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Bajo La Luna De Desierto: El Contrato Del Alfa

Bajo La Luna De Desierto: El Contrato Del Alfa

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Hombre lobo / Mafia / Completas
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Para salvar a su clan de la ruina, Zaira acepta un matrimonio forzado con Tariq Al-Rashid, el despiadado Alfa de la mafia vampírica de Dubái. Obligada a renunciar a su libertad, se adentra en un palacio de lujo y misterio que parece salido de Las mil y una noches. Pero el peligro real la espera al cruzar el umbral: el hombre con el que debe casarse no es su prometido inicial, sino el implacable y magnético padre de este, un inmortal de mirada abrasadora que esconde el secreto de un viaje en el tiempo. Entre sedas, dunas plateadas y miradas que queman, Zaira descubrirá que la línea entre el odio y la pasión más ardiente es tan fina como un suspiro.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: La Ciudad de las Mil Sombras

El calor de la noche persa no trajo consigo la calma, sino un sofocante abrazo cargado de aroma a aceite de sésamo, cuero húmedo, canela y el humo espeso que emanaba de los braseros de carbón. Las calles de Isfahán, en aquel año 820 de la era antigua, se bifurcaban como las venas de un gigante dormido bajo la cúpula estrellada. Los adoquines desgastados reflejaban la luz temblorosa de los faroles de cobre, proyectando sombras alargadas que danzaban sobre las paredes de adobe y yeso moldurado.

Tariq guió al semental castaño por un callejón estrecho, apartado de la vía principal por la que discurrían los mercaderes y las patrullas de la guardia de la ciudad. Su brazo derecho mantenía a Zaira firmemente aferrada contra su pecho. La joven sentía cada latido de la arteria del Alfa en la espalda, un pulso rítmico, denso e inquebrantable que la mantenía anclada a la realidad mientras sus ojos intentaban asimilar la inmensidad del pasado.

—No levantes la mirada si cruzamos a un patrullero —murmuró Tariq cerca de su oído. La voz del inmortal no era más que una vibración grave que le erizó la piel del cuello—. En este siglo, las mujeres de la alta nobleza no caminan ni cabalgan con el rostro descubierto ante los extraños. Y tú, pajarillo, llevas en los ojos un fuego que atraería la atención de cualquier hombre a un kilómetro a la redonda.

—No estoy intentando llamar la atención —susurró Zaira, acomodándose contra la firmeza de la armadura de cuero y plata de Tariq—. Es solo que... todo esto parece un sueño. El aire, el olor, la forma en que las estrellas se ven desde aquí...

—El mundo era más joven —respondió él, ajustando las riendas con una mano mientras la otra descendía con sutileza hasta la curva de la cadera de ella, acariciándola a través de la gasa carmesí con una posesividad instintiva—. Pero el peligro era exactamente el mismo. Jafar no es un mafioso de poca monta con pistolas modernas; es un sabio que vendió su alma al vacío para no morir jamás. Sabe que hemos cruzado el portal. Sabe que el amuleto ha despertado.

El caballo se detuvo ante un portón de madera de cedro tachonado con remaches de hierro corroído, oculto al final de un pasaje sin salida. El muro que lo rodeaba estaba cubierto de hiedra seca y flores de jazmín nocturno que despedían un perfume dulce y penetrante.

Tariq desmontó con una gracia que desafiaba su envergadura física. Se giró hacia Zaira y extendió las manos. Al tomarla por la cintura para bajarla, sus dedos se hundieron con firmeza en su talle, deteniendo el descenso a mitad de camino. La luz de una antorcha cercana se reflejó en los ojos del Alfa, encendiendo su mirada en un tono oro puro.

—Estás temblando —dijo él en voz baja, sin soltarla.

—Es la adrenalina —mintió Zaira, aunque la verdadera razón era la cercanía de sus labios, que se hallaban a escasos centímetros de los suyos—. Y el hecho de que acabamos de escapar de diez hombres armados en medio del desierto.

—Te dije que mientras estuvieras a mi lado, nada te tocaría —Tariq inclinó la cabeza y rozó con sus labios el lóbulo de su oreja, enviando una chispa de calor directo a la parte baja de su vientre—. Ni las flechas de los cazadores, ni la magia del Visir. Eres mi esposa, Zaira. Tu vida y tu placer están bajo mi custodia.

