Desilusionada por la traición de su esposo, Tamara encontrará refugio en donde menos lo espera, los brazos de su jefe. Un importante joyero, un ceo de renombre, un artista único y excéntrico que viaja por el mundo exponiendo sus magníficas colecciones, sin interesarse realmente en el amor y solo le importan sus piedras preciosas. Sin embargo pronto descubrirá que la joya más invaluable e inalcanzable es la mujer que se hospeda bajo su mismo techo y a la cual pretende conquistar.
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Capítulo N°15
Franco estaba llegando a la oficina, cuando en un semáforo, mirando por todos lados en el interior del vehículo se dio cuenta que se había olvidado el celular en su despacho. Sin mucho ánimo giró el auto de regreso a su hogar y en vez de enojarse, se sintió feliz y una sonrisa iluminó su rostro de solo pensar que tenía la excusa perfecta para volver a lado de su muñeca y darle el beso de los buenos días.
Él estaba en el pasillo cuando vio a Telma salir del cuarto de huéspedes, lo que significaba que su invitada estaba despierta y desayunando.
—Señor, pensé que ya estaría en el trabajo—dijo el ama de llaves al ver al ceo a su lado.
—Me olvide el teléfono, está en mi despacho, puedes traerlo mientras saludo a Tamara.
—Sí señor—respondió la mujer.
—Telma, mejor no lo traigas, no quiero interrupciones—ordenó sonriendo ampliamente.
—Muy bien, entonces iré a ordenar su cuarto—comentó moviendo la cabeza de un lado al otro.
—Gracias.
—De nada y por cierto, la señora no quiere que le diga señora—comentó al pasar.
—Entonces, solo dile Tamara—contestó con normalidad y sin sorprenderse por el pedido de su secretaria.
—De acuerdo—aceptó el ama de llaves antes de dirigirse al cuarto principal.
Franco miró la hora en su reloj de muñeca, debía darse prisa, solo tenía unos minutos para volver a la compañía y dar inicio a la reunión con los nuevos inversores, así que apresurando su paso, ingresó al cuarto. Su sonrisa se esfumó de su rostro inmediatamente al ver que Tamara lloraba desconsoladamente mirando el desayuno se acercó a la cama, quitó la bandeja para tener espacio y sentarse frente a ella. Con suavidad le levantó su barbilla y la obligó a que lo mirara a los ojos, estaba ida, perdida en sus pensamientos, llorando seguramente por su ex y eso lo irritaba, sin embargo su voz se mantuvo calma .
—¡Ey, muñeca! ¿Qué sucede?¿por qué lloras?—preguntó al mismo tiempo que con la mano libre buscaba en su bolsillo un pañuelo para secar sus lágrimas.
—Saimon nunca me haría un desayuno así—dijo entre sollozos.
—¿Lloras por el desayuno o por ese idiota?—interrogó enfureciendo aún más al ver que ella desperdiciaba su tiempo y sus lágrimas en un ser miserable que no merecía la pena.
—Lloró por ti, por tu hermoso desayuno y por tú forma tan especial de cuidarme—murmuró limpiando su rostro con la manga del pijama e ignorando el pañuelo.
—¡¿Qué?! No debes llorar por un par de arándanos y cereales, tú y tu bebé se merecen eso y mucho más.
—No es el desayuno en sí, sino el gesto. Esto es mucho más de lo que recibí en muchos años de estar casada con ese idiota—confeso con su nariz colorada y su vista nublada por la emoción—. Franco ahora me doy cuenta que tú realmente me amas. Siempre me has amado.
—Así es, te amo, pero no entiendo por qué lloras.
—Es que estaba tan idiotizada pensando que mi esposo era perfecto que no vi en realidad al monstruo que estaba a mi lado. Ahora todo me parece tan irreal, es como ver parte de mi vida como si fuera una película de terror y que por algún motivo mi mente bloqueó por completo—se sinceró—. Eres tan diferente a Saimon y ahora que te conozco como hombre me encantas pero …
—Para el amor no hay peros que valgan—la interrumpió para ser completamente franco con ella—. Muñeca, estoy perdidamente enamorado de ti desde el mismo instante que llegaste a mi oficina. Aún recuerdo oír tus pasos errantes acercándote hasta mi escritorio, esos tacos rojos llamaron mi atención y al levantar la vista te vi mordiendo nerviosamente tu labio, suspirando para no perder la concentración , mientras que la bandeja de plata se movía insistentemente en tus manos, haciendo temblar la taza de cerámica sobre el plato—sonrió como si estuviera viendo esa imagen nuevamente—. Era la primera vez que nos veíamos las caras y mi asistente anterior se encargó de difamarme, sin embargo al conectar nuestras miradas todo fue un desastre y como era de esperar derramaste el café sobre los papeles. Arruinaste un proyecto que me tomó meses realizar—confesó por primera vez—. Estaba furioso, quería asesinarte, entonces al ver el terror reflejado en tu mirada y como te disculpaste sin parar, no te pude despedir, sobre todo al ver que suplicabas de rodillas por el empleo, como si de ser mi asistente dependiera tu vida—acarició con la yema de su dedo la mejilla de la joven—. Sabía que algo a alguien te tenía sometida y eso no me agradaba y por eso te di una nueva oportunidad y no me equivoqué.
Ella lo miró aún con sus ojos cristalizados, era verdad todo lo que decía, en ese momento de ese trabajo dependía su vida y su matrimonio. Saimon le había dado un ultimátum: o se buscaba un empleo que pagara las cuentas o se divorciaría en un abrir y cerrar de ojos de ella. Él estaba desempleado, atravesando una investigación por malversación de fondos, la cual aseguraba que era falsa y su estado de ánimos no era el mejor. Sus nervios lo hacían cometer locuras a tal punto de perder la razón y una mañana, luego de los insultos llegó un golpe inesperado sobre su rostro. Inmediatamente él se disculpó al ver la marca sobre la piel de su mujer, la abrazó y mientras le acariciaba la espalda le susurraba en su oído que todo era su culpa; que no debía enfadarlo de esa manera; que ahora que él necesita de su apoyo ella permanecía en la casa de brazos cruzados y no salía a la calle a conseguir un empleo aunque sea de sirvienta. Se sentía tan miserable por no ser capaz de ayudar a su esposo, que le perdonó ese exabrupto, sin embargo cada vez que él le levantaba la voz el temor se apoderaba de ella. Era consciente que su esposo perdía la cabeza con facilidad y lo que al principio fue un golpe insignificante luego se volvió un hábito. Su vida se había convertido en un infierno, hasta que finalmente consiguió el empleo de asistente en la compañía de Franco y su forma de ser volvió cambió Saimon volvió a ser el hombre gentil, amable y dulce de que se había enamorado.