Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 20. silencio y planes parte 1.
La luz grisácea del alba se filtraba entre las cortinas de terciopelo, tiñendo la habitación de un tono suave y cálido. El silencio ya no pesaba; ahora era un silencio lleno, de esos que se comparten sin necesidad de palabras. Isabella despertó despacio, sintiendo el calor del cuerpo de Mateo pegado al suyo, su respiración lenta contra su hombro, un brazo fuerte y firme rodeándola como si temiera que al abrir los ojos ella desapareciera.
Por primera vez en mucho tiempo, no hubo miedo al despertar. No hubo culpa, ni dudas, ni la sensación de caminar sobre hielo. Solo… paz. Una paz que le llenó el pecho hasta hacerle doler, dulcemente.
Mateo aún dormía, y al verlo así, relajado, sin esa sombra de tristeza que siempre lo acompañaba, Isabella sintió que las lágrimas le subían a los ojos. Lo había logrado. Por fin, después de todo, lo había logrado.
—Eres real —susurró ella, rozando con el dedo su mejilla, temiendo que fuera un sueño del que despertaría en cualquier instante.
Y como si la hubiera escuchado, Mateo abrió los ojos lentamente. La miró, y en su mirada no había desconfianza, ni duda, ni miedo. Solo… ella. Toda ella.
—Tan real como tú para mí —respondió con voz ronca por el sueño, y la atrajo más hacia sí—. Y no te dejaré ir. Jamás.
Mientras tanto, fuera de esa habitación, en el pasillo, el ambiente era muy distinto. Allí el silencio era tenso, cortante, cargado de emociones que ninguno se atrevía a decir en voz alta. Kael, Damián y Luca permanecían de pie, cada uno en un rincón, sin hablarse, sin mirarse, aunque todos miraban la misma puerta de madera cerrada.
Habían aceptado su decisión. Lo habían dicho, con palabras claras y sin quejas. Pero el corazón tiene su propia lógica, y ninguno de los tres lograba apagar ese sentimiento amargo que les subía a la garganta cada vez que pensaban en lo que ocurría detrás de esa puerta.
Damián fue el primero en romper el silencio, aunque sin levantar la vista.
—Ella eligió —dijo con voz firme, como si tratara de convencerse a sí mismo—. Debemos respetarlo.
—Lo sé —respondió Kael, y su voz sonaba áspera, llena de algo que dolía—. No significa que no duela.
Luca, que había permanecido callado todo el tiempo, apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Duele saber que no fuiste tú —murmuró, casi para sí mismo—. Pero la entiendo. Si alguien merecía ser el primero… era él.
Volvieron a quedarse en silencio. Tres hombres fuertes, que podían enfrentar cualquier peligro, y sin embargo se sentían indefensos ante esa puerta que no se abría.
Dentro, Isabella recostó la cabeza en el pecho de Mateo, escuchando los latidos de su corazón, fuertes y tranquilos.
—¿Sabes? —susurró—. Pensé que nunca llegaría este momento. Que siempre estaríamos separados.
Mateo la abrazó con más fuerza, besando la cima de su cabeza.
—Yo también lo creí —admitió él—. Pero ahora estoy aquí. Y no me iré a ninguna parte. Aunque el mundo se nos venga encima, no te soltaré.
Pero mientras él hablaba con tanta seguridad, Isabella pensó en los tres que esperaban afuera. En Kael, en Damián, en Luca. Los amaba también. Y esa elección, aunque necesaria, había dejado una herida en cada uno de ellos. Y también en ella.
—Ellos… —empezó ella, con la voz baja—. Están afuera, ¿verdad?
Mateo hizo una pausa antes de responder.
—Probablemente —dijo suavemente—. Están esperando.
—Tengo que hablar con ellos —dijo Isabella, levantándose un poco—. No quiero que piensen que los olvidé.
—Lo sé —respondió él, acariciándole la mejilla—. Y no lo harán. Pero primero… primero quédate un momento más. Solo nosotros dos. Antes de que el día comience y todo vuelva a complicarse.
Isabella asintió y volvió a recostarse. Por unos minutos más, dejó que el mundo se detuviera. Sabía que cuando abrieran la puerta, la realidad los esperaba: sus otros tres esposos, su padre, Renato, Elian… todo lo que no estaba resuelto. Pero por ahora, solo existían ellos. Y eso era suficiente.
Mientras tanto, fuera de la casa…
Valerius se encontraba en el jardín, sentado frente a una taza de té que apenas humeaba, absorto en la lectura de unos informes sobre asuntos del reino. La luz de la mañana caía sobre él con suavidad, pero su expresión era seria, como siempre.
Lir se acercó a él con pasos cautelosos, y bajó la voz al hablar, asegurándose de que nadie pudiera escucharlos.
—Señor —lo llamó con tono de inquietud—. Elian realmente cree que puede llegar a tener algo con su hija. ¿No debería hablar con él y recordarle cuál es nuestra verdadera misión?
Valerius no levantó la vista del papel, y respondió con calma, aunque con firmeza.
—El que no ha entendido la misión, fuiste tú —dijo—. Les dije claramente: protégela, y aparta del camino a esos cuatro esposos. Eso es todo.
Lir se sonrojó levemente, bajando la mirada.
—Señor, eso sí lo entendí… solo que… no me parece apropiado —susurró—. Soy un tritón de estatus humilde, y…
Valerius lo miró fijamente a los ojos, interrumpiéndolo.
—Lir, lo que debes hacer es lograr que Isabella desee pasar tiempo contigo, y alejarla poco a poco de esos inútiles. Elian es directo, sí, pero también es leal. Confío en él tanto como confío en ti —hizo una pausa, y añadió con voz baja—. Así que mejor empieza a pensar en cómo conquistarla. Porque esa es también parte de tu encargo.