Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.
Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.
En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.
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Capitulo 17
La cena transcurrió entre risas y palabras que iban mucho más allá de lo cotidiano. Las velas iluminaban la mesa de madera oscura, y el silencio de la casa se sentía como un refugio donde podían ser ellos mismos, sin máscaras, sin títulos. Al principio hablaron de cosas sencillas: de libros, de lugares que querían visitar, de gustos que coincidían y otros que eran completamente distintos. Pero a medida que pasaban las horas, la conversación se volvió más profunda, más íntima.
—Siempre te vi tan firme, tan seguro de todo —dijo Lidia, dejando la copa sobre la mesa y mirándolo a los ojos con curiosidad—. Como si nada pudiera derribarte. Pero ahora que te escucho… entiendo que esa fuerza también viene de haber pasado por cosas difíciles.
Damián se quedó callado un instante, acariciando el borde de su copa con los dedos, y luego levantó la vista hacia ella, con una sinceridad que le llegó directo al alma.
—La gente cree que porque tengo dinero y una empresa construida desde cero, todo ha sido fácil —dijo con voz suave—. Pero perdí a mi madre cuando era muy joven. Mi padre me crió diciéndome que no se debe mostrar debilidad, que hay que ser duro para sobrevivir. Aprendí a protegerme detrás de una pared de frialdad, porque tenía miedo de que si alguien veía lo que llevaba dentro… me harían daño. Igual que tú.
Lidia sintió que el corazón se le apretaba con ternura y comprensión. Se inclinó un poco hacia él, cruzando los brazos sobre la mesa.
—Entonces esa frialdad era una armadura —murmuró ella—. Igual que mi miedo era la mía. Nos protegíamos de formas distintas, pero por la misma razón.
—Exacto —asintió él, con una media sonrisa llena de melancolía y alivio a la vez—. Nadie me enseñó a confiar. Nadie me enseñó a abrirme. Hasta que llegaste tú, con tu corazón roto y la cabeza alta, y me hiciste ver que mostrarse vulnerable no es debilidad. Es lo más valiente que existe. Y yo… yo también tenía miedo de equivocarme, de entregarme y que me dejaran vacío.
—Yo también —confesó ella, con los ojos brillantes en la luz tenue—. Pensé que el amor era solo dolor y mentiras. Tú me has demostrado que puede ser distinto. Que puede ser refugio, no campo de batalla.
Se quedaron así, mirándose, y en ese instante ya no había dudas, ni miedos, ni límites que mantener. Lo que sentían era demasiado grande, demasiado real, para seguir escondiéndolo. Damián se levantó despacio y rodeó la mesa hasta llegar a su lado. Le tomó las manos entre las suyas, cálidas y firmes, y la atrajo suavemente hacia sí.
—Lidia —susurró—. No hay prisa. No hay presión. Pero si sientes lo mismo que yo… si estás lista… quiero estar contigo. Completamente. Sin esconderme, sin esperar más.
Ella levantó la vista y vio en sus ojos todo lo que había estado buscando: honestidad, ternura, un amor que no exigía sino que daba. Y por primera vez, no hubo miedo. Solo certeza.
—Estoy lista —respondió ella con voz clara y segura—. No digo que no me asuste, pero quiero hacerlo. Contigo. Porque confío en ti. Y porque te quiero.
Damián no dijo nada más. La tomó entre sus brazos y la besó, pero esta vez no era un beso contenido ni temeroso: era profundo, apasionado, lleno de todo lo que habían callado y de todo lo que estaban dispuestos a vivir. Lidia se entregó sin reservas, sintiendo cómo sus brazos la rodeaban con una protección y un deseo que la hacían sentir la mujer más amada del mundo.
Caminaron juntos hacia la habitación, despacio, como saboreando cada instante, conscientes de que al cruzar esa puerta nada volvería a ser igual. Allí, entre sombras suaves y la luz de la luna que entraba por el ventanal, se descubrieron el uno al otro con una ternura que les hacía temblar y una pasión que los consumía por completo. No había prisa, no había juicios, no había pasado que los persiguiera. Solo estaban ellos dos, aprendiendo lo que era amar y ser amado con el corazón desnudo.
Cuando amaneció, Lidia despertó acurrucada contra su pecho, escuchando el latido de su corazón, sintiendo su brazo rodeándola con posesión y dulzura a la vez. Damián ya estaba despierto y la miraba con una expresión de pura adoración. Le acarició el cabello con suavidad y le besó la frente.
—Eres mía —dijo él, con voz llena de emoción—. Y yo soy tuyo. Para siempre. Lo sabes, ¿verdad?
Lidia levantó la vista y le sonrió, una sonrisa completa, sin sombras, sin dudas.
—Soy tuya —repitió ella—. Y nada nos va a separar. No ahora que por fin nos encontramos.
Se besaron entonces, despacio, con la calma de quien sabe que ha llegado al lugar al que pertenece. Y mientras el sol entraba suavemente en la habitación, ambos supieron con certeza que habían dejado atrás todo lo que les hizo daño, y que el futuro, fuera lo que fuera, lo construirían juntos. No era un final. Era el comienzo de una vida entera, real y verdadera, unida por un amor que había sabido esperar.
—¿Sabes? Pensé que cuando llegara este momento, sentiría miedo otra vez —dijo ella, acurrucándose contra su pecho.
—¿Y lo sientes? —preguntó él, pasando los dedos suavemente por su cabello.
—No —respondió Lidia, alzando la vista hacia él—. Siento paz. Y alegría. Y algo que no sé explicar, pero me llena entera.
—Eso es confianza —dijo Damián, besándole la frente—. Y eso es lo que construimos juntos, despacio.
—¿Y esto es real? —preguntó ella con una sonrisa tierna—. ¿No me despertaré y descubriré que fue un sueño?
Él le tomó la mano y la posó sobre su corazón.
—Tócalo. Siente cómo late por ti. Nada de esto es un sueño, Lidia. Eres aquí, conmigo. Y yo no te voy a soltar.
—No lo hagas —susurró ella, acercando sus labios a los suyos—. Nunca.
—Nunca —prometió él, sellando la palabra con un beso suave y profundo—. Eres mi vida ahora. Y yo soy tuyo. Completamente.