Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 9: Los amigos
La cafetería de la universidad es un hervidero de ruido y bandejas metálicas, Nico, Mauro y Leo han conseguido una mesa junto a la ventana, la única que no está pegajosa. Los tres comen sin mucha hambre, o al menos sin la urgencia de quienes tienen una clase en media hora.
Mauro deja los cubiertos sobre el borde del plato, toma aire.
—¿Qué pasa con Jean?
Nico levanta la vista. El nombre, pronunciado así, en seco, le hace un pequeño hueco en el estómago.
—Nada —responde—. ¿Por qué tendría que pasar algo?
Leo resopla, se recuesta en la silla, los brazos cruzados.
—Ya le hice yo esa misma pregunta —dice— y no admite nada. Aunque es evidente que ese omega no le es indiferente.
Nico siente el calor subirle a las mejillas, aparta la mirada.
—No es así, no empiecen a pensar cosas extrañas. Él solo… —busca las palabras, las encuentra torpes—, no sé bien cómo explicarlo. Me parece interesante.
Mauro enarca una ceja, Leo sonríe, afilado.
—¿Tan interesante como para tener que llegar corriendo al aula?
—¿Llegó tarde? ¿Cuándo? —pregunta Leo, y su sonrisa se ensancha.
—No llegué tarde, llegué justo. Fui al café antes de clase —dice Nico—, me entretuve un momento. Siempre me pasa, me distraigo con cualquier cosa.
—Sí, claro —dice Leo. La sonrisa se le ha vuelto burlona.
Nico se pone serio.
—Sabes que es así.
—Bien, bien —interrumpe Mauro con su voz tranquila, la misma que usa para apagar fuegos pequeños antes de que se hagan grandes—. Si Nico dice que no pasa nada, entonces es así. —Mira a Leo con severidad—. Cuando quiera hablar de algo más, lo hará. Sin presiones.
Leo rueda los ojos, exagera el gesto, como un niño al que obligan a disculparse.
—Está bien —dice.
Nico no añade nada, pero su incomodidad se nota en la forma en que juega con el borde de la servilleta, doblándola y desdoblándola sin necesidad.
Mauro cambia de tema.
—¿Qué tal si vamos a los juegos esta tarde? —propone—. No trabajo hoy, me vendría bien relajarme un poco.
—Por mí está bien —dice Leo, recuperando la chispa—, pero no quiero quejas cuando te aplaste.
Mauro rueda los ojos.
—Sí, sí, lp que digas. —Luego mira a Nico—. ¿Nico?
Nico vacila, la respuesta le sale más rápido de lo que le gustaría.
—Yo no puedo ir esta tarde, lo siento.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? —pregunta Leo.
Nico baja la voz.
—Iré a Offline, le dije que volvería en la tarde.
—Ah, está bien —dice Leo y luego, la sonrisa vuelve, más ancha que nunca— y así quieres que creamos que no te interesa ese omega.
—Leo —Mauro niega con la cabeza.
Nico se queda callado un momento, cuando habla, su voz es baja, casi un susurro.
—No sé qué pasa con Jean, no puedo ponerle un nombre todavía, pero tienen razón, no me es indiferente. Creo que… —se detiene, busca— solo tengo curiosidad porque es diferente. Pero el fin de semana su imagen vino a mi mente una y otra vez, y la curiosidad no debería sentirse así… Creo.
Leo abre la boca, tiene esa expresión divertida de quien va a soltar una pulla memorable, pero Mauro le clava la mirada con tal severidad que Leo la cierra sin decir nada.
—Está bien, Nico —dice Mauro, suave—, no hay que ponerle un nombre a todo. Cuando lo tengas claro, podemos hablar de ello.
Nico asiente.
—Podemos dejar lo de los juegos para otro día —ofrece Mauro—. Si quieres, vamos al cibercafé y tomamos algo, no hay problema.
—Podemos ir un poco más tarde —dice Nico—. A los juegos, digo.
Mauro sonríe.
—Bien. Entonces, después de Offline vamos a divertirnos, tengo que cerrarle la boca a este fanfarrón.
—Ya veremos quién le cierra la boca a quién —responde Leo.
Los tres ríen. El ambiente se aligera.
———
La tarde ha entrado por los ventanales de Offline y ha teñido las mesas de madera con un brillo cálido. El lugar está casi vacío: la chica de la laptop roja en su esquina, un estudiante repasando apuntes junto a la pared, y Jean detrás de la barra.
Cuando la campanilla suena, Jean levanta la cabeza, ve a Nico y, detrás, a los otros dos, los mismos de siempre. Asiente con un leve gesto y vuelve a lo suyo, no hay sonrisa ni saludo, solo ese mínimo reconocimiento que Nico ha aprendido a leer.
