Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 17. cuarto cambio parte 4.
Isabella siguió los pasos de su padre detrás de él. Cerró la puerta y se giró hacia él, con la mirada firme pero la voz cargada de emoción.
—Papá, necesito que escuches lo que voy a decirte —empezó, entrelazando los dedos con nerviosismo—. Te agradezco que me protejas, de verdad. Pero no puedo aceptar que te quedes con Renato, Lir y Elian aquí. Quiero arreglar las cosas con mis esposos. Quiero demostrarles que he cambiado, y quiero que ellos también cambien conmigo. Si los tres se quedan, todo será más difícil. Hay celos, desconfianza… y no quiero eso. Por favor, llévatelos.
Valerius la miró con ternura, pero en sus ojos se escondía un dolor profundo. "¿Cómo le digo la verdad?", pensó con el corazón apretado. "¿Cómo le explico que en un año, ella misma, llena de dolor y rencor, renunciará a ellos? ¿Cómo le cuento que esos cuatro esposos que ahora quiere recuperar, la secuestrarán, la torturarán y la dejarán al borde de la muerte? ¿Cómo decirle que todo lo que hago es solo para protegerla, aunque me odie por ello?"
Suspiró, y en lugar de la verdad, solo pudo ofrecerle una respuesta que la dejara tranquila, por ahora.
—Isabella, mi pequeña… entiendo lo que sientes —dijo con suavidad—. Pero no puedo enviarlos lejos. No ahora. Son mi gente, y aquí estarán seguros. Y tú también. Dales tiempo. Quizás descubras que no son una carga, sino una ayuda.
Ella frunció el ceño, insatisfecha.
—Y también… —añadió, con un tono de reproche—. ¿Por qué no me dijiste que el leopardo, el que cuidé y curé durante días, era tu comandante? ¿Por qué ocultármelo? Sentí que no confiabas en mí.
Valerius se acercó y le acarició la mejilla.
—Lo hice para protegerte. Renato pidió mantener su identidad en secreto por un tiempo. Tiene sus razones. Pero te prometo que no hay nada que temer de él.
Isabella bajó la mirada, sintiendo que no obtendría nada más.
—Está bien —susurró—. Pero te pido algo: no interfieras más en mis cosas con ellos. Déjanos intentarlo. Por favor.
—Lo intentaré —respondió él, aunque en su mente solo resonaba: "Perdóname, hija. Un día lo entenderás. Y espero que entonces no sea demasiado tarde."
Se despidió con un beso en la frente y salió de la habitación. Isabella se quedó sola unos minutos, tomando aire, armándose de valor. Sabía que no podía arreglar todo de golpe, pero podía empezar. Y decidió que esa noche, hablaría con Mateo. Él era el más tierno, el que más había sufrido sus malos tratos… y el que más esperaba su cercanía.
Salió de su habitación y caminó por el pasillo hasta llegar a la puerta de él. Tocó suavemente y escuchó su voz al otro lado:
—Adelante.
Entró despacio. Mateo estaba sentado al borde de la cama, con la mirada perdida, como si no hubiera dejado de pensar en ella ni un instante. Al verla entrar, se puso de pie de golpe, con los ojos muy abiertos, como si temiera que fuera un sueño.
—¿Isabella…? —susurró—. ¿Qué haces aquí?
Ella cerró la puerta tras de sí y se acercó lentamente.
—Quería hablar contigo —dijo con voz suave—. A solas. Sin nadie más.
Mateo tragó saliva, sin saber si acercarse o quedarse donde estaba.
—¿Estás segura? —preguntó con temor—. ¿No es una trampa? ¿No vas a…?
—No —lo interrumpió ella con una sonrisa dulce, la misma que él creía haber perdido para siempre—. No voy a hacerte daño. Solo… quiero estar contigo.
Se detuvo justo frente a él, y al ver que no se apartaba, levantó la mano y le acarició suavemente la mejilla. Mateo cerró los ojos al contacto, temblando levemente, como si su tacto fuera lo único que necesitaba para respirar.
—Mateo —susurró ella—. Extrañé tu voz, tu ternura, la forma en que me mirabas. Mateo… ¿podemos intentarlo de nuevo? ¿Tú y yo?
Él abrió los ojos, llenos de lágrimas y de esperanza. Levantó su mano y cubrió la de ella contra su rostro.
—Sí —dijo con voz quebrada—. Mil veces sí. Haré todo lo posible. Lo que sea. Solo no me dejes de nuevo.
Isabella se acercó más, hasta que sus frentes se tocaron. El aire entre ambos se volvió cálido y denso.
—Nunca te dejaré —murmuró ella— Mateo, yo te
Cerró los ojos y sus labios estuvieron a punto de encontrarse… cuando la puerta se abrió de golpe.
—¡Disculpen! —se escuchó la voz de Elian, tranquila y sin rastro de vergüenza—. No sabía que estaban ocupados. Pero mi señor me pidió avisar que la cena estará lista en diez minutos.
Isabella y Mateo se separaron de golpe, como dos niños sorprendidos. Ella se sonrojó intensamente, apartando la mirada. Mateo apretó los puños con rabia, mirando al recién llegado con furia contenida.
—Podías llamar antes —soltó Mateo con sequedad.
—Lo siento —dijo Elian, sin sonar para nada arrepentido—. No escuché ruido. Supuse que no había nadie.
Se giró y se marchó, dejando la puerta abierta, sin saber —o sin importarle— que acababa de romper el momento más íntimo y tierno que habían compartido en mucho tiempo.
El silencio volvió a la habitación, pero ya no era el mismo: la calma se había roto, y una sombra de incomodidad y desconfianza se había instalado entre ellos.
—Yo… debería irme —dijo Isabella, sin atreverse a mirarlo a los ojos—. Nos vemos abajo.
—Isabella… —Mateo quiso detenerla, pero ella salió rápido, dejándolo solo con el corazón latiéndole con fuerza y una certeza que le heló la sangre: "Ese tipo lo hizo a propósito. No van a dejarnos estar en paz. No lo harán"
Isabella caminaba por el pasillo con el rostro encendido, un torbellino de ideas en la cabeza que no sabía cómo llevar a la práctica. «Quiero hacer felices a mis esposos, pero todo lo que intento termina mal. Pensé que esta noche podría acercarme más a ellos… y mi padre lo arruinó todo», pensó, con el corazón apretado.
—¿Por qué tuvo que cambiar todo…? —murmuró, distraída, hasta que chocó de lleno contra alguien.
Unos brazos la sujetaron por la cintura antes de que pudiera perder el equilibrio. Al levantar la vista, se encontró con los ojos de Kael.
—¿No tenías ni idea de que vendrían? —preguntó él, con la voz baja y una mirada que no lograba ocultar su tristeza.
Isabella sintió que se le partía el pecho.
—No… ni siquiera sabía que mi padre vendría. —Bajó la mirada, avergonzada—. Kael… te debo una disculpa. Pensé que el leopardo era solo un animal indefenso, y no lo es. Te juro que lo siento mucho, yo…
Kael la apartó suavemente, con gesto serio, ocultando lo que realmente sentía.
—Ya te dije que no era un animal. —Dio un paso atrás—. Baja a comer cuando estés lista. Los demás ya están en el comedor.
Se marchó sin esperar respuesta. Isabella se quedó sola en el pasillo, entendiendo que con él aún no era el momento. "Primero trataré de acercarme a Mateo… y luego veré si puedo llegar a ti, Kael" se dijo a sí misma, con una pequeña esperanza encendiéndose en su interior.