La depositó en el suelo con delicadeza, pero no rompió el contacto. Su mano descendió por el brazo de la joven hasta entrelazar sus dedos con los de ella, apretándolos con una fuerza serena.

Tariq avanzó hacia la puerta de cedro y golpeó la madera con una secuencia específica: tres golpes secos, una pausa, y dos golpes más suaves.

Tras un momento de silencio absoluto en el que solo se escuchaba el susurro del viento entre los adoquines, la pesada puerta giró sobre sus bisagras de bronce sin emitir un solo chirrido. Un hombre anciano, vestido con una túnica de lino gris y cubierto por una capa que ocultaba sus facciones, apareció en el umbral sosteniendo un candelabro de tres velas de cera de abeja.

—Mowlana... —la voz del anciano era un rasguño gastado por el tiempo—. Las estrellas decían que regresaríais antes de la alineación, pero la guardia del palacio afirma que el demonio de la noche fue ejecutado en las dunas hace tres siglos.

—Los mortales dicen muchas cosas cuando tienen miedo, Baraz —contestó Tariq, cruzando el umbral y arrastrando a Zaira consigo al interior—. Prepara la estancia privada del patio alto. Necesitamos refugio, ropa seca y agua clara. Y asegúrate de que los sirvientes que no sean de nuestra estirpe permanezcan en los pisos inferiores.

El anciano inclinó la cabeza hasta rozar su propio pecho con la barbilla.

—Todo está listo como en los antiguos tiempos, mi Señor. La dama será atendida como la reina que la profecía anunció.

El interior del recinto era un oasis de lujo victorioso y discreto. El patio central estaba rodeado por arcadas de mármol blanco esculpido con filigranas de estilo califal. En el centro, una fuente octogonal de piedra azul arrojaba agua continua que refrescaba el ambiente, rodeada de macetones con rosales negros y naranjos en flor. El contraste con el calor agobiante de la calle era inmediato; el aire aquí olía a agua viva, menta fresca y la madera pulida de los aposentos superiores.

Baraz los guió por una escalera helicoidal que serpenteaba alrededor de una torre de piedra hasta llegar a la suite principal.

Al cruzar las puertas doble de caoba, Zaira dejó escapar un leve suspiro. La habitación era colosal. Las paredes estaban cubiertas por tapices de seda borgoña bordados con hilos de oro que representaban batallas y constelaciones. En el extremo opuesto, una enorme terraza abierta permitía contempla los tejados de Isfahán y la silueta majestuosa del palacio del Sah cortando el cielo nocturno. Pero lo que dominaba el espacio era una litera imperial vestida con tules de gasa negra y sábanas de seda roja que relucían bajo la luz de docenas de velones dispuestos en candelabros de bronce.

—Dejadnos —ordenó Tariq a Baraz sin mirar atrás.

El anciano se inclinó de nuevo y cerró las puertas con un golpe sordo, dejando a la pareja envuelta en la penumbra dorada de la estancia.

Zaira caminó hacia el centro de la habitación, sintiendo la textura de las alfombras persas bajo las suelas de sus botas. Se quitó el velo que cubría su cabeza y dejó que su larga cabellera oscura cayera sobre sus hombros. La fatiga del viaje y la tensión de la batalla comenzaban a cobrar su peaje, pero en su interior, la cercanía del Alfa mantenía encendida una llama sorda que no le permitía descansar.

Tariq se despojó de la capa de lana y desabrochó las hebillas de su armadura de cuero. Los pectorales y los hombros del inmortal quedaron al descubierto, esculpidos en una anatomía perfecta que no mostraba un solo rasgo de imperfección. Se acercó a la mesa de nogal donde reposaba una jarra de plata con vino de granada y sirvió dos copas de cristal pesado.

Caminó hacia Zaira con pasos lentos y felinos. Le ofreció una de las copas, rozando sus dedos con los de ella al entregársela.

—Bebe —dijo suavemente—. El vino de esta región está macerado con especias que calman la sangre mortal. Te devolverá la fuerza que el portal te arrebató.

