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El Precipicio De Tu Pecho

El Precipicio De Tu Pecho

Status: En proceso
Genre:Acción
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Ella es la guardaespaldas asignada para proteger al hombre que más desprecia: un magnate arrogante que compró la empresa de su padre. Él la provoca y la pone a prueba cada día, sin saber que ella guarda un arma bajo la chaqueta... y un deseo prohibido bajo la piel.

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Capítulo 1: La primera noche

El viento cortaba como navaja en la azotea del edificio Montesinos Tower, a cuarenta y dos pisos sobre el asfalto de la ciudad. Valentina Cruz mantuvo la espalda recta contra la barandilla de acero, los dedos enguantados rozando el frío del metal mientras sus ojos escaneaban el perímetro con la precisión de un depredador acostumbrado a la caza. Las luces de la ciudad se extendían a sus pies como un mapa de estrellas caídas, pero ella no miraba el paisaje. Miraba las sombras. Los ángulos muertos. Las tres salidas de emergencia que había memorizado en los diez minutos previos a la llegada del cliente.

El cliente.

Mateo Montesinos apareció por la puerta de cristal blindado que conectaba la azotea con su oficina privada, y Valentina sintió cómo el aire se espesaba a su alrededor. No era solo el frío. Era él. Vestía un traje negro de corte impecable, sin corbata, los dos primeros botones de la camisa abiertos dejando ver el inicio de un torso que no pertenecía a un empresario de escritorio. Era un cuerpo de hombre que se movía con la fluidez de quien había aprendido a pelear, aunque su sonrisa —esa maldita sonrisa— intentara ocultarlo.

"Señorita Cruz", dijo, y su voz era un murmullo grave que el viento se encargó de llevar hasta ella como una caricia no deseada. "Me alegra que haya aceptado el trabajo. Aunque debo confesar que esperaba a alguien... más grande."

Valentina no se movió. No parpadeó. Había escuchado eso y peores variaciones en sus cinco años como guardaespaldas de élite. Los hombres como Montesinos siempre subestimaban a las mujeres, especialmente a las que medían menos de un metro sesenta y cinco y cargaban con un rostro que algunos llamaban bonito y otros, simplemente, peligroso.

"El tamaño no importa cuando sabes dónde golpear", respondió, y el filo de sus palabras cortó el aire entre ellos. "¿O prefiere probarlo, señor Montesinos?"

Él rió, y el sonido fue un bajo continuo que vibró en el pecho de ella de una manera que odió inmediatamente. Se acercó, con las manos en los bolsillos del pantalón, el viento alborotándole el cabello oscuro que empezaba a encanecer en las sienes. Cuando estuvo a menos de un metro, se detuvo, y Valentina captó el aroma de su colonia —sándalo y algo más, algo metálico, como la sangre después de un combate—.

"Directa. Me gusta", dijo él, inclinando la cabeza para mirarla desde arriba, y ella sintió el peso de esa mirada gris como una presión física. "Pero dígame, señorita Cruz, ¿sabe algo de alturas? Porque tengo entendido que su expediente médico menciona un pequeño... incidente."

El mundo se detuvo.

Valentina sintió el frío subirle por la columna vertebral, un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Nadie sabía lo de las alturas. Lo había enterrado en su expediente militar con la ayuda de un médico que le debía un favor, y el archivo de la agencia de seguridad solo contenía sus certificados de combate, sus referencias y su impecable hoja de servicios. ¿Cómo demonios había conseguido él esa información?

"Mi expediente médico no es asunto suyo", dijo, y su voz salió más tensa de lo que habría querido. "Usted contrató a una guardaespaldas, no a una psiquiatra."

Mateo dio un paso más, y ahora estaban tan cerca que Valentina podía ver las diminutas arrugas alrededor de sus ojos, las cicatrices casi invisibles en su mandíbula, el latido de su pulso en el cuello. Había algo en él que no cuadraba. Los informes lo describían como un tiburón de las finanzas, un hombre que había comprado y vendido imperios sin pestañear. Pero sus manos —grandes, con nudillos marcados— no eran manos de negocios. Eran manos que habían sostenido un arma. Ella lo sabía porque las suyas propias eran iguales.

