Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.
En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.
Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent
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CAPÍTULO 16: EL PRECIO
El hacha doble de Drak chocó contra el asta de la lanza de Kael con un ruido seco que resonó en todo el claro, tan fuerte que sentí la vibración subirme por los brazos hasta los dientes. Kael retrocedió dos pasos, los pies marcando surcos en la tierra blanda, apretando los dientes para no doblarse bajo el golpe. Yo aproveché que el jefe enemigo estaba desequilibrado un segundo para clavarle mi lanza nueva en el costado izquierdo, justo debajo de la costilla. La punta de cuarzo entró tres dedos, honda, roja. Drak soltó un gruñido de dolor, no un grito, solo un ruido de animal herido, y me dio un golpe con el mango del hacha en el pecho que me mandó volando por los aires hasta caer de espaldas contra las estacas del muro, dejándome sin aire, con las estrellas danzando delante de los ojos.
Me levanté tosiendo, con el sabor metálico de la sangre en la boca, justo a tiempo para ver a Kael lanzarse otra vez contra él, los dos gigantes chocando como dos troncos que se derrumban el uno contra el otro. Pero ya no eran solo ellos. Los flancos se habían roto. Los Huesos Rojos habían encontrado la forma de rodearnos.
A la izquierda, Rian peleaba rodeado por cinco hombres. Había matado ya a dos, tenía un corte profundo en el antebrazo derecho que le chorreaba sangre por toda la mano, pero seguía golpeando con la furia de siempre, gritando insultos, riendo entre dientes como si estuviera disfrutando. Turi estaba encima de él, en la rama baja, tirando piedras afiladas una tras otra, dándole en la frente a uno, en el hombro a otro, frenándolos lo justo para que Rian no se viera desbordado del todo. Pero ya no daban más de sí. Se les acababan las fuerzas.
A la derecha, Mara estaba de espaldas a la roca, con Lira detrás de ella, protegiéndola. Tenía un cuchillo en cada mano, la ropa empapada de sangre ajena y propia, un corte largo en la mejilla izquierda que le chorreaba por el cuello. Tres hombres más avanzaban sobre ellas, despacio, seguros, sabiendo que estaban acorraladas. Lira tenía su cuchillo pequeño en la mano, temblando un poco, pero no retrocedía ni un paso. Se interponía entre los enemigos y las hierbas, como si nada más importara que guardar lo que serviría para curarnos después.
En el centro, Kael y Drak seguían peleando. El jefe de los Huesos Rojos tenía el costado empapado de rojo por mi lanza, se movía más lento, respiraba con dificultad, pero cada golpe de su hacha era todavía tan fuerte que podía partir un hombre por la mitad. Kael también sangraba: un corte en el brazo, otro en la frente que le dejaba caer sangre en los ojos, pero no cedía. No retrocedía ni un milímetro. Era el muro que nadie podía pasar.
Y entonces lo vi.
Por el flanco derecho, por detrás de unas rocas altas que habíamos creído intransitables, salió un grupo pequeño de cuatro hombres, liderados por Vor, el mensajero que yo había curado. No venían por Kael. No venían por mí. Iban directos hacia la grieta de las rocas detrás de la cueva. Hacia donde estaba Nia, sola, escondida, sin nadie que la protegiera.
Maldije en voz alta, con toda la rabia que tenía dentro. Se habían dado cuenta. Habían visto a Mara llevarla ahí. Sabían que la niña estaba sola. Vor sonrió al verme correr, levantó su lanza y señaló la grieta con la punta, riendo.
—¡LA NIÑA PRIMERO! —gritó—. ¡TRÁIGANMELA VIVA!
Corrí como nunca lo había hecho en mi vida, saltando cuerpos, esquivando lanzas, sin importarme si me clavaban algo por el camino. Tenía que llegar antes. Tenía que ser más rápido. Pero ellos estaban más cerca. Mucho más cerca. Uno de los cuatro ya estaba a tres pasos de la entrada de la grieta, levantaba el brazo para apartar las lianas que la tapaban, sonriendo, imaginándose ya el premio que le daría Drak por traerle a la niña.
Y entonces Gorn se movió.
