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PRÉSTAME TÚ NOMBRE

PRÉSTAME TÚ NOMBRE

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Lily Benitez

Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.

NovelToon tiene autorización de Lily Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

17— No es una novedad

🟣NAHUEL

Héctor me encontró en el galpón de la estancia, desarmando la moto por tercera vez en la semana. No porque estuviera rota. Porque si no desarmaba algo, iba a ir hasta la mansión Duarte y cagar a trompadas a Germán por cómo me miraba.

—Señor Nahuel

Dijo, y ya no me decía “nene” desde que cumplí 18 y choqué la camioneta de mi abuelo.

—La señorita Elena está en el shopping.

Levanté la cabeza. Tenía las manos llenas de grasa.

—¿Y?

—Y la cruzó la señorita Silvina.

Siguió, y bajó la voz.

— Mis hijas trabajan en Rapsodia. Me mandaron mensaje. Dicen que la Montenegro le mostró fotos suyas con otras chicas. Que la trató de recogida. Que la dejó llorando en la vereda.

Tiré la llave inglesa. Pegó contra la pared y dejó una marca.

—¿Dónde está?

—Sigue en la vereda.

Dijo Héctor.

—Don Jerardo la dejó sola. Los de seguridad la perdieron cuando salió corriendo.

No escuché más. Me limpié las manos con un trapo, agarré la llave de la camioneta y salí.

---

La vi antes de que ella me viera. Sentada en el cordón, con jeans, con una remera blanca, con el pelo castaño tapándole la cara. Sin bolsas. Sin seguridad. Sin nada. Llorando. No con ruido. Con esos llantos que no hacen sonido pero te rompen igual.

Frené al lado. Bajé la ventanilla.

—Subí —le dije.

Levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos, hinchados. De llorar en serio, no de capricho. No me preguntó qué hacía yo ahí. No me preguntó cómo sabía. Solo se paró, se limpió la cara con la manga y subió.

—NAHUEL... ¿QUÉ SIGNIFICA ESTO?

La voz chillona de Silvina, la vi con sus amigas que la escoltan y son sus burros de carga al llevar tantas bolsas de compra.

Camino presurosa hacia la camioneta, con la mirada inyectada de sangre al ver a Elena a mi lado sentada.

—No te debo explicaciones.

Le dije frío poniéndome en marcha la camioneta.

Silvina se apresuró colocándose enfrente para evitar que me marche.

—No te dejaré ir... Vamos a casarnos... No puedes andar con esa mosquita muerta.

—En primer lugar, no me caso contigo ... En segundo lugar, no permito que la llames así... Sal del camino.

—No me muevo. Que esa se baje. No lo permito.

La miré fijo y me puse en movimiento, Silvina se corrió pateando el suelo y gritando de frustración

—¡ESTO NO SE QUEDA ASÍ, YA VERAS DE LO QUE SOY CAPAZ!

No le respondi a Silvina, solo me límite a conducir. Elena sentada a mi lado no dijo nada por lo sucedido. Yo tampoco.

Manejé sin rumbo. Salí de la ciudad, agarré la ruta vieja, la que va para el río. La que no tiene cámaras. La que mi abuelo no puede rastrear.

A los diez minutos, Elena habló.

—¿Es verdad que estuviste con muchas chicas? —preguntó, mirando por la ventana. No a mí.

Se me cerró el estómago. Silvina. Hija de puta.

—Sí —dije. Porque no le iba a mentir. No a ella—. Estuve.

No lloró. No gritó. Solo asintió. Una vez. Como si se lo confirmara a ella misma.

—¿Me llevás a casa? —pidió después, y la voz le salió chiquita.

—No —frené en la banquina. De golpe. Apagué el motor—. No hasta que me mires.

Giró la cabeza. Lento. Tenía 20 años y parecía de 15. Asustada. Rota. No por mí. Por algo más que no me decía.

