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La exesposa de pueblo que todos subestimaron

La exesposa de pueblo que todos subestimaron

Status: En proceso
Genre:Romance / Venganza / Mujer poderosa / Equilibrio De Poder / Juego de roles / Amante arrepentido
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11. Su jefe ya estaba perdido

La respuesta del guardia dejó a Diego sintiéndose humillado.

Algunos médicos y enfermeras que pasaban por el corredor miraban la escena con curiosidad. Cuanto más tiempo se quedara allí, peor sería.

Los dos hombres no iban a dejarlo pasar.

—Muy bien. Perfecto.

Les lanzó una última mirada y se fue.

Antes de girar, se quedó mirando la puerta de la habitación. Estaba a unos pocos pasos de Sofía y, aun así, no tenía ninguna manera de llegar hasta ella. Los murmullos del corredor le hicieron apretar todavía más los dientes.

Al subir al auto, cerró la puerta de un golpe.

—¡Esto es absurdo! ¿Quién se cree Montenegro para impedirme entrar? ¡Sofía todavía es mi…!

No consiguió terminar la frase. Después de lo ocurrido, insistir en que era su esposa sonaba casi ridículo.

Golpeó el respaldo del asiento. El ruido no le alivió la rabia. Había ido esperando que bastara decir su nombre para que lo dejaran pasar; ahora ni siquiera sabía cómo terminar aquella reclamación.

A su lado, Nicolás guardaba silencio.

Llevaba años trabajando para Diego. Sabía cuánto había ignorado a Sofía. Una palabra de Valeria bastaba para que la dejara sola, incluso si estaba enferma.

Y ahora se presentaba en el hospital, exigía verla y montaba en cólera porque no lo dejaban pasar.

El cambio era tan evidente que Nicolás sospechaba el motivo. Pero no iba a decirlo en voz alta.

Diego se aflojó la corbata.

—Llama al doctor León, el director del hospital. Dile que quiero ver a Sofía.

No podía ser tan difícil conseguir que un director lo recibiera.

Nicolás hizo la llamada y transmitió la petición.

La respuesta fue cortés, pero firme.

—Lo siento, señor Ferrer. La señorita Serrano necesita descansar sin interrupciones. El señor Montenegro fue muy claro al respecto. No podemos permitir visitas.

Diego le arrebató el celular a Nicolás.

—¿Desde cuándo decide Alejandro Montenegro lo que pasa en su hospital?

Hubo una breve pausa al otro lado.

—El hospital pertenece al Grupo Montenegro, señor Ferrer. Estamos cumpliendo sus instrucciones. Le pido que lo entienda.

La llamada terminó.

Diego apretó el teléfono. La confirmación de que Alejandro controlaba también el hospital lo enfureció todavía más.

¿Hasta dónde pensaba llegar para proteger a Sofía?

Arrojó el celular y respiró con dificultad.

La mujer que antes acudía cuando él la llamaba ahora estaba bajo la protección de otro. Y él apenas podía acercarse a ella.

—¡Nicolás! Investiga qué relación tienen Sofía y Montenegro. No me importa cuánto cueste. Y encuentra pruebas de que ella no es Brisa. Voy a acabar con esa mentira.

—Sí, señor.

Nicolás observó el rostro de su jefe y suspiró para sí.

Ya estaba perdido. El único que todavía no lo sabía era Diego.

* * *

Al atardecer, la luz se filtraba por las persianas de la habitación.

Alejandro regresó al hospital después de resolver el asunto urgente de la empresa. Llevaba un paquete plano, envuelto con cuidado.

Sofía estaba sentada en la cama. Se encontraba mejor, aunque seguía pálida.

—Señor Montenegro. No esperaba verlo.

Él se acercó y le entregó el paquete.

—¿Cómo te sientes? Encontré algo que mencionaste. No fue fácil conseguirlo.

Sofía retiró el envoltorio. Dentro había una fotografía antigua en un marco sencillo: un piloto sobre su auto, levantando el puño bajo la lluvia. En una esquina, una firma inclinada cruzaba la imagen.

Se incorporó antes de darse cuenta.

—Esteban Varela. Su quinto título. La carrera en la que nadie creía que pudiera terminar.

Alejandro la observó, divertido.

—Eso parece.

—¿Eso parece? Ganó con el auto hecho un desastre. La mitad de los demás ya se había retirado.

Acercó la fotografía a la luz. Bajo la firma figuraba el número de la copia: diecisiete de cincuenta.

—Y es de la edición que firmó antes de retirarse… ¿Dónde la encontró?

Varela había sido una leyenda de las carreras. Años después de su retirada, aquella pequeña edición seguía siendo casi imposible de conseguir.

Sofía recordó la cena en casa de los Montenegro. La habían invitado a quedarse después de atender al abuelo, y ella le había contado a la abuela cuánto deseaba una de esas fotografías. De niña solo había tenido una imagen recortada de una revista.

No pensó que Alejandro estuviera escuchando.

Ahora él tenía delante a una mujer que hablaba deprisa y se olvidaba de parecer reservada.

Sofía bajó los ojos hacia la firma. Se le hizo un nudo en la garganta.

Él había recordado algo que de verdad le importaba.

Aquella conversación con la abuela había sido casual. Ni siquiera había pretendido pedir nada: solo había hablado de un deseo que llevaba años guardando.

Alejandro, en cambio, había prestado atención y había dedicado tiempo a encontrar una pieza que no aparecía en cualquier tienda. Sofía pasó un dedo por el borde del marco, todavía sorprendida de que alguien hubiera tomado tan en serio algo suyo.

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