Darly Mosquera es una mujer colombiana de 32 años que aprendió desde muy joven que la vida rara vez regala caminos fáciles.
Estudió cosmetología y estética, y gracias a años de esfuerzo, sacrificio y largas jornadas de trabajo logró construir el sueño que parecía imposible: abrir su propio spa en su ciudad natal. Sin embargo, el éxito profesional nunca logró llenar por completo los vacíos que llevaba en el corazón.
Mientras lucha cada día por cuidar a su madre, quien padece una enfermedad congénita que se ha agravado con el paso de los años, Darly intenta mantenerse fuerte y seguir adelante. Soñadora, noble y creyente del amor a la antigua, siempre imaginó una historia de amor sincera, de esas que duran para toda la vida.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de una dolorosa separación ocurrida hace apenas cuatro meses, decidió cerrar las puertas de su corazón. Cansada de las decepciones, prometió no volver a enamorarse y dedicarse únicamente a disfrutar la vida sin compromisos
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Capítulo 5: Lo que no debía importar
Darly dejó de hablar con Mía y se acomodó en la cama. El día había sido largo y necesitaba descansar. Antes de apagar la luz, tomó su celular y se hizo una fotografía con su pijama favorita. Sonrió al ver el resultado y la publicó en su estado de WhatsApp.

Después de unos minutos, sin saber muy bien por qué, le dio curiosidad buscar a Santiago Amaya en Google.
Al escribir su nombre, aparecieron decenas de resultados.
—Músico de música popular... —murmuró mientras leía.
Encontró información sobre su carrera, la ciudad donde había nacido, la edad que tenía y hasta detalles de su familia. Descubrió que era cuatro años menor que ella.
Lo que realmente llamó su atención fue otra cosa.
Santiago estaba comprometido.
Darly frunció el ceño.
Abrió otro enlace y apareció una fotografía de la mujer.
Era muy bonita.
Joven, elegante y con una sonrisa encantadora.

Siguió investigando un poco más y encontró sus redes sociales. Allí descubrió que llevaban dos años comprometidos y que incluso vivían juntos.
—Qué mentiroso... —susurró.
No porque le debiera explicaciones, sino porque había omitido demasiados detalles.
Dejó el celular sobre la mesa de noche.
—¿Qué esperaba? Es músico...
Intentó convencerse de que aquello no le importaba.
Sin embargo, esa pequeña sensación de decepción seguía allí.
Cerró los ojos y finalmente se quedó dormida.
Mientras tanto, Santiago terminaba su presentación.
La noche había sido un éxito y el público no había dejado de cantar cada una de sus canciones.
Cuando bajó del escenario ya eran casi las dos de la mañana.
Agotado, caminó hacia el camerino y tomó su celular.
Lo primero que hizo fue revisar los estados de WhatsApp.
Y entonces la vio.
Darly.
Con una pequeña pijama y una sonrisa que lo dejó completamente distraído.
Sintió cómo se le escapaba una sonrisa.
Le reaccionó con un corazón y luego respondió con un emoji de ojos enamorados.
—Dios mío... qué mujer tan hermosa.
No era la primera vez que pensaba en ella.
Desde aquella noche no había logrado sacarla de su cabeza.
Durante los días libres incluso había buscado información sobre el spa donde trabajaba.
Las reseñas eran excelentes.
Muchos clientes hablaban maravillas de su profesionalismo y amabilidad.
También había encontrado fotografías de ella con el uniforme del trabajo.
Y cada imagen parecía confirmar lo que él ya pensaba.
Era hermosa.
Después encontró su Instagram.
Le dio seguir inmediatamente.
Aunque se sorprendió al descubrir que ella ya lo seguía desde hacía tiempo.
Había revisado varias fotografías.
También algunos videos de TikTok.
Le gustaba verla cantar canciones de música popular y grabar pequeños bailes.
Había algo en ella que lo atraía de una manera difícil de explicar.
Y mientras más intentaba olvidarla, más pensaba en ella.
A la mañana siguiente, Darly recibió finalmente la motocicleta que tanto había soñado.
La observó durante varios minutos antes de tomarle una fotografía.

