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Bajo Las Luces Del Hielo

Bajo Las Luces Del Hielo

Status: En proceso
Genre:Romance / Hijo/a genio / Traiciones y engaños
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Juliana Torra

Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.

NovelToon tiene autorización de Juliana Torra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Sara

El crujido de la nieve bajo mis botas era el único sonido que me acompañaba mientras cruzaba el campus hacia el edificio de Química Orgánica.

Eran las ocho de la mañana y el frío de Minneapolis calaba hasta los huesos, pero mi verdadera molestia no era el clima.

Era la extraña sensación de vacío en el pecho.

Llevaba dos semanas sumergida en una rutina perfecta con Jhon: dos horas diarias en la biblioteca donde su cerebro demostraba ser una esponja para el cálculo y sus ojos grises se fijaban en mí con una intensidad que me costaba ignorar.

Entré al laboratorio, aspirando el olor a antiséptico y azufre. Me coloqué la bata blanca y me senté en la mesa del fondo, dispuesta a perderme en las estructuras de los hidrocarburos. El profesor Henderson aún no llegaba, y el murmullo de los estudiantes llenaba el aula.

De repente, la puerta doble se abrió de par en par. Dos figuras masivas bloquearon la entrada. Thomas y Carter. Su sola presencia alteró el Ph de mi sangre.

No pertenecían a esta clase; ellos estudiaban Gestión Deportiva, un edificio a dos kilómetros de aquí. Sentí cómo el pánico, esa vieja sombra de Boston, se activaba en mi sistema.

Mis manos comenzaron a temblar bajo la mesa mientras veía cómo caminaban directamente hacia mi fila, aprovechando que el aula estaba a media capacidad.

—Vaya, miren a quién nos encontramos en su hábitat natural —siseó Carter, deteniéndose justo frente a mi mesa de laboratorio. Su enorme cuerpo tapó la luz de la lámpara—. La rata de biblioteca en su laboratorio.

—¿Qué hacen aquí? —mi voz sonó más aguda de lo que pretendía, pero me obligué a sostenerle la mirada—. Jhon les advirtió que...

—Jhon está en un entrenamiento cerrado con el cuerpo técnico de la NHL en la pista sur, Miller —lo interrumpió Thomas, apoyando sus manos sobre mi mesa, inclinándose hacia mí—. No puede oírte. No puede protegerte aquí. ¿De verdad creíste que el capitán se preocupa por ti? Solo te está usando para no perder su beca deportiva. En cuanto pase el examen del viernes, te desechará como a un disco roto.

—Y entonces, volveremos a ajustar las cuentas pendientes de Boston —añadió Carter, con una sonrisa maliciosa que me revolvió el estómago.

El terror me paralizó un segundo. El recuerdo del vestuario oscuro en Boston amenazó con nublar mi vista, pero antes de que pudiera responder o salir corriendo, la puerta trasera del laboratorio, la que conectaba con los cubículos de los asistentes, se abrió con un golpe seco.

—Miller, te dejaste el termo de café en mi camioneta esta mañana.

La voz de Jhon resonó en el laboratorio, rompiendo la tensión como un mazo. Entró al aula arrastrando los pies con esa confianza innata que poseía, llevando en la mano mi termo metálico azul. No llevaba su sudadera de hockey, sino una chaqueta negra de cuero que lo hacía ver aún más imponente. Sus ojos grises escanearon la escena al instante.

Se detuvo en seco al ver a Thomas y Carter acorralando mi mesa.

El ambiente se congeló. Pude ver el momento exacto en que la expresión relajada de Jhon se transformó en una máscara de pura violencia contenida.

—¿Qué mierda están haciendo en el edificio de Química? —preguntó Jhon. Su voz no fue un grito, fue un rugido bajo, peligroso, el tipo de tono que hace que los animales salvajes retrocedan.

Thomas y Carter se tensaron, dando un paso atrás instintivamente.

—Solo... estábamos buscando el aula de anatomía aplicable, King —tartamudeó Thomas, intentando recuperar la compostura—. Nos equivocamos de piso.

—El aula de anatomía está en el edificio biomédico, al otro lado del maldito campus, Thomas —Jhon caminó hacia nosotros. Cada paso suyo parecía hacer vibrar el suelo. Se colocó justo entre ellos y mi mesa, cubriéndome por completo con su espalda—. Les di una sola orden en el vestuario. Una sola. Si vuelvo a ver sus malditas caras en un radio de diez metros de Sara, no van a llegar a la banca. Van a llegar al hospital. Lárguense de mi vista antes de que olvide que estamos en un edificio académico.

Carter quiso replicar, pero Thomas lo tomó del brazo, pálido. Sabían que Jhon no estaba jugando.

Había algo en la mirada de su capitán que iba mucho más allá de proteger a una tutora; era una furia posesiva, un fuego oscuro que prometía destruirlos si daban un paso más.

Ambos dieron la vuelta y salieron del laboratorio casi corriendo.

Jhon soltó un suspiro pesado y se giró hacia mí. El fuego de sus ojos se apagó un poco al mirarme, reemplazado por una preocupación tan genuina que me descolocó.

—¿Te tocaron, Sara? ¿Estás bien? —preguntó, dando un paso hacia mí, pero deteniéndose justo antes de invadir mi espacio, respetando mi distancia como siempre hacía.

—No... no me tocaron. Llegaste a tiempo —mi voz temblaba levemente. Lo miré, confundida—. Dijeron que estabas en un entrenamiento cerrado con la NHL. ¿Cómo sabías que estaba aquí?

