Cuando la persona que dice amarte se convierte en un extraño y te abandona embarazada diciendo que solo eres un ancla y un lastre en su vida, solo te queda una cosa por hacer: "Convertirte en Reina"
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Las dos orillas
La primera madrugada sola con Ángel no tuvo nada de sagrado.
Hubo llanto, leche derramada sobre la manta recién cambiada, una toallita que no encontraba cuando más la necesitaba y un miedo silencioso que se le instaló en la nuca como si alguien respirara detrás de ella. Isabella caminó descalza por la habitación con el bebé pegado al pecho, murmurándole frases sin sentido solo para oír una voz humana en la casa. El reloj marcaba las tres y doce. Después las tres y veintisiete. Después las cuatro y algo. El tiempo dejó de ser tiempo y se convirtió en una sucesión de pequeños desafíos: hacerlo eructar, comprobar que seguía respirando, sostenerse ella misma sin romperse.
Cuando por fin logró sentarse en el sillón junto a la ventana, Ángel se quedó dormido sobre su hombro, con un suspiro mínimo que pareció atravesarle el cuerpo. Isabella apoyó la mejilla contra la cabeza tibia de su hijo y cerró los ojos un instante. No se sintió invencible. No se sintió fuerte. Se sintió agotada, sola y extrañamente viva. Eso también era una forma de empezar. Rozó con los labios el cabello oscuro del bebé y pensó, no sin una punzada de vértigo, que nadie iba a venir a enseñarle a ser madre. Tendría que aprender del mismo modo en que había aprendido todo lo demás: cayéndose un poco, resistiendo mucho.
A varios kilómetros de allí, Facundo Navarro entró a su casa cuando la ciudad ya había empezado a deshacerse en el gris frío del amanecer.
Se aflojó la corbata antes incluso de cruzar el vestíbulo. La casa estaba impecable, silenciosa, ordenada con esa perfección que en otros tiempos le había parecido una forma razonable de descanso y que esa mañana solo le resultó estéril. Dejó las llaves sobre una consola de mármol, se sirvió un vaso de agua y permaneció unos segundos inmóvil en mitad de la cocina, como si hubiera olvidado qué se suponía que debía hacer con su propio cansancio. Había pasado la noche entre el hospital, el trayecto hasta la casa de Isabella y ese breve momento frente a una puerta cerrada en el que sintió, con una claridad incómoda, que no pertenecía a ninguna parte.
La encontró en el comedor, sentada junto a una taza de té ya frío y un libro abierto que no estaba leyendo. Elena Varela llevaba todavía el vestido azul de la cena a la que él no había llegado. Tenía el cabello recogido con una prolijidad que parecía resistirse al paso de las horas y el rostro sereno de las mujeres que aprendieron desde niñas a no desmoronarse delante de nadie. Al oírlo entrar, alzó la vista. No hubo escándalo ni reproche inmediato. Solo una clase de decepción cansada que, por antigua, dolía más.
—Mi madre te llamó tres veces —dijo Elena, cerrando el libro con suavidad—. También llamó la tía Mercedes. Al parecer, media ciudad necesitaba saber por qué no apareciste.
Facundo se apoyó en el respaldo de una silla, pero no se sentó. El cansancio le endurecía el gesto.
—Hubo una emergencia —respondió—. Isabella se puso de parto antes de tiempo.
Los ojos de Elena no se movieron de su rostro. Lo conocía demasiado bien como para detenerse en la superficie de las cosas.
—No te pregunto dónde estuviste, Facundo —dijo al cabo de un momento—. Te pregunto por qué tienes esa cara.
Facundo se pasó una mano por el rostro. Durante años había admirado en Elena esa capacidad suya para ir directo al centro sin alzar la voz. Ella había estado allí cuando los Navarro decidieron cerrarle las puertas, cuando su apellido dejó de ser refugio y se convirtió en una frontera hostil. No lo había salvado —nadie había podido hacerlo—, pero tampoco lo había dejado solo en el borde. Tal vez por eso seguía allí todavía: porque a veces la gratitud se mezcla con el cansancio y termina pareciéndose demasiado a una forma razonable de futuro.
—La conoces desde hace meses —dijo Elena, y no fue una pregunta—. A esa mujer. A Isabella.
Él no respondió enseguida. La pausa fue suficiente.
Elena desvió la vista hacia la ventana, donde empezaba a aclarar.
—No tienes que explicarme nada esta noche —dijo en voz baja—. Pero no me mientas cuando llegue el momento de hacerlo.
Cuando Elena se retiró hacia la escalera, llevándose consigo la dignidad intacta y el cansancio de los años compartidos, Facundo siguió de pie en medio del comedor. Afuera, la mañana terminaba de abrirse sobre la ciudad. Pensó en la casa en silencio de Isabella, en la curva tensa de su cuerpo sosteniendo al niño, en la forma en que ella había dicho deberías irte sin pedir nada, sin retenerlo, sin intentar convertir su presencia en deuda. Y entendió, con una incomodidad casi feroz, que eso era precisamente lo que lo había desarmado. Elena era el pasado que había aprendido a honrar. Isabella empezaba a parecerse demasiado a una verdad para la que todavía no tenía nombre. Se quedó allí, dividido entre dos orillas, sabiendo que lo más peligroso no era desear otra vida, sino reconocer que la suya ya no le alcanzaba del todo.
Autora dramatisas mucho en cada capítulo y describes demasiado cosas que no son tan importantes y esto evita que avances con la historia y aclares lo verdaderamente importante
ósea marido y mujer
necesito claridad en esa relación
gracias autora activa 🎁👍
y todavía no entiendo esa relación
de Facundo y Elena🤔🤔