Había estado todo ese rato en su piedra alta, gritando órdenes, viendo todo, dirigiendo la batalla como si fuera un tablero. Nadie le había hecho caso. Nadie pensaba en el viejo de un solo ojo y el bastón de madera. Era el menor de los peligros para ellos. Un estorbo viejo que pronto matarían cuando terminaran con los demás.
Pero Gorn no era un estorbo.
Salió de su sitio de un salto, más rápido de lo que nadie habría creído posible para un hombre de su edad, y se plantó justo delante de la entrada de la grieta, con el bastón clavado en la tierra a sus pies, el cuerpo derecho, el único ojo bueno brillando con una furia antigua, terrible. No tenía lanza. No tenía cuchillo. Solo su bastón de roble viejo, y sesenta años de conocimiento del valle, de guerras, de lo que hay que hacer cuando lo que amas está en peligro.
El hombre que iba por Nia se detuvo un segundo, sorprendido, luego soltó una risa despreciativa y levantó la lanza para clavársela en el pecho de un solo golpe.
—Quítate, viejo —gruñó—. O te mato primero y luego me llevo a la niña.
Gorn no se movió. Ni un centímetro.
—Para pasar —dijo, y su voz sonó tan grave, tan fuerte, que se oyó por todo el claro incluso por encima de los gritos de la batalla—, tendréis que matarme. Y aun así… no pasaréis.
El hombre atacó.
Gorn se apartó en el último segundo, más ágil que un gato, golpeó el bastón con fuerza contra la muñeca del enemigo. La lanza salió volando. Antes de que el hombre pudiera reaccionar, el viejo le clavó la punta afilada del bastón —que nadie había visto que estaba afilada, como una lanza pequeña— justo en la garganta, con un movimiento rápido, seco, perfecto. El hombre abrió los ojos como platos, se llevó las manos al cuello, y cayó de rodillas sin un grito, ahogándose en su propia sangre.
Pero ya habían llegado los otros tres.
Gorn peleó como no había peleado nadie en todo el valle en veinte años. Usó el bastón como si fuera una extensión de su propio brazo: golpeaba muñecas, rodillas, cabezas, gargantas. No hacía movimientos grandes. No desperdiciaba ni una pizca de fuerza. Cada golpe dolía. Cada golpe paraba un paso. Derribó al segundo de un golpe en la sien. Al tercero le rompió la pierna derecha con un chasquido seco que oyimos todos. Pero eran cuatro contra uno. Y Vor estaba detrás de todos, esperando su momento, con una sonrisa de desprecio en la cara.
Vi cuando Vor levantó su lanza, aprovechando que Gorn estaba de espaldas a él, ocupado con el cuarto hombre que le agarraba los dos brazos para inmovilizarlo. Vi cuando corrió. Vi cuando apuntó directo al corazón del viejo, por la espalda.
—¡GORN! —grité, pero estaba demasiado lejos. No llegaría a tiempo.
El viejo lo sintió venir. Lo vio por el rabillo del ojo. No intentó soltarse. No intentó esquivarlo. Sabía que ya no podía. En vez de eso, apretó los dientes, juntó todas sus fuerzas en un último movimiento, y empujó con todo su cuerpo al hombre que le sujetaba los brazos hacia adelante, justo en la trayectoria de la lanza de Vor. La punta entró por la espalda del enemigo, salió por el pecho, y siguió hasta clavarse tres dedos en el costado de Gorn, justo debajo del hombro izquierdo, honda, roja, segura.
Gorn soltó un gemido ahogado, pero no cayó. Se giró despacio, con la lanza todavía clavada en su cuerpo, miró a Vor a los ojos, y sonrió. Una sonrisa terrible, triunfante.
—Ahora —dijo, escupiendo sangre por la comisura de los labios—. Ahora os toca a vosotros.
Y entonces levantó el bastón con la última fuerza que le quedaba, y lo golpeó con todas sus fuerzas contra el suelo, tres veces, fuerte, rítmico, como si llamara a algo.
La tierra tembló.