Zaira tomó un sorbo. El líquido era dulce, espeso y ardiente, dejando una estela de calor que descendió directo hacia su pecho.

—Ese hombre, Baraz... te llamó Señor —comentó ella, fijando sus ojos oscuros en los de Tariq—. Habló de una profecía. ¿Qué es lo que no me estás contando, Tariq?

El Alfa apuró su copa de un solo trago y la dejó sobre la mesa con un golpe seco. Dio un paso hacia ella, reduciendo el espacio entre sus cuerpos hasta que Zaira pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su piel desnuda.

—En este siglo, no soy solo el líder de una familia de la mafia, Zaira —explicó él, alzando una mano para rozar el pómulo de la joven con el dorso de sus nudillos—. Aquí, soy el primer Alfa. El origen de la estirpe que gobernó las sombras de la Ruta de la Seda antes de que los reyes mortales alzaran sus imperios de barro. Y la profecía de mi clan decía que el portal de la cúpula solo se abriría de nuevo cuando la mujer con la sangre de las sacerdotisas de la luna caminara a mi lado.

—La mujer de tu pasado... —susurró Zaira, sintiendo que un nudo de dudas se apretaba en su garganta—. ¿La amabas a ella... o me amas a mí?

Tariq se congeló por una fracción de segundo. Sus ojos ámbar brillaron con una intensidad tan profunda que parecieron devorar la luz de las velas. Su mano bajó desde su pómulo hasta su cuello, rodeando su garganta con una firmeza que no apretaba, pero que exigía una atención absoluta.

—Tú eres ella, Zaira —dijo el Alfa, y su voz tembló con una emoción contener durante milenios—. Tu alma no es un reflejo, ni una copia. Es la misma esencia que me prometió volver antes de que el fuego de Isfahán nos separara. No amo a un fantasma. Te amo a ti, a la mujer que me desafía con la mirada, a la que temblaba en mi palacio de Dubái y a la que ahora está frente a mí lista para pelear por su libertad.

El impacto de sus palabras dejó a Zaira sin aliento. La copa de cristal resbaló de sus dedos y cayó sobre la tupida alfombra sin romperse, derramando unas gotas de vino rojo sobre la seda.

Tariq no le dio tiempo a pensar. La atrajo hacia su cuerpo con un movimiento brusco y posesivo, pegando las curvas de la joven contra la dureza de sus muslos y su torso de piedra. Su boca cayó sobre la de Zaira en un beso hambriento, sofocante y repleto de una pasión retenida durante eras.

El contacto no fue delicado; fue la reclamación de un rey. La lengua del inmortal abrió paso entre los labios de Zaira con un dominio absoluto, saboreando el matiz dulce del vino de granada en su boca. Zaira ahogó un gemido que resonó en el pecho de Tariq, rodeando el cuello del Alfa con sus brazos, hundiéndose los dedos en su cabello oscuro y espeso. El calor que se había acumulado en su vientre estalló en una marejada de puro deseo que disipó cualquier rastro de cansancio o duda.

Las manos de Tariq descendieron por la espalda de Zaira, buscando los broches de la túnica carmesí. Con destreza milenaria, desató los cordones de seda. La tela pesada se desprendió de los hombros de la joven, cayendo en un susurro al suelo y dejándola vestida únicamente con una fina camisa de lino blanco que transparentaba cada línea de su cuerpo bajo la luz dorada.

Tariq interrumpió el beso solo para contemplarla. Su respiración, habitualmente imperceptible, era un jadeo pesado que delataba el monstruo de la pasión que despertaba en su interior.

—Mírate... —murmuró él, recorriendo con sus ojos el contorno de sus senos erguidos bajo la tela fina—. Eres la única tentación por la que destruiría este imperio y cualquier siglo al que me lleves.

—Entonces no me hables de guerras ni de profecías —pidió Zaira en un hilo de voz, aferrándose a sus hombros esculpidos—. Hazme tuya en este tiempo, Tariq. Hazme olvidar que el mundo existe fuera de esta habitación.

