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Dócil

Dócil

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️

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Criminal peligroso

Atrapado contra el pecho firme de Arlo Baxter, Gus sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Una oleada de pánico puro lo invadió al notar la fuerza desmedida del hombre que lo sostenía. Sin embargo, justo debajo de ese miedo elemental, comenzó a quemar una sensación completamente desconocida y abrumadora. Era un deseo espeso y caliente que se le instaló en el bajo vientre, acelerándole el pulso. Gus apretó los dientes, horrorizado de su propia reacción. Él se consideraba un hombre heterosexual; toda su vida había tenido novias y jamás se había fijado en otro hombre. Sentir esa atracción animal y magnética por un desconocido imponente lo hacía sentir como si estuviera perdiendo la cordura.

—Suéltame —logró articular Gus, forzando la voz para que no temblara. Intentó empujar los hombros anchos de Arlo, pero sus manos apenas encontraron una resistencia de piedra—. Te dije que me dejes ir. No sé qué me estás haciendo, pero no me hables como si fueras mi dueño.

Arlo no se movió un solo centímetro. Sus ojos negros descendieron por el rostro pálido del cantante, deteniéndose un segundo en sus labios entreabiertos antes de volver a clavar la mirada en sus ojos verde café. Su voz gruesa y profunda resonó directamente contra el oído de Gus, erizándole cada vello del cuerpo.

—Podría soltarte, Fletcher. Pero los dos sabemos que tus piernas no van a sostenerte ahora mismo. Mírate, estás temblando. ¿Es por miedo o es por otra cosa?

—Es por el maldito cansancio —mintió Gus, desviando la mirada con rabia, sintiendo el rostro caliente—. No te conozco. No sé qué clase de truco es este hilo rojo, pero no voy a ser el capricho de un empresario con aires de grandeza o de un criminal. Tengo un contrato con mi agencia, tengo un álbum que terminar y gente que depende de mí. No tengo tiempo para tus juegos de control.

—¿Juegos? —Arlo soltó una risa baja y áspera que vibró directamente en el pecho de Gus. Relajó sutilmente el agarre de sus brazos, pero mantuvo sus dedos peligrosamente cerca de la muñeca del artista, donde el hilo carmesí palpitaba con fuerza—. Esto no es un juego, Fletcher. Tu mánager ya aceptó mis condiciones. A partir de este momento, tu agenda me pertenece. Vas a descansar.

—¡Ariadna no tiene el poder de decidir sobre mi vida! —exclamó Gus, recuperando un poco de estabilidad y dando un paso hacia atrás para alejarse del cuerpo de Arlo. La distancia de veinte centímetros entre ambos se hizo evidente; Gus tenía que levantar la barbilla para sostenerle la mirada—. Ella trabaja para mí, no para ti. No puedes llegar aquí y comprar a las personas.

—Puedo comprar lo que yo quiera —sentenció Arlo con una frialdad que helaba la sangre. Caminó hacia la mesa, tomó su encendedor de oro y se lo guardó en el bolsillo del saco—. Pero a ti no te compré. El hilo te trajo a mí. Ahora, obedece y camina. Hay un auto esperándote afuera.

—¡No voy a ir a ninguna parte contigo! —desafió Gus, cruzándose de brazos, intentando ocultar el hormigueo constante que aún sentía en el cuerpo—. Prefiero volver a mi departamento por mis propios medios. No necesito tu supervisión ni la de nadie.

—No te estoy preguntando, Fletcher. Te estoy informando —dijo Arlo de manera tajante.

En ese momento, la puerta del camerino se abrió con suavidad. Ariadna, la mánager de Gus, entró con el rostro pálido y una evidente expresión de nerviosismo. Detrás de ella, dos hombres Corpulentos vestidos con trajes negros impecables y auriculares en el oído se pararon como estatuas a cada lado de la entrada.

—¿Gus? Gracias a Dios estás despierto —dijo Ariadna, acercándose rápidamente, aunque sus ojos no dejaban de mirar a Arlo con un profundo respeto mezclado con temor—. Tienes que irte ya. Afuera está todo listo.