—Estuve con muchas —repetí, y le sostuve la mirada—. Antes de vos. Antes de saber que existías. Porque tenía 22 años y porque mi abuelo me presentaba una por semana para ver si alguna me “centraba”. Porque estaba al pedo. Porque estaba vacío.

Se mordió el labio. El de abajo. El que siempre se muerde cuando está nerviosa.

—¿Y ahora? —susurró.

—Ahora no —le agarré la mano. La tenía helada—. Ahora estoy con vos. O intento estar. Porque vos no me hablás, Elena. No me mirás. Hace un mes que te veo en la clinica de Daniel, que te llevo helado, que te cuento boludeces de la estancia, y vos me contestás con monosílabos. Como si yo fuera uno más. Como si fuera Germán.

Retiró la mano. No de mala. De triste.

—No sos uno más —dijo—. Vos sos... vos sos lo único que me hace sentir que no estoy muerta.

Me dejó de piedra. Porque eso no me lo esperaba.

—¿Entonces por qué llorabas? —pregunté—. ¿Qué te dijo Silvina?

Negó con la cabeza. Rápido.

—Nada que no sea verdad —contestó—. Que soy una recogida. Que no tengo pasado. Que vos te vas a aburrir.

Me reí. Sin gracia.

—Silvina es una víbora —le dije—. Y si te mostró fotos, te mostró la mitad. Sí, estuve con esas chicas. Y con otras diez más. ¿Sabés qué tienen en común todas? Que no me acuerdo del nombre de ninguna. Que no me acuerdo qué música les gustaba. Que no me acuerdo si tenían frío o calor. Porque no me importaban, Elena.

Se le llenaron los ojos de agua otra vez. Pero no cayó ninguna lágrima.

—¿Y yo? —preguntó—. ¿Te vas a acordar de mí?

Me acerqué. Le levanté la cara. Le sequé una lágrima que no había caído, pero que estaba ahí.

—Yo me acuerdo que te gusta el helado de limón —le dije—. Me acuerdo que te ponés nerviosa y te mordés el labio de abajo. Me acuerdo que la primera vez que te reíste, fue porque me caí de la moto en la clínica de Daniel. Me acuerdo que no te gusta que te digan “señorita”. Me acuerdo que cuando dormís, fruncís la nariz.

Se le escapó una risa. Rota. Chiquita. Pero risa al fin.

—Eso no es nada —susurró.

—Es todo —le contesté—. Porque con vos me acuerdo. Con vos quiero acordarme. Y si Silvina te dijo que sos una novedad, se equivoca. Vos sos la primera vez que no quiero que se termine.

Se quedó callada. Mirando mis manos arriba del volante. Llenas de grasa, de callos, de cicatrices de boludo que desarma motos para no pensar.

—¿Me llevás a dar una vuelta? —pidió al final—. No a casa. Una vuelta nomás. Donde no haya gente. Donde no sea Elena Duarte.

Arranqué. Sin preguntar. Porque si ella quería no ser Elena Duarte por un rato, yo iba a ser Nahuel a secas. Sin Ibarra. Sin estancia. Sin Silvina.

---

Río Paraguay. 6:12 de la tarde.

Nos sentamos en el capot de la camioneta. El sol se caía naranja, y el río traía olor a humedad y a bicho. Le compré un jugo de naranja en la estación de servicio. Lo tomaba de a sorbitos, con las piernas colgando, sin decir nada.

Yo no hablaba. Porque sentía que si hablaba, la iba a romper. Había algo más. Algo que no me decía. Algo que Silvina no le pudo haber dicho en el shopping. Algo que tenía que ver con cómo me miró cuando le pregunté por qué lloraba.

—Nahuel —dijo de repente, sin mirarme.

—Decime.

—Si un día te enterás de que te mentí —habló despacio, eligiendo las palabras—, de que no te dije algo importante… ¿me odiarías?