Un gruñido bajo y satisfecho vibró en la garganta del Alfa. Tomó a Zaira en brazos sin el menor esfuerzo, elevaándola hasta la litera imperial. La depositó sobre la seda roja y se inclinó sobre ella, cubriendo su cuerpo con el suyo mientras las cortinas de gasa negra se cerraban a su alrededor, aislándolos en un universo de piel, fuego y sombras.

El roce de la seda roja contra la piel desnuda de Zaira acentuaba la sensibilidad de cada uno de sus poros. Tariq no tenía prisa. A pesar de la ferocidad con la que la había deseado en el mercado, el Alfa se tomó el tiempo necesario para venerar cada milímetro de su cuerpo.

Sus manos, grandes y firmes pero dotadas de una delicadeza extrema, retiraron la camisa de lino hasta dejarla completamente expuesta. La luz de los velones trazaba relieves de oro y sombra sobre la piel canela de Zaira. Tariq descendió por su cuerpo con una cadena de besos lentos y abrasadores: empezó en la comisura de sus labios, bajó por el cuello pulsante, se detuvo en el nacimiento de sus senos y continuó por la curva de su vientre agitado.

Zaira arqueaba la espalda ante cada toque, atrapando las sábanas entre sus puños. Las caricias del inmortal no eran solo físicas; sentía que la energía de Tariq penetraba en su ser, reconociendo cada rincón de su alma. La sensación de pertenecía era tan abrumadora que unas lágrimas de puro éxtasis se agolparon en sus ojos.

—Abre los ojos, pajarillo —ordenó Tariq en un murmullo cavernoso, posicionándose entre sus muslos.

Zaira obedeció, encontrándose con la mirada encendida del Alfa. Sus ojos ámbar habían mutado a un carmesí brillante, el color de la pasión pura y la dominancia de su estirpe.

—Dime a quién perteneces —pidió él, rozando la entrada de su cuerpo con un movimiento lento que hizo que Zaira soltara un jadeo agudo.

—A ti... —respondió ella sin dudar, alzando las caderas para buscar el contacto directo—. En el presente, en el pasado... soy tuya, Tariq.

El Alfa no esperó más. Se unió a ella en un impulso firme y profundo que llenó a Zaira por completo, sacando de su garganta un grito ahogado que Tariq atrapó de inmediato con sus labios.

El ritmo que siguió fue una danza incandescente. Tariq se movía con un dominio experto, marcando un cadencia lenta que aumentaba la intensidad con cada embestida. Zaira respondía a cada uno de sus movimientos, envolviendo la cintura del Alfa con sus piernas, entregándose por completo al placer que la consumía. Cada choque de sus cuerpos resonaba en la estancia; el aroma a sándalo de Tariq y la fragancia a jazmín de Zaira se mezclaban en el aire, creando un ambiente sofocante y embriagador.

Las manos de Tariq se entrelazaron con las de ella, presionándolas contra el colchón a ambos lados de su cabeza mientras aumentaba la velocidad. El placer se volvió una tormenta líquida que corría por las venas de Zaira, acelerando su corazón hasta límites peligrosos. Podía sentir el pulso de la magia antigua del amuleto resonar en sintonía con las embestidas de Tariq, como si el propio universo celebrara la reunión de sus almas.

Con un último movimiento profundo y devastador, el Alfa alcanzó el clímax al mismo tiempo que Zaira se colapsaba en una oleada de espasmos de puro placer que sacudieron su cuerpo de pies a cabeza. Tariq se sepultó en su cuello, dejando escapar un rugido sordo de victoria mientras su esencia sellaba de nuevo el pacto entre ambos.

La madrugada avanzaba en silencio sobre los tejados de Isfahán. La brisa fresca que entraba por la terraza movía suavemente las cortinas de gasa negra del dosel.

Zaira descansaba recostada sobre el pecho de Tariq, escuchando el latido sereno de su corazón inmortal. El Alfa la rodeaba con un brazo, acariciándole el cabello con la yema de sus dedos con un cuidado infinito. La seda roja de las sábanas los cubría a medias, manteniendo el calor del acto reciente entre sus cuerpos.

—Pensé que la noche en este siglo no terminaría nunca —murmuró Zaira, dibujando círculos invisibles sobre la piel del abdomen de él.