Con emoción publicó la imagen en sus estados acompañada de una frase sencilla:
"Un sueño cumplido. Gracias, Dios."
Después se puso el casco y se dirigió al trabajo.
Ese día tenía demasiados pacientes y apenas tuvo tiempo de revisar el celular.
Horas más tarde, Santiago vio la fotografía.
Sonrió de inmediato.
—Así que lo logró...
Sin pensarlo dos veces le escribió.
"Felicitaciones, reina hermosa. Disfruta mucho tu moto."
Esperó una respuesta.
Pero nunca llegó.
Seguramente estaba ocupada.
Al mediodía, durante una pausa para almorzar, Darly revisó sus redes sociales.
Entre las notificaciones encontró varios comentarios.
Uno de ellos era de Sebastián.
En la fotografía donde aparecía con uniforme había escrito:

"Qué cosmetóloga tan bella, así como me la recomendaron."
Darly soltó una pequeña risa.
Sabía perfectamente cómo era Sebastián.
Luego leyó el comentario sobre la motocicleta.
Le agradeció con un simple:
"Gracias, nene."
Y volvió a trabajar.
La tarde transcurrió rápidamente.
Cuando terminó su jornada publicó algunas fotografías mostrando parte del trabajo realizado durante el día.
Como última imagen compartió una selfie.
Sonreía cansada, pero feliz.
Santiago volvió a revisar los estados unas horas después.
Vio las fotografías del trabajo.
Luego la selfie.
Y sintió exactamente lo mismo que había sentido la primera vez que la vio.
Esa mujer tenía algo especial.
Sin pensarlo demasiado, presionó el botón de llamar.
Darly ya iba saliendo del trabajo cuando el celular comenzó a sonar.
Al ver el nombre en la pantalla dudó unos segundos.
Finalmente contestó.
—¿Hola?
—Hola, preciosa. ¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú?
—Bien también. ¿Qué haces?
—Voy saliendo del trabajo.
—¿Sí? ¿Y cómo te fue?
—Muy bien. ¿Y tú qué haces?
—Descansando un rato. Hoy vuelvo a cantar más tarde.
Hubo un pequeño silencio.
—Y la verdad... te estaba pensando y dije: voy a llamarla.
Darly sonrió sin que él pudiera verla.
—¿Ah sí? ¿Y eso?
—Porque no he dejado de pensar en ti desde que te conocí.
Ella soltó una pequeña carcajada.
—Niño, tú sí tienes parla.
—No es parla. Es verdad.
Darly respiró profundamente antes de responder.
—¿Y a tu novia? Mejor dicho... a tu prometida también le dices lo mismo.
Al otro lado de la línea, Santiago se quedó en silencio por unos segundos.
Sabía perfectamente de dónde venía aquella pregunta.
—Reina, yo no te mentí.
—Claro que sí. Me dijiste que tenías novia, pero nunca mencionaste que estabas comprometido y viviendo con ella.
—Porque cuando me preguntaste respondí lo que preguntaste.
—Ajá...
—Y también te dije que las cosas no estaban bien.
—Eso solamente lo saben ustedes dos.
Su tono seguía siendo tranquilo.
—Lo único que te digo es que no quiero problemas con nadie.
—No los tendrás.
—Eso espero.
Santiago suspiró.
—De verdad me quedé con ganas de verte más tiempo aquel día.
—Ya te expliqué por qué me fui.
—Lo sé.
—Bueno, nene, voy para el gimnasio.
—¿Ahora?
—Sí. Aprovechando que salí temprano.
—Entonces te dejo entrenar.
Darly sonrió.
—Gracias.
—Que tengas una linda noche.
—Igualmente.
—Y te mando un beso.
Ella soltó una pequeña risa.
—Gracias.
—¿Y dónde lo recibiste?
—¿Cómo así?
—Sí. Quiero imaginarlo.
Darly negó con la cabeza mientras caminaba hacia el gimnasio.
—En la mejilla.
—No... un poquito más allá.
—Bueno...
Se quedó pensando unos segundos.
—Entonces en media luna.
Santiago rió.
—Yo lo imaginé en tus labios.
—Eso es problema tuyo.
—Y tú muy modesta.
Ambos rieron.
Por primera vez en toda la llamada la conversación volvió a sentirse ligera.
—Bueno, ve a entrenar.
—Dale. Cuídate.
—Tú también, hermosa.
La llamada terminó.
Y aunque ninguno quiso admitirlo, ambos se quedaron sonriendo después de colgar.
Dos horas más tarde, Darly terminó su rutina.
Se tomó una fotografía frente al espejo del gimnasio y la publicó en sus redes sociales.

Estaba cansada, pero satisfecha.
Había sido un buen día.
Cuando finalmente llegó a casa, estacionó la motocicleta y entró.
La vivienda estaba extrañamente silenciosa.
Miró alrededor.
Mía todavía no había llegado.
Darly dejó las llaves sobre la mesa y caminó hasta su habitación.
Mientras se cambiaba de ropa, una notificación iluminó la pantalla de su celular.
Era una reacción de Santiago a la fotografía del gimnasio.
Darly sonrió sin querer.
Luego negó con la cabeza.
—No, señor...
Intentó ignorarlo.
Pero por alguna razón, cada vez que él aparecía, le resultaba más difícil hacerlo.
Y eso era precisamente lo que más le preocupaba.