, Mateo Alcázar, y que había pasado una noche de pasión.
Mateo, a consecuencia de esto, promete hacerse responsable, pero Lucía lo rechaza. Aunque eso no significa que sea el final, ya qué, con la presencia de su ex novio, quien intenta agredirla, Lucía finalmente acepta el matrimonio con Mateo, iniciando así, una relación en donde no existe amor, pero hay una evidente atracción entre ambos.
¿Podrá prosperas el amor, en este matrimonio que empezó como una necesidad de protección?
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Capítulo 1
Lucía Salcedo abrió los ojos en una cama que no conocía.
Durante unos segundos miró el techo, las paredes claras, las sábanas revueltas.
Después le volvió todo de golpe.
La cena del área. Las copas de más. Un cuerpo encima del suyo. Ese quejido grave que todavía le daba vueltas en el oído.
Se sentó de golpe.
—No, no, no...
La camisa blanca tirada en el piso estaba rota. No arrugada: rota. Con botones perdidos, tela abierta y rastros de una noche que ella prefería no revisar.
Al lado de la cama había una muda limpia: camisa, falda formal, ropa interior nueva. Todo caro, todo impersonal. Lo había dejado él.
Lucía se metió al baño casi corriendo. Cuando se miró al espejo, soltó una risa sin humor. Tenía el cuello limpio, impecable. Debajo de la clavícula, en cambio, la piel contaba otra historia.
—Qué caballero. Me arruinó donde no se ve.
Se vistió como pudo. Le quedaba bien, sí. Pero no era ella. Muy oficina, muy correcta, muy "soy una persona seria y pago impuestos".
Agarró la cartera y salió del dormitorio.
No era un hotel.
El departamento era enorme, frío, casi sin señales de vida. En el living, sentado en un sillón con una notebook sobre las piernas y auriculares puestos, estaba Mateo Alcázar.
Su jefe.
El presidente de Casa Alcázar, la empresa de moda más grande de Buenos Aires.
El hombre al que en la oficina llamaban, a media voz, el santo de hielo.
Lucía se quedó clavada en el lugar.
Mateo levantó la vista. Llevaba ropa negra de entrecasa, el pelo apenas desordenado y la misma cara tranquila con la que firmaba contratos millonarios.
—Estoy en reunión —dijo.
Lucía cerró la boca.
En la pantalla había varios directivos conectados. Mateo se inclinó para empujar hacia ella un vaso con agua y miel. Al hacerlo, la cámara alcanzó a mostrarle el cuello: marcas. Varias.
Lucía sintió que la cara le ardía.
Esas las había dejado ella.
Se sentó frente al desayuno y tomó el vaso sin mirarlo. Había café, leche y un sándwich. El mismo que él tenía en su mesa. Mientras Mateo seguía hablando de números, ella comía de a mordiscos chicos, con la cabeza llena de ruido.
Mateo era famoso por ser frío. Frío con los empleados, frío con los socios, frío hasta cuando felicitaba a alguien. Lucía llevaba un año en Casa Alcázar y apenas había cruzado con él dos o tres palabras.
Y ahora estaba desayunando en su casa después de haberse acostado con él.
Cuando la reunión terminó, Mateo cerró la notebook y comió como si nada.
—No sabía que era tu primera vez —dijo—. Fui bruto.
Lucía se atragantó.
—¿Podemos no hacer un informe técnico?
—La médica llega en un rato. Te revisa y después te vas.
Lucía apretó el vaso.
—No hace falta.
—Hace falta.
—Mateo... señor Alcázar, yo puedo irme sola.
Él la miró por encima de los lentes.
—¿Me estás diciendo que anoche estuve tan mal que querés huir antes del control?
—¿Qué?
Lucía abrió la boca y la cerró. Ese hombre hablaba con la misma calma para discutir presupuestos y para decir barbaridades.
Una mujer mayor apareció en el living.
—Señor, llegó la doctora Molina.
Mateo se levantó.
—Vení.
Lucía lo siguió porque discutir ahí, en ropa que él había comprado, después de lo que había pasado, le parecía una derrota demasiado visible.
La doctora no le dio pastillas ni sermones. La revisó, le aplicó una crema y le explicó con profesionalidad que podía haber dolor un par de días.
Lucía se tapó la cara con las manos.
Humillante era poco.
Cuando salió, Mateo ya no estaba. En su lugar la esperaba Simón Rivas, apoyado contra un auto negro y con una sonrisa que pedía una piña.
Simón tenía veintidós, como ella. Habían estudiado en la misma universidad y habían entrado a Casa Alcázar el mismo día. No trabajaban en el mismo piso, pero se conocían de sobra. Él había terminado como único asistente directo de Mateo, puesto que en la empresa sonaba menos a ascenso y más a prueba de supervivencia.
—Buenos días, futura señora Alcázar.
—Te rompo la cara.
—Con esa voz no das miedo.
Lucía subió al auto y apoyó la frente en la ventanilla.
—Anoche me subí al auto equivocado, ¿no?
—Sí. Y con entusiasmo.
—Simón.
—Te cuento porque preguntaste. Saliste bastante pasada de copas, viste el auto del jefe, abriste la puerta, te subiste y lo abrazaste como si fuera tu novio. Le dijiste algo tipo "mi amor" y después lo besaste. Fuerte.
Lucía cerró los ojos.
—No sigas.
—Le arrancaste la camisa. El jefe tiene obsesión con la limpieza, ya sabés. Estaba tieso como estatua. Después, como vivís sola y no estabas en condiciones de entender ni tu dirección, te trajo acá.
—Qué considerado.
—Después se volvió menos considerado, parece.
Ella le mostró el cuello limpio.
—Muy caballero. Ni una marca donde se note.
—El jefe piensa en todo.
—Es un falso santo.
Simón se rio.
Lucía miró por la ventana. Tenía sueño, le dolía todo y la vergüenza no le entraba en el cuerpo.
Pero lo peor no era Mateo.
Lo peor era que, apenas prendiera el celu, iba a aparecer Bruno Quiroga.
Su novio de cinco años.
El mismo que la engañaba con Valentina Cordero, su mejor amiga.
Y esa parte, a diferencia de lo de Mateo, no había sido un accidente.
metiche la envidia ella siempre odiaba a Lucia por qué se casó con Mateo 😂😂😂💕