En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro
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Capítulo 17: La Audiencia del Gobernador
El palacio del gobernador estaba en la plaza mayor del puerto, al lado de la iglesia, y era un edificio de dos plantas, con un balcón corrido de madera tallada y una bandera española que se movía con la brisa del mar. Tenía, en la entrada, dos soldados de guardia y un portero uniformado de azul y oro que miraba a la gente por encima del hombro, con esa superioridad que da el uniforme. La Condesa y Clara llegaron en el carruaje negro, con los caballos blancos resoplando, y el portero, al verlas bajar con la toquilla de terciopelo y los guantes largos, se cuadró, porque la Condesa, en aquel puerto, era más reina que la reina de España, y todos lo sabían, incluido el gobernador.
Pidió audiencia, como le había dicho don Evaristo, para esa misma noche, y para sorpresa del portero, la consiguió. El gobernador, don Servando Ortiz de Zárate, era un hombre bajito, nervioso, de calva brillante y bigote poblado, que llevaba veinte años ocupando el sillón sin haber tomado en su vida una sola decisión importante. Pero tenía una virtud que lo compensaba: sabía escuchar. Y cuando la Condesa y Clara entraron en su despacho, les ofreció dos sillas, mandó traer un servicio de té, y se sentó frente a ellas con las manos cruzadas, dispuesto a oír.
La Condesa, sin preámbulos, sin excusas, sin una sola lágrima, le contó todo. Le contó la muerte de Rodrigo, le contó la sospecha que había callado durante veinticinco años, le contó el regreso de Luis, le contó la identidad, le contó el arresto, y le entregó, en una carpeta de cuero, los papeles del cofre, los tres libros forrados de don Evaristo, y una carta firmada por ella, con su sello, en la que pedía formalmente que se abriera una investigación sobre la muerte de su esposo. El gobernador leyó la carta dos veces, hojeó los papeles, miró a la Condesa, miró a Clara, y por fin dijo, con la voz temblorosa de un hombre al que le están pidiendo que se pronuncie sobre un asunto que preferiría dejar para el año que viene:
—Condesa, lo que usted me está pidiendo es muy grave.
—Lo sé, excelencia —respondió la Condesa, sin parpadear—. Por eso se lo pido a usted, y no a otro.
El gobernador se levantó, se acercó a la ventana, miró el mar, se volvió de nuevo hacia ellas, y dijo:
—Voy a hacer tres cosas, y las voy a hacer esta misma noche. Primera: voy a ordenar que se suspenda la orden de captura contra Luis Villalobos hasta que se aclaren los hechos. Segunda: voy a nombrar a un juez de instrucción venido de la Audiencia de Caracas, que no tenga ningún vínculo con esta familia. Y tercera, Condesa, voy a pedirle a usted que no salga de este palacio hasta que yo le garantice que está usted protegida. Porque si lo que dice es verdad, y Dios no lo quiera, lo que dice es verdad, el hombre al que usted está acusando tiene medios para hacer mucho daño.
La Condesa asintió, le dio las gracias con una reverencia perfecta, y se retiró del despacho con Clara del brazo. Cuando salieron a la plaza, ya era de noche, y el puerto entero estaba iluminado con faroles de aceite que parpadeaban con la brisa. Clara, que no había dicho una sola palabra en toda la audiencia, le preguntó a la Condesa, en voz baja:
—Madre, ¿de verdad crees que el gobernador va a hacer lo que ha prometido?
—Hija —respondió la Condesa, mientras se subía al carruaje—, los hombres como don Servando siempre cumplen lo que prometen, porque les cuesta más romper una promesa que mantenerla. Lo que hay que tenerles miedo es a los hombres como Adrián, que no prometen nada, pero lo cumplen todo.
El carruaje arrancó en dirección a la mansión, y la Condesa, en el asiento de atrás, miró por la ventanilla cómo el puerto se iba apagando poco a poco, farol a farol, como una constelación que se hunde en el mar. Pensó, con esa lucidez triste que da la edad, que llevaba veinticinco años viviendo con un secreto que ya no podía seguir cargando, y que se sentía, por fin, ligera. No feliz: ligera. Hay una diferencia entre una cosa y la otra, y la Condesa, que ya había conocido las dos, las distinguía con la precisión de un catador de vinos.
En la otra punta del puerto, en una casa de dos pisos que daba al malecón, Adrián Villalobos recibía la noticia. Estaba sentado en un escritorio de caoba, con una copa de ron en la mano y un habano apagado entre los labios, y escuchaba, con la cara cada vez más roja, a un mensajero que acababa de llegar de La Habana en un caballo sin resuello. El mensajero, que era un hombrecillo flaco, de bigote recortado y ojos de rata, le contaba, atropellándose, que la Condesa había ido a ver al gobernador, que el gobernador había suspendido la orden de captura, que se había nombrado un juez de instrucción, y que todo, en fin, se estaba yendo al demonio.
Adrián dejó la copa en la mesa con tanta fuerza que el ron se derramó sobre la madera, y durante un minuto entero no dijo nada. Se levantó, se acercó a la ventana, miró el mar, y luego se volvió hacia el mensajero con una sonrisa que no era una sonrisa, que era una mueca, que era el reverso exacto de una sonrisa, y le dijo, con la voz muy baja, que es como hablan los hombres cuando están a punto de tomar una decisión de la que no se vuelve:
—Vete a La Habana. Dile a mis amigos de allí que necesito un barco. Uno rápido, uno que no haga preguntas, uno que pueda estar en este puerto antes de tres días. Y diles también que el precio no me importa. Que en esta vida, muchacho, hay cosas que valen más que el dinero.
El mensajero salió corriendo. Adrián, solo en el despacho, levantó la copa, le dio un trago largo al ron, y murmuró, mirando el mar: "Pobre hermano mío. Pobre hermano mío, que todavía no sabe que en este puerto, el que no sabe nadar, se ahoga".