En está historia veremos a una joven, dispuesta hacer lo que sea para salvar la vida de su mamá, pero, ¿Qué pasará con ella, si en el proceso se enamora? Los invito a leer.
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Cap. 16
Él se dio la vuelta, y el aire se cargó de una electricidad peligrosa. Ella empezó a desvestirse, cada prenda desprendida era un segundo que rasgaba el silencio. No había pasado ni un minuto, pero para él, cada latido era un martillo impaciente. Sintió el peso del tiempo muerto, un lujo que no se permitiría.
Volteó de golpe, sus ojos como ascuas perforantes. Ella, casi desnuda, con el cuerpo tenso bajo su mirada implacable, se cubrió los senos con las manos, un gesto de pudor desesperado.
— ¿¡Pero qué te pasa!? — exclamó la chica, la voz apenas un susurro que se rompió en el estudio. El rubor le encendió las mejillas como una llamarada, sus ojos, llenos de un nerviosismo hiriente.
Eykel frunció el ceño con una frialdad brutal. — No tengo todo su tiempo, Sorimar. ¿Por qué tanta comedia? ¿Tanto nerviosismo por nada?
— ¡Es usted un mal educado! — le espetó, intentando recuperar algo de dignidad. — Se supone que no iba a mirar... ¡que me daría privacidad!
Una risa seca y despectiva se escapó de los labios de Eykel. — Tengo una montaña de trabajo pendiente, mucho más valioso que estar aquí con una mujer fingiendo vergüenza de adolescente. Deje el melodrama. Dígale a su “amiguis” el... afeminado, que puede entrar. ¡Ya!
Sorimar se apresuró a tomar una bata, sus movimientos temblorosos. — Debió esperar a que me cubriera con algo. Así no tenía que presenciar la escena. ¡Es una falta de respeto!
— No entiendo el motivo de su histeria. ¡Caray! Si tanto le afecta que la miren, ¡debió dedicarse a otra cosa!
Ella lo miró con los ojos anegados por la humillación. — Estoy nerviosa porque no me gustaría que mi novio se dé cuenta de que otro hombre me está mirando casi desnuda... en un estudio, por trabajo o no.
Eykel se inclinó, su rostro peligrosamente cerca. La intensidad de su mirada la aplastó. — Pues él tendrá que acostumbrarse, señorita. Así es la industria del modelaje. Usted está aquí para ser vista, para vender. ¡Pero usted tranquila! Haremos lo posible para que el... pobre hombre no se sienta ofendido.
Sorimar, con la voz aún temblando, le dijo a Luchi que podía entrar. Paola fue la primera en irrumpir.
— Mi Sol, ¿estás bien?
— Sí, Eykel es todo un caballero — dijo Sorimar, destilando el sarcasmo como un veneno sutil.
Después de un rato que se sintió como una eternidad tensa y opresiva, la sesión de fotos terminó. Sorimar, para ser una novata, se movía con una gracia salvaje ante la cámara. Las fotos quedaron perfectas, incendiarias. Eykel no dejaba de sorprenderse, una mezcla de admiración y molestia se cocinaba en su interior. O tal vez, ella simplemente lo había hipnotizado con su belleza turbulenta.
— ¿Cómo quedaron las fotos? — preguntó la joven, con un dejo de desesperación por una pizca de aprobación.
— Bien. Ya se puede ir — respondió Eykel, la frialdad de su voz cortó el aire como un cuchillo.
Ella no podía entender la hostilidad palpable. Lo miró, buscando un mínimo resquicio de amabilidad en ese rostro de facciones perfectas, pero duras como el mármol. La frialdad era un muro infranqueable que rodeaba cada gesto suyo.
La señorita y su amigo salieron del estudio, huyendo de esa atmósfera tóxica. En el pasillo, se toparon con el señor Rodrigo.
— ¡Qué vergüenza! ¡Trágame tierra! — susurró Sorimar, sintiendo el pánico regresar.
— Hola, señorita. ¿Es usted la modelo de la agencia Green? — preguntó Rodrigo con una amabilidad casi paternal.
— Hola, señor. Sí, mi nombre es Sorimar.
— Yo soy Luchi para usted — intervino su amigo.
— Rodrigo Cáceres. Pues bienvenidas. Espero que Eykel las haya tratado como es debido.
— Sí, muy bien. Permiso — respondió Sorimar, tirando de Luchi con una urgencia desesperada, tratando de dejar atrás al padre, al hijo y a toda esa pesadilla helada.
— ¡Oye! Me estás maltratando mi hermoso cuerpo, deja de apretarme tan fuerte — exclamó Luchi, quejándose.
— ¡Ay, Luchi! ¡Qué vergüenza de verdad! ¡Quiero desaparecer!
— No hiciste nada malo, chica. ¡Y encantada me quedaría con el padre! — bromeó Luchi, intentando aligerar la tensión.