"Todo es asunto mío, señorita Cruz", murmuró él, y su voz bajó un tono, volviéndose íntima, peligrosa. "Contrato a alguien para que cuide mi vida. Necesito saber si esa persona es capaz de soportar el peso de la responsabilidad. Y las alturas, querida, son una parte fundamental de mi mundo. Mis oficinas están en el piso cuarenta y dos. Mi penthouse, en el cincuenta. Mis helicópteros despegan desde esta misma azotea. ¿Cree que puede protegerme si tiembla cada vez que mira hacia abajo?"

El golpe fue directo al centro de su pecho. Valentina sintió el arma oculta bajo su chaqueta, el peso frío del metal contra su costilla, y por un momento fugaz consideró la posibilidad de sacarla y presionarla contra la mandíbula de él solo para ver cómo se borraba esa sonrisa arrogante de su rostro. Pero eso era exactamente lo que él quería. Probar sus límites. Ver hasta dónde podía empujar antes de que ella se rompiera.

No se iba a romper.

"Señor Montesinos", dijo, y esta vez su voz era hielo puro, "he saltado de aviones en vuelo. He cruzado desiertos con tres litros de agua y una bala en el hombro. He matado a hombres que doblaban su peso sin pestañear. Las alturas no me asustan. Lo que me asusta es la gente que confunde su dinero con poder. Usted contrata a la mejor. O no contrata a nadie. Decida."

El silencio se extendió entre ellos, roto solo por el aullido del viento y el rumor distante del tráfico allá abajo. Mateo la miró durante lo que pareció una eternidad, sus ojos grises recorriendo cada centímetro de su rostro como si estuviera leyendo un libro escrito en un idioma que solo él entendía. Y entonces, lentamente, la sonrisa se desvaneció.

"La mejor", repitió, y la palabra sonó casi reverente en sus labios. "Veremos si está a la altura."

Se dio la vuelta sin añadir nada más y caminó hacia la puerta de cristal, dejándola sola en la azotea con el viento y el vértigo y el latido acelerado de su corazón. Valentina esperó a que la puerta se cerrara tras él para exhalar el aire que había estado conteniendo. Sus manos temblaban ligeramente, pero no era por el miedo a las alturas. Era por la rabia. Por la humillación. Por la forma en que él había dicho "querida", como si tuviera derecho a algo más que su nombre.

Respiró hondo, contó hasta cinco, y se obligó a mirar el horizonte. Había sido una prueba, y ella la había pasado. Pero también había sido una advertencia. Mateo Montesinos sabía más de ella de lo que debería. Y eso la ponía en una posición que odiaba más que cualquier otra: la de la presa.

No iba a ser presa de nadie. Especialmente de él.

---

Cuarenta minutos después, Valentina estaba en su habitación asignada en el piso treinta y ocho, un espacio minimalista con paredes de vidrio que daban al este y una cama que parecía más un objeto de diseño que un lugar para dormir. Había revisado cada rincón en busca de cámaras ocultas, cada toma de corriente, cada cuadro en la pared. Nada. O Montesinos confiaba en ella, o era tan arrogante que creía que no necesitaba espiarla.

Ambas opciones eran igualmente peligrosas.

Se sentó en el borde de la cama y abrió la mochila táctica que llevaba consigo. Dentro estaban sus herramientas: el arma reglamentaria, dos cargadores extra, un cuchillo de combate con hoja de cerámica, un botiquín de emergencia y una carpeta de cuero negro que contenía su verdadera misión.

Abrió la carpeta y sus dedos rozaron el papel amarillento de la carta que su padre le había escrito antes de morir. Las palabras estaban grabadas en su memoria, pero necesitaba verlas. Necesitaba recordar por qué estaba allí.

"Valentina, si estás leyendo esto, significa que ya no estoy. No quiero que culpes a nadie por mi decisión, pero hay algo que debes saber: la empresa no quebró por mala gestión. Fue un hombre. Un hombre que me tendió una trampa, que me empujó al abismo y luego se rió mientras caía. No sé su nombre, pero sé que su imperio se llama Montesinos Group. Ten cuidado, hija. Este hombre es un depredador. Y los depredadores siempre cazan."

Valentina cerró la carpeta con un golpe seco. La carta tenía cinco años. Su padre llevaba cinco años muerto, y ella había pasado cada uno de esos días esperando el momento exacto para infiltrarse en el mundo de Mateo Montesinos. La oportunidad había llegado cuando su agencia de seguridad recibió la solicitud de un guardaespaldas personal. Ella había manipulado las referencias, falsificado su expediente militar y borrado cualquier rastro de su verdadero apellido. Para el mundo, era Valentina Cruz, una exmilitar con un expediente impecable y sin pasado. Para Mateo Montesinos, era su ángel de la guarda.

