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El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:657
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: El libro azul y la promesa sin nombre

Beatrice Montclair desconfiaba de los libros prestados.

No de los libros, por supuesto. Los libros eran una de las pocas instituciones respetables que aún merecían defensa. Podían ser tercos, dramáticos, excesivamente sentimentales o demasiado largos, pero rara vez interrumpían una conversación con una manzana.

Los libros prestados, en cambio, eran otra clase de peligro.

Un libro prestado siempre traía consigo una intención.

Y cuando quien lo prestaba era Lady Ashford, la intención probablemente llevaba guantes, sonrisa suave y varios años de experiencia empujando destinos ajenos sin parecer culpable.

—No entiendo por qué debemos visitar a Lady Ashford esta tarde —dijo Beatrice, mirando su reflejo en el espejo del tocador.

Clara acomodaba unos alfileres en una pequeña caja.

—Porque la invitó a tomar té, señorita.

—Eso no responde. El té es una excusa demasiado común para demasiado daño social.

—Quizá solo quiera tomar té.

Beatrice miró a Clara por el espejo.

—Clara.

—Sí, señorita.

—Ambas sabemos que eso no es cierto.

Clara bajó la vista con prudencia.

Sobre el tocador descansaba la cinta verde, reparada y visible. Beatrice no la llevaba puesta. Otra vez. Pero tampoco la había guardado. La pequeña marca cerca del borde seguía allí, apenas perceptible, como una opinión que fingía no serlo.

—¿La usará hoy? —preguntó Clara.

Beatrice se quedó quieta.

—No.

—Muy bien.

—No porque no quiera.

Clara levantó apenas la mirada.

Beatrice suspiró.

—Tampoco porque quiera. No haga esa cara.

—No hice ninguna, señorita.

—Esa es exactamente la cara.

Clara cerró la caja de alfileres.

—Entonces la dejamos visible.

—Sí.

La palabra salió más suave de lo que Beatrice pretendía.

Visible.

No puesta.

No escondida.

Un paso intermedio. Como todo últimamente.

Lady Agatha apareció en la puerta.

—¿Lista?

—No.

—Perfecto. Vamos.

—Tía, esa respuesta no ha respetado mi estado emocional.

—Tu estado emocional lleva semanas sin respetar mi necesidad de tardes tranquilas.

Beatrice tomó sus guantes.

—Eso fue muy injusto.

—También fue exacto.

—Está pasando demasiado tiempo con Lord Ashford.

Lady Agatha sonrió apenas.

—Quizá él esté pasando demasiado tiempo contigo.

Beatrice salió antes de responder, porque no tenía nada suficientemente digno que decir.

La casa Ashford tenía esa clase de elegancia que no necesitaba anunciarse. Todo parecía estar donde debía estar, no por rigidez, sino por costumbre. Beatrice la encontró irritantemente tranquila.

Nathaniel las recibió en el salón junto a Lady Ashford.

—Lady Agatha. Señorita Montclair.

—Lord Ashford —respondió Beatrice.

No llevaba la cinta verde.

Él lo notó.

Naturalmente.

Pero no miró su cabello más de un instante. No hizo pregunta, no cambió la expresión, no convirtió la ausencia en mensaje.

Beatrice lo odió un poco por entender tan bien.

Lady Ashford se acercó con una sonrisa cálida.

—Beatrice, me alegra mucho que hayas venido.

—Gracias por invitarme, Lady Ashford.

—Tengo algo que pensé podría gustarte.

Beatrice miró de inmediato a Lady Agatha.

—Eso suena peligroso.

Lady Ashford soltó una risa suave.

—Es solo un libro.

—Los libros rara vez son solo libros en esta familia —dijo Sebastián desde algún lugar detrás de una columna.

Beatrice cerró los ojos.

—Debería haberlo sabido.

Sebastián apareció con una taza en la mano.

—Señorita Montclair. Qué alegría verla en nuestra casa sin que haya habido previamente una escalera, una manzana o una emergencia textil.

—La tarde aún es joven, señor Ashford.

—Eso me da esperanza.

Nathaniel miró a su hermano.

—No la fomentes.

—¿La esperanza o la emergencia?

—Ambas.

Lady Ashford ignoró a Sebastián con una elegancia muy practicada y tomó un volumen de una mesa cercana.

Era un libro pequeño, encuadernado en azul profundo, con el lomo gastado y las esquinas suavemente vencidas. No parecía nuevo. No parecía caro por ostentación. Parecía querido.

Eso lo volvió inmediatamente peligroso.

