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El Niñero Torpe Del Sr. Montero

El Niñero Torpe Del Sr. Montero

Status: En proceso
Genre:CEO / Padre soltero / Fantasía LGBT
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elian Rojas (23) trabaja en el refugio Second Chance Paws en Austin, Texas, y se paga la carrera de veterinaria. Cuando el refugio entra en quiebra y recibe orden de desalojo, encuentra un flyer rosa: "Se busca niñera. $3,500/mes. Niños difíciles. Si ellos te aceptan, te quedas".

Va a la entrevista sin fe. Le advierten que 3 niños han echado a 7 niñeras. Lo eligen porque es hombre, se ve torpe e ingenuo y creen que será fácil hacerlo renunciar con trampas de harina, tinta azul y pistolas de agua.

Pero Elian no ve berrinches, ve abandono. Y poco a poco, entre caos y perros colados, se ganará a una familia rota.

Lo que no esperaba era enamorarse de su jefe, Dante Montero (34), CEO viudo, frío y que no sabe cómo ser padre sin su esposa.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3 - Custodia

A las ocho Isidora llegó con un abogado. No avisó. Entró porque tenía llave.

Yo estaba en la cocina con Canelo, Milo con su laptop, Santi con cereal y Luna dibujando. Llevaba tres días trabajando y ya me sentía parte del desayuno.

Isidora vestía traje blanco, lentes oscuros aunque estaba nublado y carpeta negra gruesa. El abogado era joven, traje gris, sonrisa tensa.

Dante no estaba. Había salido a las cinco hacia Houston y volvería tarde.

La asistente intentó detenerlos, pero Isidora levantó la mano.

Vengo por los niños, dijo. Tenemos audiencia preliminar mañana y quiero llevarme a Luna hoy.

Milo se puso de pie de golpe. Su silla cayó atrás.

No, dijo. Luna no se va.

Isidora lo ignoró y miró a Luna, escondida detrás de mis piernas.

Mi amor, ven con abuela. Vamos a tu casa de verdad, dijo con voz dulce ensayada.

Luna negó y se aferró a mi pantalón. Sentí sus dedos temblando.

Intervine sin pensarlo.

Señora, Dante no está y usted no puede llevarse a nadie sin autorización, dije. Mi voz salió más firme de lo que me sentía.

El abogado sonrió y abrió la carpeta.

Tenemos orden temporal de visita extendida. La madre falleció hace un año, el padre trabaja dieciséis horas y contrata niñeros sin experiencia que traen animales callejeros. Un juez querrá escuchar eso.

Sentí un golpe en el estómago. Miré a Milo. Estaba pálido, puños cerrados. Santi tenía ojos llenos de lágrimas.

Llamé a Dante. No contestó. Estaba en vuelo. Dejé mensaje explicando.

Isidora aprovechó el silencio y se agachó frente a Luna.

Cariño, tu mamá querría que estuvieras conmigo. Tu papá no sabe cuidarte. Mira a este chico con perro sucio.

Luna me miró. Me agaché a su altura.

Luna, nadie te sacará si tú no quieres. ¿Quieres irte con tu abuela hoy?

Negó con fuerza y se abrazó a mi cuello. Olía a shampoo de fresa.

Isidora se levantó molesta.

Esto lo verá el juez, dijo y se fue, dejando perfume caro y amenaza.

Cuando la puerta se cerró, Santi explotó. Tiró su tazón contra el suelo. El vidrio se rompió y la leche se esparció.

¡Siempre hace lo mismo! ¡Dice que papá no nos quiere!, gritó con voz quebrada.

Milo no dijo nada. Recogió pedazos de vidrio en silencio, manos temblorosas. Tenía dieciséis años e intentaba ser adulto sin que nadie le enseñara cómo.

Me arrodillé y ayudé a limpiar. Canelo lamió la leche. Santi se rió entre lágrimas.

Esa tarde no fuimos al parque. Nos quedamos en la sala. Puse una manta en el piso, como hacía en el refugio con perros asustados. Dije que haríamos una guarida.

Santi trajo almohadas. Luna trajo crayones. Milo trajo su laptop, pero la cerró después de diez minutos.

Dentro de la guarida, con linternas de celular, Santi preguntó si su mamá estaría orgullosa de ellos.

Dije que no conocí a su mamá, pero que si dibujaba perros de cinco patas y leía cuentos de piratas con voces diferentes, seguramente estaría orgullosa de que se cuidaran entre ustedes.

Luna dibujó a su mamá. Mujer con cabello largo y sonrisa grande. Abajo escribió mamá con letra temblorosa.

Milo la miró y dijo: se parecía.

Fue la primera vez que lo escuché hablar de ella sin enojo.

A las nueve Dante llegó. Entró corriendo, corbata deshecha, maletín en mano, cara de preocupación. Había recibido mis mensajes al aterrizar.

¿Están bien?, preguntó sin saludar.

Milo se levantó y lo abrazó. Fue un abrazo corto, duro, de adolescente que no quiere mostrar necesidad.

Dante nos miró dentro de la guarida, con Canelo roncando en medio, manta llena de migas, dibujos regados.

¿Qué es esto?, preguntó.

Santi dijo: es nuestra base contra la abuela.

Dante se quitó los zapatos y se metió dentro. Un CEO de traje arrugado, dentro de una guarida de mantas con tres niños y un niñero torpe.

Me miró y dijo gracias. Más bajo.

Esa noche, después de acostar a los niños, me pidió quedarme un momento en su despacho. Primera vez que entraba. Libreros llenos, fotos de su esposa en el escritorio.

Cerró la puerta.

Isidora va a pelear custodia completa, dijo. Dice que no soy apto. Que viajo mucho, que no estoy presente. Y tiene razón en parte.

Le dije que eso no era verdad, que lo había visto llegar con tacos y meterse en una guarida.

Dante sonrió sin alegría y se pasó la mano por el cabello.

No sé ser papá sin ella, dijo. Mi esposa sabía qué hacer cuando Luna no hablaba o cuando Santi tenía pesadillas. Yo solo sé hacer negocios. Y ni eso me sale bien últimamente.

No supe qué responder. No soy terapeuta. Solo limpio jaulas.

Le dije que los niños no necesitan un papá perfecto. Necesitan uno que llegue con tacos aunque llegue tarde.

Se quedó callado. Luego me miró fijo, como si me viera por primera vez sin filtro de jefe.

¿Por qué te importan tanto?, preguntó.

Porque nadie los había mirado de verdad, dije. Y porque Canelo los eligió. Y Canelo nunca se equivoca.

Dante se rió. Una risa real, grave.

Afuera se escuchó a Luna llorando bajito. Tenía pesadillas.

Dante se levantó rápido, pero lo detuve.

Voy yo, dije.

Entré a su cuarto. Luna estaba sentada en la cama, lágrimas en mejillas, abrazada a su cuaderno.

Me senté a su lado y le canté una canción que les cantaba a los perros asustados del refugio. Inventada, desafinada, que hablaba de croquetas y colas.

Se rió entre lágrimas y se recostó sobre mi hombro. Se durmió así, con mano agarrada a mi camisa.

Cuando salí, Dante estaba en el pasillo, apoyado en la pared.

No dijo nada. Solo puso una mano en mi hombro y la dejó un segundo más de lo necesario.

Esa noche dormí en el suelo del cuarto de Luna, con Canelo a mis pies y la palabra familia pegada en la pared con cinta.

Mañana había audiencia. Mañana podía perderlos. Pero esa noche, por primera vez, esa mansión no se sintió vacía.

1
Brisa Romero
/Proud/
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