Si alguien me hubiera dicho que la persona que más iba a marcar mi vida comenzaría siendo solo un amigo, jamás lo habría creído.
NovelToon tiene autorización de Yuri.T para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cuando el orgullo se interpone.
La semana seguía avanzando.
Y yo cada día me sentía más cómoda en la casa de Keiler.
Todo parecía estar saliendo bien.
Hasta que llegó mi período.
Aquella noche apenas habíamos llegado.
Cenamos algo rápido.
Estábamos cansados por el viaje.
Y lo único que queríamos era acostarnos a descansar.
Fue entonces cuando me di cuenta.
—Ay no... —murmuré.
Keiler volteó a mirarme.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Me llegó el período —respondí.
Él soltó una pequeña risa.
—Bueno, eso tiene solución —dijo.
—Sí, pero mañana me tocará comprar toallas —comenté.
—No te preocupes —respondió.
Y aunque no le di mucha importancia en ese momento, al día siguiente recordé sus palabras.
Como todas las mañanas, se levantó temprano para ir al trabajo.
Antes de salir se acercó a despedirse.
—Me voy, mi amor —dijo él.
—Que te vaya bien —le respondí.
—Te amo —añadió.
—Yo también te amo —contesté.
Le di la bendición y él salió de la casa.
Horas después le escribí.
—Amor.
—Dime —respondió él.
—¿Me haces un favor?
—Claro.
—¿Me compras unas toallas higiénicas cuando salgas del trabajo?
Pasaron unos segundos.
—Sí, pero me da pena —contestó.
No pude evitar reírme.
—¿Pena de qué? —pregunté.
—Nunca he comprado esas cosas —admitió.
—¿En serio?
—Sí.
—Pues algún día tenía que ser la primera vez —le dije.
—Qué vergüenza —respondió.
—Exagerado —contesté entre risas.
Al final aceptó.
Antes de despedirse me preguntó:
—¿Quieres que te lleve algo más?
—No, nada —respondí.
—¿Segura? —insistió.
—Sí.
Cuando llegó esa tarde me entregó la bolsa.
—Toma —dijo.
Miré dentro.
Ahí estaban las toallas.
Pero también había una barra gigante de chocolate.
Lo miré sorprendida.
—¿Y esto? —pregunté.
—Dicen que cuando están en esos días les gusta el chocolate —respondió.
No pude evitar sonreír.
—Gracias.
—De nada, mi reina —contestó.
Y por un momento pensé que todo estaba perfecto.
Pero estaba equivocada.
A la mañana siguiente algo había cambiado.
Lo noté desde que desperté.
Estaba extraño.
Callado.
Distante.
Respondía con pocas palabras.
Y evitaba mirarme.
—¿Te pasa algo? —pregunté.
—No —respondió.
Pero sí le pasaba algo.
Yo lo conocía lo suficiente para saberlo.
Intenté preguntarle varias veces.
Hasta que finalmente habló.
—Vi unas conversaciones en tu teléfono —dijo.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Qué conversaciones? —pregunté.
—Las de ese muchacho —respondió.
Entonces entendí.
Era un amigo.
Nada más.
Pero en algunos mensajes me hablaba de manera cariñosa.
"Mi amor."
"Mi mami."
Palabras que para mí no tenían ningún significado romántico.
Pero para Keiler sí.
—No es lo que estás pensando —le expliqué.
—Ajá —respondió con frialdad.
—Es solamente un amigo.
—Igual no me gustó —contestó.
Intenté explicarle.
Le aclaré todo.
Respondí cada pregunta.
Pero el enojo seguía ahí.
Durante los días siguientes mantuvo cierta distancia.
Ya no buscaba mi mano.
Ya no me abrazaba igual.
Y aunque seguíamos durmiendo en la misma cama, parecía que una pared invisible se hubiera levantado entre nosotros.
Aquello me dolía más de lo que quería admitir.
La tercera noche fue la más difícil.
Los cólicos comenzaron a ponerse fuertes.
Intentaba dormir.
Me movía de un lado para otro.
Pero el dolor no me dejaba.
Al principio traté de aguantar.
No quería molestarlo.
Sin embargo, él terminó dándose cuenta.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
—Nada —respondí.
—No te creo —dijo.
Guardé silencio.
Entonces tomé su mano.
Y la llevé hasta donde me dolía.
Por unos segundos no dijo nada.
Simplemente dejó su mano allí.
Y comenzó a sobarme suavemente.
—¿Te duele mucho? —preguntó.
—Sí —respondí.
—¿Por qué no me dijiste? —insistió.
Me encogí de hombros.
Él siguió acariciándome.
Luego me abrazó.
Y por primera vez en varios días volvió a acercarme a su pecho.
—¿Ya te sientes mejor? —preguntó.
—Un poquito —respondí.
—Intenta descansar —me dijo.
—Lo intentaré.
Aquella noche hablamos poco.
Pero ya no había distancia entre nosotros.
Su brazo rodeaba mi cintura.
Y sus caricias eran las mismas de siempre.
Poco a poco el enojo fue desapareciendo.
Y los siguientes días volvieron a sentirse tranquilos.
Como si aquel problema hubiera quedado atrás.
Sin embargo, todavía quedaban cosas que ninguno de los dos sabía.
Y muy pronto sería yo quien encontraría algo que cambiaría el rumbo de aquella tranquilidad.