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Un Amor De Dos Dioses Y Una Mortal

Un Amor De Dos Dioses Y Una Mortal

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Romance / Fantasía LGBT
Popularitas:561
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: Secretos entre la vida y la muerte

El sol comenzaba a ocultarse cuando Sara terminó de ayudar a los últimos viajeros que habían llegado al pueblo. Entre ellos había comerciantes, agricultores y familias enteras que buscaban aprender cómo aquella pequeña comunidad había logrado salir adelante.

—Gracias por recibirnos —dijo una mujer mientras abrazaba a su hija.

Sara sonrió.

—Aquí siempre habrá un lugar para quien quiera trabajar y ayudar a los demás.

Los viajeros agradecieron sus palabras antes de dirigirse a la posada.

A unos metros de distancia, el misterioso viajero llamado Adán observaba la escena en silencio.

En realidad, era Hades, el señor del Inframundo.

Llevaba dos días en el pueblo.

Dos días fingiendo ser un simple mortal.

Y dos días bastaron para comprender que Eris no había exagerado.

Sara no era fuerte por su poder.

Era fuerte por la manera en que trataba a los demás.

Aquella noche, después de cenar, Daniel salió corriendo de la casa con una pequeña linterna.

—¡Hermana!

Sara apareció en la puerta.

—¿Qué ocurre?

—El señor Adán dijo que iba a caminar hasta el bosque.

Sara miró hacia el sendero.

—¿Solo?

—Sí.

Ella frunció el ceño.

El bosque era tranquilo durante el día, pero por la noche podía resultar peligroso para alguien que no conocía el lugar.

Tomó una lámpara de aceite.

—Voy a alcanzarlo.

Mientras tanto, Hades caminaba entre los árboles.

Había elegido ese lugar porque el bosque estaba lleno de vida.

Escuchaba el canto de los grillos.

Sentía el viento mover las hojas.

Era curioso.

Él gobernaba el reino de los muertos, un lugar sereno y eterno.

Pero el mundo de los vivos era diferente.

Todo cambiaba constantemente.

Las flores nacían.

Los árboles envejecían.

Los animales crecían.

Y los humanos aprovechaban cada instante porque sabían que su tiempo era limitado.

Quizá por eso apreciaban tanto la vida.

—Ahora entiendo... —murmuró.

De repente escuchó unos pasos.

—¡Señor Adán!

Hades se giró.

Sara caminaba hacia él iluminando el sendero con la lámpara.

—Pensé que podía perderse.

Él sonrió levemente.

—He recorrido caminos mucho más oscuros que este.

Sara rió.

—Aun así, nunca está de más tener compañía.

Durante unos minutos caminaron juntos.

El silencio entre ambos era cómodo.

No hacía falta llenarlo de palabras.

Finalmente, Sara habló.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Claro.

—Cuando nos conocimos... tuve la impresión de que usted estaba muy triste.

Hades no respondió de inmediato.

Hacía siglos que nadie le preguntaba cómo se sentía.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque sus ojos se parecen a los de alguien que ha visto demasiadas despedidas.

Aquellas palabras atravesaron el corazón del dios.

Ella había acertado.

Como señor del Inframundo, veía despedidas todos los días.

Padres.

Hijos.

Amigos.

Amantes.

Era testigo del final de cada vida humana.

Y, aun así, debía permanecer imparcial.

—He perdido a muchas personas importantes —respondió finalmente.

No era una mentira.

Solo era una verdad incompleta.

Sara bajó la mirada.

—Lo siento mucho.

—¿Y tú?

Ella sonrió con cierta nostalgia.

—Perdí a mi papá cuando era pequeña.

Hades la observó en silencio.

—Fue muy difícil.

Pero él siempre decía que una persona nunca desaparece mientras alguien recuerde su bondad.

El dios del Inframundo sintió un extraño calor en el pecho.

Había escuchado miles de discursos sobre la muerte.

Pero aquella sencilla frase tenía una belleza especial.

En el Olimpo, Zeus seguía observando el Espejo del Mundo.

Hermes apareció junto a él.

—¿Todavía está allí?

Zeus asintió.

—Sí.