—Ariadna, ¿qué está pasando aquí? —exigió Gus, tomándola del brazo—. ¿Quién es este hombre y por qué permites que me hable así? Dile a sus guardias que se quiten de la puerta. Nos vamos a nuestro estudio.

Ariadna miró a Arlo de reojo, tragando saliva con dificultad. Luego miró a Gus con una mezcla de lástima y frustración.

—Gus, por favor, no compliques las cosas. El señor Baxter ha sido muy generoso al encargarse de la situación médica y de la prensa. Los médicos de la agencia dijeron que necesitas supervisión las veinticuatro horas debido al colapso. Estos señores te van a acompañar a un lugar seguro para que descanses. Es por tu bien.

—¡¿Un lugar seguro?! ¡Yo tengo mi propia casa! —Gus se sintió completamente acorralado. Miró a los dos guardaespaldas y luego a Arlo, quien permanecía de pie en el centro de la habitación, impecable, controlando toda la escena sin mover un solo dedo—. Ariadna, dime la verdad. ¿Quién es él? ¿Por qué le tienes miedo? ¿Qué negocios tiene con la agencia?

—No... no lo sé, Gus. De verdad no sé los detalles —susurró Ariadna, visiblemente asustada—. Solo sé que las órdenes vienen de lo más alto de la empresa. El director me llamó personalmente y me dijo que hiciéramos todo lo que el señor Baxter solicitara. Por favor, solo ve con ellos y descansa. Tu salud es lo primero.

Gus soltó el brazo de su mánager, sintiendo una profunda amargura. Miró a Arlo con desprecio y desafío, pero el empresario ni siquiera se inmutó ante su mirada.

—Llévenlo —ordenó Arlo a sus hombres, usando ese tono que no aceptaba réplicas—. Que coma algo ligero y que duerma. Si intenta escapar o si se altera, me avisan de inmediato.

—Sí, señor Baxter —respondieron los dos guardaespaldas al unísono, inclinando levemente la cabeza.

Arlo caminó hacia la salida del camerino. No volvió a mirar a Gus. Simplemente cruzó la puerta y comenzó a caminar por el pasillo del club, rodeado por otra comitiva de hombres armados que lo esperaban afuera.

Gus dio un paso adelante para gritarle que regresara, pero no pudo emitir ningún sonido. En el mismo instante en que Arlo se alejó más de diez metros por el pasillo, Gus sintió un tirón violento y brutal en el centro del pecho. No fue una sensación psicológica; fue un dolor físico, punzante y agudo, como si una aguja al rojo vivo le atravesara el corazón.

—¡Ah! —Gus se llevó ambas manos al pecho, doblándose por la mitad debido a la intensidad del dolor. El aire se le escapó de los pulmones y cayó de rodillas sobre la alfombra del camerino.

—¡Gus! ¡¿Qué te pasa?! —gritó Ariadna, agachándose a su lado con pánico.

Gus no podía responder. Con los ojos abiertos por el sufrimiento, miró su muñeca derecha. El hilo de energía carmesí estaba completamente estirado, tenso como la cuerda de un violín, vibrando con un color rojo violento. El hilo cruzaba la puerta abierta del camerino y se extendía por el pasillo, siguiendo los pasos de Arlo. Cada paso que el empresario daba alejándose de él, hacía que el lazo tirara más fuerte de su pecho, causándole una agonía insoportable.

—Estoy... estoy bien —logró jadear Gus, con la frente empapada de sudor frío—. Solo... necesito aire.

Los dos guardaespaldas de Arlo se acercaron con tranquilidad, como si supieran exactamente lo que estaba ocurriendo. Uno de ellos lo tomó firmemente del brazo y lo ayudó a levantarse.

—El dolor disminuirá cuando subamos al auto para seguir la ruta del señor Baxter, joven Fletcher —dijo el guardia con una voz desprovista de emoción—. Es mejor que no luche contra la distancia. Camine.

