Masha Dusnet era una joven trabajadora de una familia de gran estatus, donde siempre recibió un buen trato y respeto. Todo transcurría en calma hasta que una enfermedad grave afectó profundamente a su madre; se necesitaba una suma enorme de dinero para salvarla, pero nadie quiso ayudarla. Fue entonces cuando descubrió la verdadera cara de quienes una vez admiró y en quienes confiaba plenamente: sus propios jefes le dieron la espalda, abandonándola precisamente en el momento más difícil de su vida. Sentía que se quedaba completamente sola, sin apoyo ni consuelo, cuando más lo necesitaba. Desesperada y sin ninguna otra salida, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada por el bien de su madre: tuvo que dejar atrás sus raíces, su hogar y todo lo que conocía, para adentrarse en un mundo hostil que la trataría como una esclava, quien quedara luchando por sobrevivir
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8 El enfrentamiento (2/2)
Sasha regresaba a casa en taxi tras haber logrado escapar por la ventana. Intentaba sobrellevar la tristeza de su mala decisión conteniendo las lágrimas; la culpa la atormentaba con un remordimiento tan profundo que apenas lograba comprender lo que había hecho.
Él era el esposo de su jefa, y aquel acto de debilidad la avergonzaba una y otra vez. Una imagen cruzó por su mente, no como un recuerdo fugaz de placer, sino solo como una oleada de odio y decepción hacia sí misma y hacia Ronald: alguien a quien una vez había admirado, pero a quien ahora no quería volver a ver jamás.
Cuando su teléfono sonó, se sobresaltó y contestó con voz temblorosa:
—Hola.
Tras oír lo que le decían al otro lado de la línea, se quedó inmóvil un instante, con los ojos muy abiertos por la sorpresa y el peso de lo que estaba escuchando.
Allá, en la mansión, el fuego consumía cinco paraguas nuevos en una escena devastadora, provocada deliberadamente. Miguel y Ronald luchaban por apagarlo, ayudados por un extintor y una manguera, mientras el humo nublaba el ambiente y la tensión se podía cortar con un cuchillo. Doris corría con un balde de agua para dárselo a Noha, que también intentaba controlar las llamas con desesperación.
En medio del caos, Inez permanecía de pie, con los brazos cruzados y la postura rígida. No había rastro de angustia ni lástima en su rostro al ver arder lo que antes eran sus pertenencias; al contrario, observaba todo con una calma fría y calculadora, como si aquella destrucción fuera exactamente lo que había planeado.
De pronto, el timbre eléctrico resonó por todo el interior de la casa. Elisa, la joven empleada que limpiaba en el gimnasio, acudió a la puertA y respondió con educación:
—Hola, estáis en la Mansión de la familia Danesa. ¿En qué podemos ayudaros? Si se trata de una entrega, un guardia os atenderá en unos momentos.
—Soy el psiquiatra Lenny Bonbengo. La señora Inez me avisó de que era urgente que viniera —se presentó el visitante.
Elisa estaba a punto de responder cuando escuchó la voz firme y autoritaria de su jefa resonar detrás de ella:
—Es Lenny. Ve a abrirle, Elisa; yo misma le avisé de que quería verlo —dijo Inez, sin moverse de su sitio, manteniendo los brazos cruzados y esbozando una sonrisa tensa, cargada de malicia y control.
—Por supuesto, señora Inez —asintió la joven, obediente, y se dirigió a la entrada para dejarlo pasar.
Mientras tanto, Inez se acercó despacio hasta la ventana, apartó un poco la cortina con desdén y volvió a mirar hacia el exterior, donde el fuego de las sombrillas ya estaba apagandose.
Al verla aparecer, Miguel descarga toda su furia contra ella, acusándola de ser la única responsable de lo ocurrido.
—¡Fuiste tú! ¡Te voy a matar! Casi provocas un incendio. Si quieres morir, Inez, hazlo por ti misma, no a costa de nosotros —le grita mientras la estrangula con violencia, hasta que Ronald interviene rápidamente para detenerlo.
Noha también intenta que su padre se detenga; lo sujeta del brazo e intenta apartarlo de ella.
—¡Papá, basta! Si la matas, irás a la cárcel. La tía no hizo esto, te lo aseguro, estás equivocado —grita Noha, nerviosa, defendiéndola con todas sus fuerzas.
—Hermano, suéltala. No debes ser violento con ninguna mujer. ¿Qué te enseñó mamá? Ya cálmate —le dice Ronald, logrando separarlo aunque le cuesta esfuerzo, pues sabe que no puede permitir que le haga daño.
—Mamá tenía valores y amor por su familia. En cambio, esta mujer no tiene ni el más mínimo sentimiento; en cualquier momento nos matará, te lo aseguro. Ella fue quien provocó este incendio —afirma Miguel, ya apartado de Inez, que recupera el aliento con dificultad.
—Avisa a la policía, Ronald. ¡Casi me mata! —exige ella, aferrándose al brazo de su marido.
—Deberías estar tú en la cárcel por lo que hiciste. ¿Por qué lo causaste? Sabes que fue casi un intento de asesinato premeditado —le grita Miguel, todavía furioso, sin creer en su inocencia.
—No voy a llamar a la policía por lo que te hizo Miguel, porque tú me debes una explicación muy seria: ¿por qué incendiaste los paraguas? —responde Ronald con frialdad.
Inez, sin intención de hablar del tema, cambia de conversación de golpe:
—¿asi dices que me amas ronald? Casi me mata estrangulándome y a ti solo te importan los paraguas quemados. ¡sabes que Te detesto! Debí no haberme casado contigo —dice esto y se retira hacia el interior de la mansión.
—¿Sabes qué? Vete de aquí. No te voy a seguir aguantando. Es definitivo: mañana mismo solicitaré el divorcio —le responde Ronald con voz helada, sacando a la luz años de rencor y tolerancia a sus desprecios.
Esas palabras cayeron sobre Inez como un balde de agua fría; era algo que jamás esperaba escuchar.
—¿Me estás echando de nuestra casa y quieres separarte de mí? Claro, ya me lo imaginaba. Te parece más fácil para poder vivir con tu amante —le responde ella, volviendo sobre sus pasos para enfrentarlo sin piedad, mirándolo fijamente a la cara—. Dime, ¿es alguna de tus socias de la empresa o es aLguna de las empleadas?
—¿De verdad así lo crees? Pues te equivocas. No necesito tener una amante: ya me di cuenta de que para ti solo soy un marido de adorno. Casi ni me miras, y solo usas mi dinero a tu antojo. Mataste todo mi amor; el romance entre nosotros desapareció hace años. Solo yo me aferré a una idea que nunca fue real. Pero lo de hoy fue suficiente. Junta tus cosas y vete de aquí —le contesta él con dureza, dejando ver todo el rencor acumulado, antes de entrar a la casa acompañado por su hermano.
Noha se queda un momento mirándola, y sintiendo compasión le dice:
—Esto ya es demasiado, tía. Realmente ya no hay forma de cambiar nada: tú misma te hundiste —y tras decirlo, entra también a la casa.
Doris se quedó atrás, echando agua del extintor sobre las sombrillas para asegurarse de apagar bien el fuego.