Jhon desvió la mirada un segundo, rascándose la nuca, un gesto inusual en él que delataba nerviosismo.

—Me salté los últimos quince minutos del análisis de video. Tenía el presentimiento de que esos idiotas intentarían algo estúpido mientras yo estuviera ocupado —dejó mi termo sobre la mesa—. Además, me sé tu horario de clases, Sara. Sé que los lunes tienes Química Orgánica a esta hora.

Mi corazón dio un vuelco extraño. ¿Se sabía mi horario? ¿Se había saltado una reunión con cazatalentos de la NHL por venir a buscarme? La idea de que Jhon me había escogido no solo por sus calificaciones, sino por algo más profundo, comenzó a flotar en mi mente como una ecuación sin resolver. Pero él no dijo nada más. Se limitó a darme una última mirada intensa, de esas que me hacían perder el hilo de mis pensamientos.

—Tengo que volver antes de que el entrenador note mi ausencia —dijo, dándose la vuelta—. No salgas sola del edificio. Te veo a las cuatro en la biblioteca, genio.

Jhon

Me subí a la camioneta con las manos apretadas alrededor del volante, respirando con dificultad.

Mis nudillos estaban blancos.

Había estado a un segundo de moler a golpes a Carter en ese laboratorio.

La imagen de esos dos idiotas inclinados sobre la mesa de Sara, acorrolándola mientras ella intentaba con todas sus fuerzas no mostrar el pánico en sus ojos, me había encendido la sangre de una forma que nunca antes había experimentado.

No era solo por el equipo.

No era por mi promedio de cálculo.

A la mierda el parcial del viernes.

Cuando vi a Sara por primera vez hace semanas, borrando con rabia e intelecto el tablero del pasillo central, algo dentro de mí se rompió y se volvió a armar de forma diferente.

Ella no me miraba como las demás chicas del campus; no le importaba mi maldito número de jersey ni los goles que metía.

Me miraba a los ojos, veía mis defectos y me obligaba a ser mejor.

La había elegido a ella para la tutoría porque necesitaba una excusa legítima para estar cerca de ella, para protegerla de la basura de mi propio vestuario, para ganarme el derecho de verla sonreír cuando lograba resolver una integral triple.

Pero ella no podía saberlo.

No todavía.

Sara estaba rota por lo que pasó en Boston; asociaba mi uniforme con el peligro y el abuso.

Si le confesaba lo que sentía, si le decía que pasaba las noches repasando teoremas matemáticos solo para no quedar como un idiota frente a ella al día siguiente, se asustaría. Pensaría que es otra forma de acoso.

Tenía que ser su escudo en las sombras, su estudiante mediocre pero disciplinado.

Llegué al vestuario de la pista sur justo cuando los entrenadores salían. Me cambié de prisa para el partido de la noche contra Wisconsin. El vestuario estaba tenso. Thomas y Carter estaban sentados en la esquina opuesta, sin atreverse a mirarme. El resto del equipo guardaba silencio, presintiendo la tormenta.

—¡Escuchen todos! —grité, parándome en el centro del vestuario mientras me ajustaba las hombreras—. El partido de hoy es crucial. Wisconsin viene fuerte, pero esta es nuestra pista. Quiero concentración absoluta. En el hielo somos una unidad, pero fuera de él, cada quien responde por sus actos. Si alguien arrastra el nombre de este equipo al fango con conductas de simio fuera de la pista, yo mismo me encargaré de que su carrera termine hoy. ¿Entendido?

—¡Entendido, capitán! —respondieron los novatos al unísono.

Thomas solo apretó los dientes, limpiando la navaja de su patín con brusquedad.

Salimos al túnel. El rugido de la multitud en la arena era ensordecedor. Las luces brillaban sobre el hielo perfecto. Usualmente, en este momento, mi mente solo visualizaba el disco, las trayectorias de los defensas contrarios y la red. Pero mientras patinaba hacia el centro de la pista para el saque inicial, mis ojos buscaron instintivamente la tercera fila de las gradas académicas. Ella no estaba ahí; me había dicho que tenía que adelantar un proyecto de geometría avanzada.

"Calcula el volumen cambiante, Jhon", recordé sus palabras en la biblioteca, su voz suave dictándome los límites de la integración tridimensional.

El árbitro dejó caer el disco.

El partido comenzó.

En el primer periodo, un delantero de Wisconsin intentó un pase oblicuo cruzando la línea azul.

En mi mente, la jugada ya no era solo hockey; era un vector cortando un plano inclinado. Visualicé la intersección exacta, ajusté mi ángulo de aceleración basado en la velocidad del rival y me deslicé con una precisión milimétrica, robando el disco limpiamente antes de que pudieran armar el tiro.

—¡Gran lectura de juego, King! —me gritó el entrenador desde la banca.

Sonreí para mis adentros mientras conducía el contraataque. La nerd me estaba enseñando a ver el hielo en tres dimensiones.

Al final del segundo periodo, metí el primer gol del encuentro con un tiro elevado que entró justo en el ángulo muerto del portero.

La arena estalló en gritos, mis compañeros saltaron sobre mí para celebrar, pero en medio de la adrenalina y los golpes en el casco, solo podía pensar en una cosa: quería que el viernes llegara ya, no por el partido de campeonato, sino para mostrarle mi boleta de calificaciones aprobada y ver la luz de orgullo en sus ojos detrás de esas gafas de marco negro.

1
Maria Muñoz
va muy bien
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