Para ella misma, era la mano de la justicia.

Pero había un problema que no había anticipado. Un problema que la miraba desde el otro lado de la oficina con ojos grises y una sonrisa que prometía tormenta. Mateo Montesinos no era el monstruo que ella había imaginado. Era peor. Era un hombre que la desarmaba con una sola palabra, que la hacía sentir vulnerable sin siquiera tocarla, que parecía leer sus miedos como si estuvieran escritos en su frente.

No podía permitir que eso la distrajera. Tenía una misión. Encontrar pruebas de que él había arruinado a su padre. Destruir su imperio. Hacer que pagara por lo que había hecho.

Pero mientras se sentaba en la oscuridad de su habitación, mirando las luces de la ciudad que parpadeaban como estrellas caídas, Valentina no podía ignorar una verdad incómoda.

La primera noche, cuando sus ojos se encontraron en la azotea, no había visto solo arrogancia en los ojos de Mateo Montesinos. Había visto algo más. Algo que se parecía peligrosamente al reconocimiento.

Como si él también estuviera buscando a alguien.

Como si él también estuviera esperando que ella llegara.

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A la mañana siguiente, Valentina se despertó antes del amanecer con el cuerpo tenso y la mente en alerta. Había dormido poco, como siempre, pero las ojeras bajo sus ojos eran un precio pequeño a cambio de la claridad que traía la privación de sueño. Se vistió rápido, eligió el traje azul marino que la hacía parecer profesional y letal, y se dirigió a la oficina de Mateo en el piso cuarenta y dos.

Cuando llegó, él ya estaba allí.

Sentado detrás de un escritorio de roble negro que parecía más un altar que un mueble, Mateo Montesinos la esperaba con una taza de café en una mano y un expediente en la otra. El sol naciente se filtraba a través de los ventanales, bañando su figura en una luz dorada que hacía que sus ojos grises parecieran casi plateados. No llevaba chaqueta, solo la camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos musculosos y venosos que ella había notado la noche anterior.

"Buenos días, señorita Cruz", dijo sin levantar la vista del expediente. "Dormiste bien, espero. Las camas de este edificio son famosas por su comodidad."

"No pago por la comodidad", respondió ella, deteniéndose frente al escritorio con las manos a la espalda en posición de descanso. "Pago por la seguridad. ¿Tiene su agenda para hoy?"

Él levantó la mirada y la sostuvo, ese juego de poder que parecía disfrutar tanto. "Tengo una reunión a las diez con un grupo de inversores chinos. Una cena a las ocho con el alcalde. Y a las tres... bueno, a las tres tengo algo especial planeado."

Valentina mantuvo su expresión impasible, pero sintió una punzada de desconfianza en el estómago. "¿Qué clase de especial?"

Mateo sonrió, y era una sonrisa que prometía tormenta. "Vas a conocerme mejor, querida. Un paseo en helicóptero por la ciudad. ¿Te parece bien?"

El vértigo la golpeó como un puñetazo en el pecho, pero no parpadeó. No podía permitírselo.

"Perfecto", dijo, y su voz salió firme aunque su corazón latía como un tambor de guerra. "Siempre y cuando usted no intente arrojarme desde el aire."

Él rió, y el sonido fue un bajo continuo que resonó en el pecho de ella de una manera que odió inmediatamente.

"Eso, señorita Cruz", dijo, inclinándose hacia adelante y bajando la voz hasta un susurro íntimo, "es exactamente lo que me pregunto cada vez que la miro. Si usted me arrojará a mí primero."

El silencio se extendió entre ellos, cargado de electricidad y amenaza. Valentina sostuvo su mirada sin parpadear, negándose a ser la primera en apartar los ojos.

No iba a ser la primera.

No iba a ser la presa.

Pero mientras Mateo Montesinos la miraba desde detrás de su escritorio de oro y sombras, Valentina supo una cosa con certeza absoluta.

Esta guerra no iba a ganarla con un arma.

Iba a ganarla con el corazón.

O iba a morir en el intento.

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valeska garay campos
el destino lo tnia que juntar ahora que pasará?🤔
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