La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
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Capitulo 10
Valeria estaba disfrutando de su comida cuando Damián soltó una frase que casi la hizo atragantarse.
—Hoy vas a dormir conmigo.
¡CLINC!
El tenedor cayó de sus manos y golpeó el plato.
Valeria se quedó inmóvil.
Después giró lentamente la cabeza hacia el joven, que continuaba comiendo como si acabara de anunciar que llovería al día siguiente.
—¿Qué acabas de decir?
—Que hoy vas a dormir conmigo.
¡CLINC!
Esta vez fue la cuchara de Valeria la que cayó sobre la mesa.
—¡¿PERO QUÉ DICES?!
Damián frunció el ceño.
—No grites. No estoy sordo.
—¡PUES YO NO ESTOY LOCA!
Se cubrió la boca con ambas manos.
¡Dios mío!
¡Dios bendito!
¡Que alguien la sacara de aquella mansión antes de que terminara protagonizando una novela de esas que veía a escondidas!
—¡Soy una mujer casada! —exclamó.
Y, como si acabara de recordar algo todavía más vergonzoso, se cubrió la cara con ambas manos.
Menos mal que Damián no podía verla.
¡Menos mal!
Porque estaba segura de que su rostro parecía un tomate maduro.
El joven dejó los cubiertos sobre la mesa.
—¿Qué demonios estás imaginando?
Valeria separó un poco los dedos y lo miró entre ellos.
—¿Cómo que qué estoy imaginando?
—Eso mismo.
—¡Lo normal!
—¿Lo normal?
—¡Sí! ¿Por qué me pides que duerma en tu habitación? ¡Soy una mujer casada y tú eres un hombre soltero! Bueno, soltero no sé, porque no conozco tu vida sentimental, pero ese no es el punto…
Se detuvo.
Cerró los ojos.
Respiró profundamente.
—Dios mío, estoy hablando demasiado.
—Por primera vez, dices algo sensato.
—¡Oye!
Damián soltó un suspiro largo, como si tuviera que lidiar con la persona más complicada del planeta.
Y quizá, en su opinión, así era.
—Quiero que duermas aquí porque me siento más tranquilo si estás cerca. Es todo.
Valeria dejó de hablar.
Miró al joven con una expresión que él no podía ver, pero que habría sido bastante reveladora.
¿Más tranquilo?
¿Damián, el heredero de una familia mafiosa, el hombre que amenazaba con matar a cualquiera que lo molestara, necesitaba que ella durmiera cerca para sentirse tranquilo?
Aquello era absurdo.
Completamente absurdo.
Y, sin embargo, recordaba cómo la había abrazado mientras lloraba.
Recordaba que había permanecido a su lado hasta que se quedó dormida.
Quizá, después de todo, no estaba bromeando.
Valeria bajó las manos.
—¿Es una orden o una petición?
Damián guardó silencio durante un instante.
Luego sonrió.
Una sonrisa peligrosa.
—Sabes perfectamente que es una orden.
Valeria abrió la boca, indignada.
—¡¿QUÉ?!
—Si te niegas, te descontaré dinero de tu sueldo.
—¡OYE, ESO ES MUY CRUEL!
Damián se recostó en la silla, disfrutando demasiado de la situación.
—Ya sabes.
Valeria lo señaló con un dedo.
—¡Abusas de tu poder!
—Soy el hijo del Don. ¿Qué esperabas?
—¡Que tuvieras un poquito de vergüenza!
—No la tengo.
—¡Ya me di cuenta!
Damián volvió a sonreír.
No podía ver la expresión de Valeria, pero su voz indignada era suficiente para imaginarla con las mejillas infladas y las manos en la cintura.
Y, por alguna razón, la idea le resultaba divertida.
Valeria resopló.
—Está bien, está bien. ¡Voy a dormir contigo!
—Bien.
—¡Pero tendrás que abrazarme, cariño!
Damián se quedó completamente inmóvil.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Qué has dicho?
Valeria se levantó de la silla con una rapidez sorprendente.
—¡Nada! ¡No he dicho nada!
—Valeria.
—¡Estoy hablando de abrazarme porque tengo frío! ¡Es una necesidad humana básica!
—¡Ten cuidado con lo que dices! ¡No me hagas enojar!
Ella ya estaba caminando hacia la cama.
—¡Está bien, lo tengo anotado, cariño!
—¡VALERIA!
La carcajada de la joven resonó por toda la habitación.
Damián apretó los dientes.
¡Esa mujer iba a acabar con su paciencia!
Y lo peor era que, a pesar de sus amenazas, no podía evitar sentirse menos tenso cuando la escuchaba reír.
Valeria llegó a la cama y se quedó maravillada.
Era enorme.
Las sábanas eran suaves, las almohadas parecían nubes y el colchón tenía una comodidad que jamás había experimentado en su propio departamento.
Se dejó caer sobre él.
