Andrea Miller jamás imaginó que una simple noche en una discoteca cambiaría por completo su vida. Después de semanas sintiéndose atrapada en la rutina, acepta salir con su mejor amiga, Viviana Lewis, sin saber que entre las luces, la música y el alcohol cruzaría miradas con el hombre que terminaría destruyendo su corazón.
Sebastián Foster es atractivo, elegante y demasiado encantador para ser real. Desde el instante en que se acerca a Andrea para ofrecerle una copa, la conexión entre ambos se vuelve imposible de ignorar. Las conversaciones fluyen, las miradas arden y el deseo termina convirtiéndose en algo mucho más peligroso: amor.
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Capitulo 1
Andrea Miller llevaba semanas sintiendo que su vida se había convertido en un ciclo repetitivo y aburrido: despertar, trabajar, comer, dormir y volver a empezar. Todo parecía gris y sin sentido, sin emociones ni sorpresas que rompieran esa monotonía. Una tarde, mientras revisaba unos papeles en su departamento, escuchó el sonido insistente de la puerta. Al abrir, se encontró con Viviana Lewis, su mejor amiga desde la infancia, quien entró con una energía desbordante y una sonrisa de oreja a oreja, arrastrando una bolsa de ropa.
—¡Ya era hora de que abrieras! —exclamó Viviana, dejando las cosas sobre el sofá y mirando a Andrea con cara de reproche—. Te he llamado tres veces y no me contestabas. Sé que te has pasado los últimos días encerrada aquí, como si el mundo se hubiera acabado, y eso se terminó hoy.
Andrea suspiró, volviendo a su lugar y sentándose con desgano.
—No me he encerrado, solo estoy… ocupada. Además, no tengo ganas de nada, Vivi. Ya sabes cómo son mis días: siempre lo mismo, nada cambia.
—¡Por eso mismo tienes que salir! —replicó su amiga, sentándose a su lado y tomándola de las manos con entusiasmo—. He escuchado hablar de una discoteca nueva en el centro, dicen que es increíble: buena música, gente agradable, un ambiente precioso… Y te necesito ahí conmigo. Por favor, Andrea, no me digas que no. Necesitas distraerte, bailar un poco y olvidarte de la rutina aunque sea por unas horas.
—No lo sé… —dudó Andrea, mirando hacia la ventana—. No es lo mío eso de las fiestas ruidosas, y mañana tengo que madrugar.
—¡Ay, por favor! —Viviana la interrumpió, poniéndose de pie y sacando un vestido de la bolsa—. Una noche no te va a matar, y mañana ya te preocuparás del trabajo. Vamos, ponte esto. Te va a quedar precioso y vas a ver que te vas a divertir. Si no te gusta, nos regresamos a los diez minutos, te lo prometo. Pero al menos inténtalo, ¿sí?
Ante tanta insistencia y viendo la ilusión en los ojos de su amiga, Andrea no tuvo corazón para seguir negándose. Con una media sonrisa, aceptó.
—Está bien, está bien. Iré contigo. Pero si me aburro, nos vamos, ¿entendido?
—¡Trato hecho! —gritó Viviana, feliz, mientras la empujaba hacia el baño para que se arreglara.
Horas más tarde, ambas llegaron al lugar. Al entrar, Andrea se sintió inmediatamente desbordada por el ambiente: luces brillantes que parpadeaban al ritmo de la música fuerte que retumbaba en las paredes, gente bailando por todos lados, risas y conversaciones por doquier. El aire olía a perfume, a alcohol y a libertad. Se dejaron guiar por Viviana hasta encontrar una mesa cerca de la pista, y no tardaron en pedir las primeras copas. El líquido frío bajó por su garganta, relajando poco a poco sus inhibiciones y esa tensión que llevaba acumulada hace días.
—¿Ves que no es tan malo? —le gritó Viviana al oído, sonriendo mientras movía los hombros al compás de la melodía—. ¡Ya estás sonriendo! Te lo dije, te hacía falta salir.
Andrea asintió, dándole la razón. Tenía que admitir que, por primera vez en mucho tiempo, se sentía ligera, sin preocupaciones pesando sobre sus hombros. Se pusieron de pie y se mezclaron entre la multitud, dejándose llevar por la música, bailando y riendo como solían hacer cuando eran más jóvenes. Andrea estaba tan absorta en el momento, disfrutando de la sensación de libertad, que no prestó atención a nada más… hasta que, al levantar la vista entre la multitud, sus ojos se cruzaron de repente con los de un hombre que estaba apoyado en la barra, al otro lado de la pista.
Por un instante, todo lo demás desapareció: la música se escuchó lejana, las luces dejaron de girar y la gente a su alrededor pareció desvanecerse. Él era alto, de porte elegante, con una apariencia que parecía sacada directamente de sus sueños. La miraba fijamente, con una intensidad que le hizo sentir un escalofrío recorriendo su espalda, pero no de miedo, sino de una atracción inmediata y desconocida. El hombre sostuvo su mirada sin apartarse ni un segundo, y con un movimiento lento y calculado, levantó su copa hacia ella en un saludo silencioso, antes de dedicarle una sonrisa que le robó el aliento.
Andrea se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole desbocado contra el pecho, sin poder apartar la vista de él. Viviana, al notar su cambio de actitud, se acercó de nuevo a ella y siguió su mirada.
—¡Vaya! —exclamó Viviana, sorprendida y divertida—. Parece que alguien te ha visto, y a ti también te ha llamado mucho la atención. ¿Quién es? ¿Lo conoces?
—No… —susurró Andrea, sin dejar de mirarlo—. No lo conozco de nada. Nunca en mi vida lo había visto.
—Pues él a ti sí que te ha visto —respondió su amiga, dándole un empujoncito suave y cómplice—. Y te está mirando como si fueras la única persona en este lugar.
En ese momento, el hombre se separó de la barra y comenzó a caminar hacia donde estaban ellas, abriéndose paso entre la gente con una seguridad absoluta. Andrea sintió que las piernas le temblaban levemente, mezcla de emoción y nervios, sin imaginar que ese simple encuentro casual, esa mirada compartida en medio del ruido y la fiesta, cambiaría todo su destino para siempre. Tampoco podía sospechar que ese hombre, que parecía tan perfecto y cautivador, traería consigo secretos y dolor, y que lo que empezaba como una noche de diversión, terminaría siendo el inicio de una historia donde su corazón quedaría hecho pedazos.