De las rocas altas que había al lado de la grieta, las que habíamos creído firmes, cayeron de golpe media docena de piedras grandes, del tamaño de cabezas humanas, que Gorn mismo había aflojado días atrás, colocando palancas y cuerdas finas que solo él conocía. Nadie lo había visto hacerlo. Nadie sabía que estaban ahí. Cayeron justo encima de los tres que quedaban. Uno murió al instante. Otro quedó con las piernas aplastado, gritando. Vor saltó hacia atrás justo a tiempo, pero una piedra le raspó el costado, haciéndole un corte largo y profundo que le hizo doblarse de dolor.
Gorn seguía de pie. Todavía. Con la lanza clavada en el pecho, la sangre chorreándole por la túnica, el bastón apoyado en la tierra para no caer. No se movía. No respiraba fuerte. Solo miraba hacia delante, hacia el claro, hacia nosotros, con ese único ojo bueno brillando todavía.
Llegué yo en ese momento. Corrí los últimos metros, clavé mi cuchillo de Kael en el cuello del que gritaba con las piernas rotas, luego me giré hacia Vor, que se estaba levantando, pálido, sangrando por el costado. Él me vio venir, vio la rabia en mi cara, y no se quedó a pelear. Sabía que estaba solo. Sabía que ya no tenía nada que hacer ahí. Se dio la vuelta y salió corriendo de vuelta hacia el río, hacia donde estaba Drak, gritando algo que no entendí.
No lo perseguí.
Me arrodillé despacio al lado de Gorn. El viejo seguía de pie, pero sus piernas ya temblaban. Sus ojos ya no veían el campo de batalla. Me buscaban a mí.
—Llegaste tarde, muchacho —dijo, y soltó una risa corta que se le cortó en un gemido de dolor.
—Cállate —le dije, con la voz rota, intentando encontrar dónde agarrar para sacar la lanza sin matarlo al instante—. Cállate, Gorn. Voy a curarte. Tengo las hierbas. Tengo hilo. Tengo…
Me detuvo con una mano seca y arrugada en mi muñeca. Apretó con la poca fuerza que le quedaba.
—No —dijo, muy bajo—. No. Ya está. Yo lo sabía. Este era mi sitio. Mi momento. Alguien tenía que cerrar esa brecha. Alguien tenía que pagar el precio para que los demás viviérais. Prefiero que sea yo. He vivido ya mucho. He visto cosas que ninguno de vosotros verá nunca. He visto venir a Kael del río. He visto nacer a Rian, a Nia. He visto llegar a ti. He vivido suficiente.
Sangre le salía ya también por la comisura de los labios. Su respiración se hacía más corta, más débil. Me miró fijamente a los ojos, y apretó mi muñeca con más fuerza, como si quisiera grabarme sus últimas palabras a fuego en la piel.
—Escúchame bien, Ha-jun —susurró, y por primera vez me dijo mi nombre coreano, el que Kael solo me decía cuando estábamos solos—. La piedra. Tú eres el único que la puede mover. El único que la puede llamar. Cuando todo lo demás falle… cuando no quede otra salida… recuerda lo que eres. Recuerda de dónde vienes. El agua te trajo. El agua te dará lo que necesites. No tengas miedo. No eres solo un chico de otro mundo. Tú eres el puente. Tú eres el equilibrio. Ahora… ve. Ve a ayudarlos. Ellos te necesitan. La batalla no ha terminado todavía.
—No te dejaré —le dije, con las lágrimas ya cayendo por mi cara sin que pudiera detenerlas—. No te dejaré solo.
—Nunca estoy solo —sonrió, y su mirada se perdió un poco hacia el cielo rojo, como si viera gente que nosotros no veíamos—. Ellos ya vienen por mí. Los viejos. Los que fueron antes. Ve, muchacho. Ve. Y gana. Por mí. Por todos los que ya no están.
Apretó mi muñeca una última vez. Luego su mano se aflojó, cayó pesada sobre la tierra. Su cabeza se inclinó hacia delante, apoyada en el bastón que seguía clavado en el suelo, manteniéndolo erguido incluso después de que su corazón dejara de latir.