—¡Madre mía!
Se hundió entre las almohadas.
—¡Esto es una cama y no lo que yo tenía en casa!
Damián, que acababa de levantarse, giró el rostro hacia su voz.
—¿Terminaste?
—No.
Valeria dio unas palmaditas sobre el colchón.
—Ven, cariño. Te guardaré un sitio.
—Voy a echarte de mi habitación.
—Pero si tú me invitaste.
—Te obligué.
—Detalles, mi amor. Detalles.
Damián apretó el bastón entre los dedos.
Si la estrangulaba, su padre probablemente encontraría a otra cuidadora.
Aunque, pensándolo bien, quizá nadie más sería capaz de soportar sus cambios de humor.
Y él tampoco estaba seguro de querer que otra persona ocupara su lugar.
Finalmente, llegó hasta la cama y se sentó en el borde.
Valeria se hizo a un lado con una sonrisa satisfecha.
—Adelante. Su lado de la cama lo espera, señor gruñón.
—Como vuelvas a llamarme así…
—¿Me descontarás el sueldo?
—Te lo descontaré todo.
—¡Qué marido tan tacaño sería usted!
Damián giró bruscamente la cabeza hacia ella.
—¡NO SOY TU MARIDO!
Valeria se tapó la boca para contener la risa.
—Ya lo sé, cariño. No hace falta que te pongas celoso.
—¿Celoso de quién?
—De mi esposo, obviamente.
La expresión de Damián se endureció.
El ambiente cambió apenas un instante.
Valeria también lo notó.
La sonrisa se le desvaneció un poco al recordar al hombre que había dejado atrás.
Damián no preguntó nada.
Solo se acomodó bajo las mantas y le dio la espalda.
—Duérmete.
Ella lo observó en silencio.
Después se acostó también, dejando una distancia prudente entre ambos.
—Buenas noches, Damián.
—Buenas noches.
Valeria apagó la lámpara.
La habitación quedó a oscuras.
Durante unos minutos, permaneció despierta, escuchando los sonidos de la mansión. No estaba acostumbrada a dormir en una cama compartida y, aunque Damián no parecía tener intención de acercarse, la situación le resultaba extraña.
—Damián…
—¿Qué quieres ahora?
—¿No vas a intentar nada raro?
Él abrió los ojos, aunque no podía ver nada más que la oscuridad que siempre lo acompañaba.
—¡DUÉRMETE!
Valeria se encogió bajo las mantas.
—¡Solo preguntaba!
—¡No voy a hacerte nada!
—Está bien, está bien. No hace falta que grites.
Ella se acomodó sobre la almohada.
—Buenas noches, gruñón.
Damián soltó un suspiro.
—Buenas noches, insoportable.
Y entonces sucedió algo inesperado.
Damián cerró los ojos y se quedó dormido.
Sin dar vueltas.
Sin levantarse a beber agua.
Sin quedarse despierto escuchando el reloj durante horas, como le ocurría casi todas las noches.
Simplemente se durmió.
A la mañana siguiente, Valeria despertó primero.
Se estiró perezosamente, disfrutando de la suavidad de las sábanas, y giró la cabeza hacia el otro lado de la cama.
Damián seguía dormido.
Ella parpadeó.
Normalmente, el joven se despertaba de mal humor después de pasar la noche en vela. Los empleados le habían contado que sufría de insomnio y que podía pasar horas sin conseguir conciliar el sueño.
Sin embargo, aquella mañana respiraba con tranquilidad.
Su rostro estaba relajado.
Y no había rastro del ceño fruncido que parecía llevar permanentemente instalado.
Valeria se incorporó un poco, intrigada.
—Vaya…
Se acercó ligeramente, sin tocarlo.
—¿Será que el príncipe de las tinieblas necesitaba dormir acompañado?
Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.
—¡Qué tierno!
Damián se movió entre las sábanas.
Valeria se quedó congelada.
Él frunció ligeramente el ceño y murmuró algo incomprensible antes de volver a quedarse quieto.
Ella se llevó ambas manos a la boca.
¡No podía ser!
¡El gruñón estaba durmiendo plácidamente!
Y, por primera vez, no parecía estar sufriendo por las pesadillas ni por las noches interminables que solían dejarlo agotado.
Valeria lo observó durante unos segundos.
Después sonrió con ternura.
—Descansa, cariño.
Se levantó con cuidado para no despertarlo.
No sabía por qué Damián había dormido tan bien aquella noche.
Tampoco sabía que, para él, aquella pequeña tranquilidad era algo extraordinario.
Pero cuando salió de la habitación, Damián continuó durmiendo profundamente.
Y, aunque todavía no estaba preparado para reconocerlo, el heredero de la mafia acababa de descubrir algo que cambiaría sus noches.
Por primera vez en mucho tiempo, no necesitaba luchar contra el sueño. Le bastaba con saber que Valeria estaba cerca.