Hermes cruzó los brazos.

—¿Qué hacemos?

—Nada.

—¿Nada?

—Mi hermano no ha interferido con la prueba.

Solo observa.

Hermes suspiró.

—Eso no significa que Eris no esté planeando algo.

Zeus sabía que tenía razón.

Pero aún no comprendía cuál era el objetivo de la diosa de la discordia.

Mientras tanto, Eris se encontraba en las ruinas de un antiguo templo.

Frente a ella apareció una figura envuelta en una capa negra.

No era un dios.

Era un antiguo espíritu conocido como Mormo, un ser que se alimentaba del miedo de los humanos.

—¿Me llamaste? —preguntó la criatura con una voz rasposa.

Eris sonrió.

—Tengo un trabajo para ti.

—¿Qué deseas?

—Quiero que visites un pequeño pueblo.

El espíritu soltó una risa siniestra.

—¿Debo destruirlo?

—No.

Eso sería demasiado sencillo.

Quiero que siembres pesadillas.

Que sus habitantes empiecen a desconfiar unos de otros.

Que el miedo los haga olvidar todo lo que Sara les ha enseñado.

Mormo inclinó la cabeza.

—Como ordenes.

Su cuerpo se convirtió en una oscura niebla que desapareció entre los árboles.

Eris observó el cielo.

—Veamos si la esperanza puede sobrevivir... cuando el miedo se instala en el corazón.

En el bosque, Sara y Hades llegaron hasta una pequeña colina.

Desde allí podían verse todas las luces del pueblo.

—Es hermoso —dijo Hades.

—Lo es.

Sara se sentó sobre una roca.

—Hace un mes casi todo estaba vacío.

Ahora hay risas otra vez.

Hades tomó asiento a su lado.

—¿Y si algún día todo desaparece?

Sara permaneció pensativa.

—Entonces empezaríamos de nuevo.

—¿Aunque fracasen?

—Sí.

—¿Aunque nadie quiera ayudarte?

Ella sonrió.

—Siempre habrá alguien dispuesto a dar el primer paso.

Solo hace falta encontrarlo.

Hades recordó las incontables almas que había recibido en el Inframundo.

Muchas habían muerto creyendo que el mundo era cruel.

Otras partían convencidas de que había valido la pena vivir.

La diferencia casi siempre estaba en las personas que habían conocido.

Y Sara era precisamente ese tipo de persona.

Una que cambiaba vidas sin darse cuenta.

De pronto, un escalofrío recorrió el bosque.

Los pájaros dejaron de cantar.

El viento cesó por completo.

Hades levantó lentamente la mirada.

Había sentido aquella energía muchas veces.

Era oscura.

Antigua.

Y no pertenecía a ningún dios olímpico.

Sara también lo notó.

—¿Escuchó eso?

—Sí...

Entre los árboles apareció una espesa niebla negra.

Avanzaba lentamente, como si tuviera vida propia.

Dentro de ella comenzaron a escucharse susurros.

Lamentos.

Llanto.

Voces que parecían llamar por los nombres de quienes las escuchaban.

Sara sintió un nudo en el estómago.

Aquella presencia le producía un miedo imposible de explicar.

Hades, en cambio, reconoció inmediatamente qué era.

—No puede ser...

Era Mormo.

Un espíritu del miedo que jamás abandonaba las regiones más profundas del mundo de los muertos.

Solo alguien con un inmenso poder podía haberlo liberado.

Y Hades conocía a una sola persona lo bastante impredecible para hacerlo.

Eris.

Sara retrocedió un paso.

—¿Qué es esa cosa?

Hades dudó.

Si respondía con la verdad...

Revelaría demasiado sobre sí mismo.

La niebla siguió acercándose.

Los árboles comenzaron a marchitarse a su paso.

Las sombras parecían alargarse de manera antinatural.

Por primera vez desde que llegó al pueblo, Hades comprendió que quizá ya no podría seguir ocultando quién era realmente.

Y mientras la oscura niebla envolvía el bosque, una voz susurró desde su interior:

—Qué fácil es romper la esperanza... cuando primero rompes la tranquilidad.

Continuará...

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