—Es una colección de cartas —dijo Lady Ashford—. Algunas son reales, otras literarias. Lo leí cuando tenía tu edad.

Beatrice recibió el libro con más cuidado del que esperaba.

—¿Me lo presta?

—Sí. Sin obligación de terminarlo.

—Eso es raro en una recomendación.

—Las mejores lecturas no deberían sentirse como sentencia.

Nathaniel, de pie cerca de la chimenea, miró el libro con una expresión que Beatrice no supo interpretar.

—¿Lo conoce? —preguntó ella.

—Mi madre lo ha citado en momentos estratégicos.

Lady Ashford sonrió.

—Solo cuando era necesario.

Sebastián se inclinó hacia Beatrice.

—Traducción: cuando Nathaniel necesitaba recordar que no todos los asuntos humanos pueden organizarse con tinta y márgenes.

—Un libro muy valiente, entonces —dijo Beatrice.

Nathaniel la miró.

—O muy imprudente.

—Las mejores cosas suelen serlo.

El comentario quedó entre ambos un segundo demasiado largo.

Lady Agatha tomó té sin mirar a nadie.

Sebastián sonrió dentro de su taza.

Beatrice bajó la vista al libro.

El azul de la cubierta era suave, casi oscuro. Muy distinto al verde de la cinta. Si la cinta era una elección visible, el libro parecía otra cosa: un lugar donde esconder lo que aún no estaba listo para caminar en público.

Lady Ashford pareció entenderlo sin que Beatrice dijera nada.

—Puedes devolverlo cuando quieras.

—Gracias.

—O quedártelo un tiempo.

—Eso suena como si sospechara que lo necesitaré.

Lady Ashford sostuvo su mirada con dulzura.

—Todos necesitamos, alguna vez, un lugar donde poner palabras antes de saber decirlas.

Beatrice se quedó quieta.

Nathaniel también.

Sebastián, por una vez, no dijo nada.

Aquello fue tan alarmante que Beatrice decidió romper el momento.

—Entonces espero que el libro sea resistente. Mis palabras suelen tener codos.

Nathaniel bajó la mirada para ocultar una sonrisa.

Lady Ashford rio.

Después del té, Lady Ashford propuso mostrar a Lady Agatha una pieza de porcelana recientemente heredada. Beatrice sospechó de inmediato que la porcelana era inocente y estaba siendo utilizada con fines estratégicos.

—No necesito ver porcelana —dijo Lady Agatha.

Lady Ashford sonrió.

—Pero yo necesito fingir que se la muestro.

—Ah. En ese caso, adelante.

Ambas salieron con una calma que no engañó a nadie.

Sebastián se levantó también.

—Yo iré a impedir que la porcelana se sienta sola.

Nathaniel lo miró.

—Sebastián.

—Exacto. Me retiro antes de ser retirado.

Cuando desapareció, el salón quedó más silencioso.

(todas las imágenes son creadas por IA)

Beatrice sostuvo el libro azul contra su regazo.

Nathaniel no se acercó de inmediato. Permaneció junto a la chimenea, dándole espacio como si el aire entre ambos también mereciera consentimiento.

—¿Su madre presta libros a muchas damas? —preguntó Beatrice.

—No.

—Qué poco tranquilizador.

—Mi madre es selectiva.

—Peor.

Nathaniel sonrió apenas.

—Creo que pensó que le gustaría.

—¿Y usted?

—Yo también.

Beatrice miró la cubierta azul.

—¿Por qué?

Nathaniel tardó un momento en responder.

—Porque a veces dice más cuando escribe que cuando habla.

Beatrice levantó la vista de inmediato.

—Eso es una acusación.

—Es una observación.

—Las observaciones son acusaciones bien vestidas.

—Entonces quizá sea una pregunta.

—¿Cuál?

Nathaniel dio un paso, pero solo uno.

—Si hay cosas que prefiere escribir antes de decir.

Beatrice sintió que la biblioteca de la casa Ashford, las flores, la cinta verde y cada carta guardada en su libro favorito parecían volver de pronto a la habitación.

—¿Y si las hay?

—Entonces no tiene que mostrármelas.

Aquello era lo insoportable de Nathaniel.

Siempre dejaba una puerta abierta sin empujarla.

—Usted está volviéndose demasiado bueno en esto —dijo ella.

—¿En qué?

—En no exigir.

—No debería ser una habilidad excepcional.

—En Valdoria, todo acto de no exigencia parece revolucionario.

Nathaniel bajó la mirada.