Se me heló la sangre. Porque sonó a confesión. A secreto.

—No —le dije, y le agarré la mano—. Te preguntaría por qué. Te escucharía. Y después veríamos. Pero odiarte no. No podría.

Asintió. Tomó otro sorbo de jugo. Miró el río.

—Gracias —dijo.

No dijo más. Y yo no pregunté. Porque 22 años y algo aprendí: cuando alguien no quiere hablar, no se la obliga. Se la espera.

Volvimos a la mansión a las ocho. La dejé en la puerta. No bajé. No me dejó.

—Gracias por la vuelta —dijo, con la mano en la puerta.

—Gracias por no ser Elena Duarte por dos horas —le contesté.

Sonrió. Triste. Subió corriendo, sin mirar atrás.

Me quedé ahí, con el motor prendido, mirando la casa de tres pisos que para ella era una jaula de oro. Y para mí, un lugar al que no podía entrar.

Héctor me escribió cuando llegué a la estancia.

“Don Octavio se enteró de que la fue a ver. Está furioso. Dice que si la vuelve a ver, le saca la camioneta y lo manda a Suiza.”

Apagué el teléfono. Lo tiré en el asiento de atrás.

Suiza. Ja. Que me mande a la luna si quiere.

Yo no me iba a aburrir de Elena. No era una novedad. No era un polvo.

Era la primera vez que no quería que se terminara.

Aunque ella tuviera un secreto. Aunque no me lo contara.

Aunque fuera una sustituta, como le gritó Silvina.

Para mí no.

Para mí era Elena. A secas. Y me alcanzaba.

1
Cynthia Estefanía Galarza
que Elena se acuerde de quien las choco y iba manejando era octavio y no Nahuel. porfa 🙏🥺🙏🥺🙏🥺🙏🥺
Maya
Tantp que mencionan la edad
Maya
Ese chico es un cobarde y pendejo
Cynthia Estefanía Galarza
espero que en la casa a Elena le den algo de lo que es alergica y sepa que es su hija, y que Nahuel y Elena se casen en secreto. porfa 🙏🥺🙏🥺🙏🥺🙏🥺
Claudia Patricia Cruz Saa
No entiendo sí no es su hija entonces quien es
Maria Carmen Rodriguez Mensia
!!! OHHHHH ,QUE BUENA HISTORIA ...GRACIAS ESCRITORA ...🌹
Maria Carmen Rodriguez Mensia
.!!De impacto!! buena buenísima!!...
Maria Carmen Rodriguez Mensia
!! Me encanta ,buenísima ,no la dejaré de leer hasta terminarla ...🌹👏👏
Cynthia Estefanía Galarza
que Elena recuerde quien es. porfa 🙏🥺🙏🥺🙏🥺🙏🥺
Cynthia Estefanía Galarza
que le pida ayuda al doctor Daniel y a Nahuel que le diga que ellos no son su familia y la ayude a escapar. 🙏🥺🙏🥺🙏🥺🙏🥺
Fran Sánchez
Cómo ese tipo ,dio con ellos tan pronto 😅
Maya
Tenían que poner imágenes de su nuevo look
Cynthia Estefanía Galarza
que Elena le pida a Nahuel que la acompañe. porfa 🙏🥺🙏🥺🙏🥺🙏🥺
mariela
El viejo como que es un hueso duro de roer y cree que todo se tiene que hacer a su voluntad pero esta vez como que se va a equivocar porque Nahuel y "Elena" no se lo permitirán quiero leer ese enfrentamiento.
mariela
Son bellos los protagonistas quien es realmente ella para secuestrarla tenerla encerrada, drogada y borracha del sistema de desaparecidos porque quien ese hombre que lo hizo y quien le pago 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓❓
mariela
Que paso realmente con Elena quien era el degenerado que la tenia encerrada 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
🤔🤔🤔❓❓❓❓
Elizabeth Sánchez Herrera
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