—Voy a pedir —dice Nico, separándose de sus amigos.
Se acerca al mostrador. Jean ya está preparando el cortado, no ha hecho falta pedirlo.
—Y un espresso —dice Nico, señalando hacia Mauro— y un batido de fresa.
Jean asiente mientras trabaja, Nico se queda apoyado en la barra, no retrocede, sus manos reposan sobre el mármol. Solo mira.. Detrás de él, Mauro y Leo ocupan la mesa del fondo, la que él suele usar, los ve charlando, las mochilas en el suelo.
Jean termina el cortado, dibuja la flor, lo desliza sobre la barra, los otros pedidos los deja junto a la máquina.
—¿Te ayudo? —pregunta Mauro, que se ha levantado y se acerca. Con un gesto, se lleva el batido y el espresso, a Nico le deja el suyo en la bandeja.
—Gracias —dice Mauro, y vuelve a la mesa.
Nico coge su taza y lo sigue, no hay intercambio de palabras, pero cuando se gira, Jean ya está de espaldas, secando vasos.
En la mesa, los tres beben en silencio, Leo no puede evitar mirar a Jean de reojo, Mauro lo ignora.
—Es educado —murmura Leo, bajando la voz—. Pero parece que se va a romper si lo tocas.
—No seas así —dice Mauro.
—¿Cómo? Si es la verdad. Está muy delgado.
Nico no participa, mira a Jean detrás de la barra, ese mechón de pelo que se le ha escapado otra vez, esta vez no se lo acomoda.
—Nico —dice Mauro.
—¿Qué?
—Estás mirando.
—No, no estaba.
Leo resopla.
—¿Por qué no lo invitas a salir? —dice en un murmullo—. Así de una vez aclaras cualquier duda.
Nico lo fulmina con la mirada.
—¿Qué? Llevas días viniendo aquí, mirándolo ¿Qué más necesitas?
—Leo —interrumpe Mauro, también en voz baja pero con un filo que no admite réplica—. Ese omega no es como los chicos con los que estás acostumbrado a interactuar, se nota que es una persona seria. Además, es mayor que nosotros, no sabemos si tiene a alguien.
Nico siente algo extraño en el pecho, como si el corazón se hubiera saltado un latido, como si alguien hubiera apretado algo dentro de él y luego lo hubiera soltado. Que Jean tenga a alguien, un alfa, la idea no se le había ocurrido nunca y ahora que Mauro la ha puesto sobre la mesa, le parece tan evidente que no entiende cómo no la había considerado antes. Jean es mayor, no sabe cuánto, pero lo es. Trabaja, tiene sus propias cosas, no va a la universidad, es un omega independiente y alguien podría haberse fijado en él antes.
Leo ha notado el cambio en su expresión. Su voz, cuando habla, ya no es bromista.
—No creo que tenga a nadie —dice—. El chico siempre está solo. ¿Has visto a algún alfa por aquí cerca de él? Porque yo no he visto ninguno. Si tuviera a alguien, nos lo habríamos topado al menos una vez.
Nico no dice nada.
Levanta la vista hacia la barra. Jean está colocando vasos en la estantería, no mira hacia ellos.
—Mireia vuelve mañana de sus vacaciones —dice Mauro después de un silencio—. Llevo años viniendo aquí, si hablo con ella tal vez pueda averiguar algo.
—No quiero que le preguntes cosas raras —dice Nico, rápido.
—No voy a preguntar nada raro —Mauro alza una ceja—. Solo charlar, ya sabes cómo soy.
Leo lo mira con admiración.
—Eres un puto genio.
Mauro rueda los ojos.
—No es para tanto.
Nico no dice nada, las palabras de Mauro flotan en el aire entre ellos: si tiene a alguien o no. Si le gusta o no.
Si le gusta.
No ha usado esa palabra, ni una sola vez, ni siquiera en sus pensamientos.
Terminan los cafés, Mauro se levanta a devolver las tazas, Nico se queda en la mesa con la libreta abierta, sin dibujar.
Entonces Jean levanta la vista.
A través de la sala, sus ojos ámbar se encuentran con los de Nico, no es el roce furtivo de otros días, el que ocurre al salir. Es una mirada sostenida, consciente, un par de segundos en los que ninguno de los dos aparta la cara.
Luego Jean baja los ojos, vuelve a secar la barra. Nico exhala, no sabía que estaba conteniendo la respiración.
Mauro vuelve con las manos vacías.
—¿Listos? —pregunta.
—Sí —dice Nico.
Se levanta, guarda la libreta, no mira atrás. Pero cuando llegan a la puerta, gira la cabeza, es un gesto rápido, casi involuntario.
Jean sigue con la cabeza baja, y sus manos, sobre el trapo, se han detenido.