Rodrigo entró al estudio con una sonrisa cálida, una acción que era una afrenta personal para Eykel.
— Papá, ¿cuál es el motivo de esa risa? — preguntó Eykel, con la voz tensa y cargada de molestia.
— Ver a esa chica aquí... ¡qué casualidad!
— Su nombre es Sorimar, es la modelo y nada más. Que quede claro — aclaró su hijo, los ojos fijos en él, una advertencia silenciosa.
— ¿Te gusta esa muchacha? ¿Esa intensidad que te consume?
— Todas las mujeres me gustan, eso lo sabes. Ahora, si me disculpas, voy a mi oficina — zanjó Eykel, saliendo con la furia apenas contenida.
Después de un día de arduo trabajo y tensión latente, llegar al hogar, tomar asiento y disfrutar de una taza de café no tenía precio... hasta que el veneno de Sorimar empezó a hacer efecto.
Maicol invitó a su prometida a celebrar su primera sesión, para la revista más relevante del momento. Ella aceptó, aunque el motivo de la salida era más una obligación que una alegría, todo por el recuerdo abrasador del fotógrafo asignado.
Fueron a un bar. La música era un pulso fuerte, el ambiente agradable, pero ella no se estaba divirtiendo. No dejaba de pensar en él, en ese hombre que por alguna razón oscura y perturbadora la hacía estremecer hasta los huesos.
Tratando de despejar la mente, de borrar su rostro de fuego, miró a su alrededor. Lo que sus ojos captaron la dejó sin aliento, como si le hubieran apretado la garganta. Era Eykel. Estaba en compañía de Paola, esa rubia frívola. Por un motivo que no pudo descifrar, verlos juntos la hirió, le provocó un ardor agrio en el pecho.
— Maicol, voy un momento al tocador — dijo la chica, la voz extrañamente forzada.
— Ok, amor. Ve tranquila.
A Eykel, una pareja de enamorados en el rincón, le llamó poderosamente la atención. Quiso descifrar a la mujer, le parecía conocida. Miró detalladamente y, al reconocer la melena oscura y el perfil de fuego, su sangre se heló y luego hirvió con rabia. Era Sorimar con Maicol.
— Maldición. Es la novia de ese maldito — pensó en voz alta, el odio resonando.
— ¿Qué dijiste, Eykel? No escuché — preguntó la rubia, aburrida.
— Nada. Voy al puto baño — espetó, levantándose con una rapidez que asustó a Paola.
Sorimar entró al baño, intentando calmar el latido violento en su pecho. Al salir, antes de que pudiera dar un paso, alguien la agarró por el antebrazo, la presión de la mano fuerte era una garra de acero.
— ¿Es usted la novia de Maicol Green? — preguntó Eykel, su voz un gruñido bajo, cargada de una furia incontrolable.
— ¡Me estás lastimando! ¡Suéltame! Sí, lo soy. ¿Por qué la pregunta, qué te pasa? — expresó Sorimar, genuinamente confundida y asustada por la intensidad de su agarre.
El joven la soltó, como si su piel quemara. Estaba alterado, al borde de la explosión. Dio varias vueltas en el pasillo estrecho, la rabia se acumulaba, densa. Saber que ella estaba con su enemigo, el hombre que despreciaba, le molestó hasta en los huesos, hasta el alma.
— ¡Maldita sea, Sorimar! ¿Te... te entregaste a él? — preguntó, el enfado deformándole el rostro.
— Me parece que ya me hiciste esa pregunta antes. ¿Cuál es el puto problema? Eso hacen las parejas, Eykel — explicó la joven, intentando mantener la calma, pero el temblor la delataba.
— ¡Perfecto! ¿Entonces te entregaste a ese hijo de puta... sabiendo que hay un contrato vigente entre nosotros? ¡Que eres mía en papel!
— Eykel, no soy estúpida. Lo que te molesta es saber que Maicol Green es mi novio. Sé que no se soportan. ¡No te importa el contrato, solo la venganza!
El rostro de Eykel se acercó de nuevo, sus ojos, llamas oscuras. — ¿Le dijiste de la subasta? ¿Él sabe que vendiste tu virginidad al mejor postor? — indagó con una morbosa curiosidad que la hizo encogerse.
— ¡Por supuesto que no! ¡Eso no es asunto suyo!
— Ven conmigo. Ahora — la tomó de la mano de nuevo, con una autoridad que la asfixió.
— No voy contigo a ningún lado — se sacudió, liberándose con todas sus fuerzas.
Eykel se detuvo, clavando los ojos en ella, llenos de rabia fría y promesa de dolor. — Bien. Si no quieres, no te voy a obligar. Solo espero que no te arrepientas de esta decisión, Sorimar.
Hay que fuerte