—No quiero que tenga que esconderse de mí para conservar algo suyo.

Beatrice no respondió enseguida.

La frase era demasiado clara para burlarse y demasiado suave para rechazarla.

—Este libro es suyo —dijo al fin.

—Era de mi madre.

—Entonces de ella.

—Ahora se lo prestó a usted.

—Temporalmente.

—Sí.

—No empiece a volver simbólicas las cosas temporales, Lord Ashford.

—No lo haré.

—Lo está pensando.

—Sí.

Beatrice apretó el libro contra su regazo.

—Quizá lo lea.

—Me alegra.

—Quizá no.

—También.

—Quizá escriba una nota y la deje dentro por accidente.

Nathaniel se quedó muy quieto.

Beatrice sintió tarde que había dicho demasiado.

O demasiado poco.

—Por accidente —repitió.

—Naturalmente —dijo Nathaniel.

Su voz fue cuidadosa, pero sus ojos no lograron serlo por completo.

Beatrice levantó la barbilla.

—Las notas son criaturas escurridizas.

—Como los sombreros.

—Y las urnas.

—Y ciertos silencios.

Ella lo miró.

—Eso fue casi poético.

—Lo lamento.

—No lo haga de nuevo sin supervisión.

Nathaniel sonrió.

La puerta se abrió entonces y Sebastián asomó la cabeza.

—¿Interrumpo un silencio escurridizo?

—Sí —dijeron Beatrice y Nathaniel al mismo tiempo.

Sebastián pareció profundamente conmovido.

—Maravilloso. Coordinación emocional. Tomo nota.

—No tome nota —dijo Nathaniel.

—Ya la tomé mentalmente. Es más difícil confiscarla.

Beatrice levantó el libro azul.

—Si escribe algo sobre esta escena, señor Ashford, lo esconderé dentro de un libro de sermones.

Sebastián palideció con teatralidad.

—Crueldad literaria.

—Precisión estratégica.

Sebastián se retiró, satisfecho de haber arruinado lo suficiente.

Esa noche, en su habitación, Beatrice dejó el libro azul junto a la cinta verde sobre el tocador.

Luego lo miró.

No.

Eso era demasiado.

El libro azul no pertenecía al tocador. La cinta sí. La cinta era visible, terca y elegida.

El libro azul pertenecía a otro lugar.

Beatrice lo tomó y bajó a la biblioteca.

La casa estaba tranquila. Demasiado tranquila para una persona que pensaba hacer algo perfectamente razonable y nada sentimental.

Abrió el libro en la mesa junto a la ventana.

Leyó una carta.

Luego otra.

Luego dejó de fingir que le interesaban solo las cartas ajenas.

Tomó papel.

Mojó la pluma.

Esperó.

La tinta formó una pequeña gota en la punta, como si también aguardara una decisión.

Beatrice escribió:

“Nathaniel:

Su madre me prestó un libro peligroso.

No sé todavía si eso fue bondad, conspiración o ambas cosas.

Hay palabras que efectivamente parecen más fáciles cuando no tienen que cruzar una habitación.

No se ponga satisfecho. Esto no es una confesión. Es una observación literaria.

B.”

Miró la nota.

Demasiado honesta.

Añadió:

“Posdata: Si Sebastián pregunta, el libro no contiene silencios escurridizos.”

Mejor.

Mucho mejor.

Beatrice dobló la nota.

Después abrió el libro azul hacia la mitad y la dejó entre dos páginas.

No para que Nathaniel la encontrara.

Por supuesto que no.

El libro estaba en su casa. Ella tendría que devolverlo primero. Podía retirar la nota antes. Podía quemarla. Podía fingir que nunca había existido.

Era una nota provisional.

Una imprudencia reversible.

Una promesa sin nombre.

Cerró el libro azul con cuidado.

En la biblioteca Montclair, el documento de cortejo seguía guardado dentro de su libro favorito. Las cartas de Nathaniel también. La tarjeta de las flores. Las pruebas, si una insistía en llamarlas así.

El libro azul, en cambio, no era prueba.

Era un escondite.

Y Beatrice, que siempre había creído que esconder algo era una forma de cobardía, empezó a sospechar que a veces también podía ser una forma de cuidar una verdad hasta que estuviera lista para respirar.

Cuando subió de nuevo a su habitación, la cinta verde seguía sobre el tocador.

Visible.

Reparada.

Beatrice la tocó apenas.

—No mire así —murmuró.

La cinta no respondió.

Pero, naturalmente, pareció saberlo todo.

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