Tariq sonrió con sutileza, besando la coronilla de su cabeza.

—La noche siempre termina, mi luna. Pero lo que construyamos en ella permanecerá.

Sin embargo, la paz del refugio se rompió antes de que los primeros rayos del sol despuntaran en el horizonte.

Un sonido sordo, como el golpe de un cuerpo pesado contra el suelo del patio interior, resonó desde la planta baja. Segundos después, la puerta de la suite fue sacudida por un impacto brutal que hizo saltar los cerrojos de madera.

Tariq se incorporó en un parpadeo. Su expresión de relajación desapareció en una fracción de segundo, reemplazada por la máscara de hierro del Alfa despiadado. Con un movimiento fluido, saltó de la cama y se cubrió con la túnica oscura, desenvainando la cimitarra de la mesa en un solo gesto.

Zaira se envolvió en la seda roja y se colocó a sus espaldas, con el corazón martilleándole el pecho.

La puerta de caoba cedió hacia adentro, cayendo hecha pedazos.

Entre la humareda de astillas y humo negro no aparecieron soldados mortales. Cruzando el umbral avanzó una figura alta, vestida con túnicas ceremoniales de color púrpura y oro. Su rostro era delgado, de una palidez cadavérica, con ojos negros desprovistos de iris que brillaban con un fuego verde maligno. Sostenía un báculo de madera oscura rematado por una calavera de felino.

Detrás de él, dos criaturas deformes, hechas de sombras y harapos, custodiaban la entrada.

—Mil años es demasiado tiempo para hacer esperar a un viejo amigo, Tariq —la voz del hombre resonó directamente en las mentes de ambos, seca como las hojas muertas de un desierto—. Veo que has encontrado la llave de la cúpula.

Tariq alzó la cimitarra, y la hoja de acero persa reflejó la luz verde del báculo del intruso. Sus ojos se teñieron por completo del rojo carmesí de la caza.

—Jafar... —pronunció Tariq con un desprecio infinito—. Entraste en mi casa por última vez.

El Visir sonrió con amargura, alzando el báculo hacia Zaira.

—La mujer se viene conmigo, Alfa. Su sangre pagará la apertura del eclipse... o esta ciudad arderá hasta convertirse en ceniza.

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Blanca Montero Angulo
Gracias escritora bellísima novela. Dios te bendiga infinitamente. un abrazo a la distancia. 😘😘🙏🙏🙏🙏🙏
Blanca Montero Angulo
Jajajajaja jajajajaja los personajes llevan el conteo de los capítulos que faltan 🤔🤔🤔🤔😅😅😅🤣🤣🤣🤣🤣
Blanca Montero Angulo
😘😘😘😘😍😍😍🤔🤔🤔🤔
Blanca Montero Angulo
Al fin mataron a ése infeliz de jafar 😡😡😡😡😡😡😡😡😡😡
Blanca Montero Angulo
Oh es una novela atrapante 🤔🤔🤔🤔😍😍😍😍😍😍
Blanca Montero Angulo
😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍😍
Blanca Montero Angulo
Era en tiempo pasado 🤔🤔🤔🤔🤔🤔😡😡😡😡😡😡😡
Blanca Montero Angulo
Que interesante inicio. gracias bendiciones 😘 🙏
Martha Divas Delgado
o me encantó un asta pronto creo por k una historia así es hermosa 🥰
Martha Divas Delgado
🥰continuarán con su legado k bello zaira está embarazada☺️
Martha Divas Delgado
🤭 me gusta k tariq cuente los capítulos k faltan para finalizar la historia
Martha Divas Delgado
hay dios pensé k jafar los iba a atrapar 🥹 en el pasado
Martha Divas Delgado
me encantan esta historia le doy todo
Renata Mabel
🦆✨
Martha Divas Delgado
autora no tardes mucho en actualisar
Martha Divas Delgado
hayyyyy me encanta hay muchos peligros por dios
Martha Divas Delgado
🥰 me encanta es un camino k recorrerán juntos a ver k pasa con samir
Martha Divas Delgado
🥰 se está poniendo más buenaaaaaaaaaa🤭
Martha Divas Delgado
ufffffffff empesamos bien 🤭
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