Gorn no se cayó. Se quedó ahí, de pie, delante de la grieta donde estaba Nia, como un centinela de piedra que incluso la muerte no podía mover. Nadie volvería a pasar por ahí. Nadie volvería a acercarse a la niña. Había pagado el precio. El viejo había cerrado la brecha con su propia vida.
Me levanté despacio, temblando de pies a cabeza, con el corazón roto en mil pedazos, con la rabia hirviéndome las venas. Limpié las lágrimas de la cara con el dorso de la mano, apreté el cuchillo de Kael en la mano derecha, recogí mi lanza nueva del suelo, y me giré hacia el centro del claro.
Lo que vi me heló la sangre.
Kael estaba de rodillas. Drak le había dado un golpe con el mango del hacha en la cabeza que lo había hecho tambalear, luego otro en la pierna derecha que lo había obligado a doblarse. El hacha doble estaba levantada ya por encima de la cabeza del jefe enemigo, lista para caer y partirlo en dos de un solo golpe. A la izquierda, Rian había caído. Tres hombres estaban encima de él, golpeándolo, Turi había bajado del árbol y peleaba con las manos para apartarlos, pero era demasiado pequeño, demasiado débil. A la derecha, Mara y Lira estaban acorraladas ya contra la roca, sin salida, con cuatro hombres avanzando sobre ellas, seguros de la victoria.
Estábamos perdiendo.
Habíamos pagado un precio terrible. Habíamos perdido a Gorn. Estábamos todos heridos, cansados, sin fuerzas. Nos quedábamos sin tiempo, sin trampas, sin trucos. Solo quedaba la pelea sucia, cuerpo a cuerpo, fuerza contra fuerza. Y ahí ellos ganaban. Ahí éramos solo siete contra veinte. Ahí no servían los planes inteligentes.
Miré hacia la montaña oeste, hacia donde estaba la cueva de la piedra azul. Oí de nuevo las palabras de Gorn en mi cabeza: *Cuando todo lo demás falle… llama a la piedra*.
Miré a Kael, a punto de morir bajo el hacha de Drak. Miré a Rian, a punto de ser apuñalado por tres hombres. Miré a Lira, que levantaba su cuchillo pequeño con los ojos cerrados, lista para lo que viniera.
Todo lo demás había fallado.
No quedaba otra salida.
Apreté los dientes, levanté la cabeza hacia el cielo rojo, apreté el llavero de tigre contra mi pecho con una mano, y con la otra extendí el brazo hacia la montaña, como si pudiera agarrar la piedra azul desde allí, y grité con todas las fuerzas que me quedaban, en el idioma de mi madre, en el idioma del agua, en el idioma que la piedra conocía:
—¡AHORA! ¡VEN!
El zumbido empezó de inmediato.
Primero leve en los oídos, luego más fuerte, cada vez más alto, hasta llenar todo el valle, hasta hacer vibrar las rocas bajo mis pies. Desde la ladera de la montaña oeste subió una luz azul brillante, cegadora, que atravesó los árboles, que iluminó todo el claro de un color frío y eléctrico. Se escuchó un ruido como de trueno muy cerca, aunque no había nubes. El aire mismo se cargó de electricidad, se me erizó el pelo de todo el cuerpo, sentí un calor frío subirme por los brazos hasta las manos.
Todos se detuvieron.
Kael levantó la cabeza, sorprendido. Drak paró el hacha en el aire, los ojos muy abiertos, sin entender qué pasaba. Los Huesos Rojos se giraron hacia la luz azul, asustados, murmurando entre ellos nombres de espíritus y demonios. Incluso los nuestros se quedaron quietos, sin respirar, mirando hacia la montaña.
La luz azul bajó corriendo por la ladera, cruzó el río sin tocar el agua, llegó hasta el centro del claro, y empezó a dar vueltas a mi alrededor, más y más rápido, formando un remolino de viento frío que levantaba polvo y hojas del suelo. Sentí una fuerza inmensa, antigua, poderosa, que me llenaba desde los pies hasta la cabeza, que me hacía sentir más grande, más fuerte, que no era solo yo. Era el río. Era la piedra. Era todo lo que había cruzado antes que yo.
Gorn tenía razón.
Yo era el puente.
Y ahora, el fuego venía.