Gus, sin fuerzas para pelear y aterrorizado por la intensidad de ese dolor físico que le oprimía el pecho, no tuvo más opción que dejarse guiar por los pasillos traseros del club hasta un vehículo de lujo blindado que lo esperaba en el estacionamiento subterráneo.

Pasaron veinticuatro horas de una tortura silenciosa. Gus fue llevado a un departamento exclusivo en una zona residencial restringida de la ciudad. El lugar era una jaula de oro: tenía todas las comodidades posibles, comida de chef y ventanas panorámicas, pero los dos guardias de Arlo permanecían apostados en la puerta principal las veinticuatro horas del día.

Durante todo ese tiempo, el dolor en el pecho de Gus no desapareció. Se mantuvo como una presión constante, un eco sordo y molesto que aumentaba cada vez que Arlo se movía más lejos dentro de la gran metrópolis. Gus intentó dormir, pero el hormigueo en su bajo vientre y la punzada en su corazón se lo impidieron. Su cuerpo y su mente estaban experimentando el precio de la cercanía: una adicción física e involuntaria a la presencia de Arlo Baxter.

A la noche siguiente, Gus ya no pudo soportarlo más. El dolor en su pecho se volvió tan agudo que sentía que iba a desmayarse de verdad. Desesperado, ideó un plan sencillo. Aprovechó el momento en que uno de los guardias entró a dejarle la cena para confrontarlo directamente.

—Necesito ver a Baxter —dijo Gus, sosteniéndose el pecho con una mano, con los ojos verde café inyectados en sangre por la falta de sueño—. Dile que si no me ve ahora mismo, voy a romper los cristales de este departamento y armaré un escándalo que saldrá en todos los noticieros. No me importa arruinar mi carrera si con eso destruyo la suya.

El guardia observó el estado lamentable del cantante. El hombre presionó el botón de su auricular y habló en voz baja con alguien al otro extremo. Tras unos segundos, miró a Gus.

—El señor Baxter está atendiendo asuntos de alta prioridad en su club privado, el Carmesí. Está en la zona restringida de los muelles. El auto lo llevará. No intente nada estúpido, Fletcher.

Media hora más tarde, el vehículo blindado se detuvo frente a un enorme edificio de fachada negra y luces de neón rojas situado en el sector industrial de los muelles, un lugar apartado donde no se veían patrullas de policía ni ciudadanos comunes. El ambiente desprendía un peligro palpable.

Gus bajó del auto sintiendo cómo el dolor en su pecho disminuía notablemente a medida que se acercaba al edificio. El hilo en su muñeca comenzó a brillar con un tono más cálido y estable. Entró al club escoltado por el guardia. El interior era oscuro, lujoso y exclusivo. Sin embargo, en lugar de clientes comunes bailando, el lugar estaba lleno de hombres de aspecto rudo, vestidos con trajes oscuros, que vigilaban las entradas con las manos ocultas bajo las chaquetas, revelando sutilmente las siluetas de armas de fuego de grueso calibre.

El guardia guio a Gus a través de un pasillo privado custodiado por tres hombres armados que les franquearon el paso solo tras una señal visual. Al final del pasillo, entraron a un salón VIP de dos niveles con una vista impresionante hacia el muelle oscuro.

Allí, sentado en un sillón de cuero rojo, estaba Arlo Baxter.

Arlo vestía una camisa negra con los primeros botones abiertos, revelando la base de su cuello varonil y robusto. Tenía un cigarrillo entre los labios y sostenía un vaso de cristal con licor oscuro en la mano derecha. A su alrededor, cuatro hombres Corpulentos con fundas de pistolas claramente visibles bajo sus sacos le mostraban un respeto absoluto, permaneciendo firmes a la espera de sus órdenes. En una mesa baja frente a él, había varios documentos con sellos oficiales y mapas de rutas marítimas.

Gus se detuvo en seco en la entrada del salón. La escena le gritó con total claridad lo que su mente ya sospechaba desde el camerino: Arlo Baxter no era un empresario común. El nivel de seguridad, las armas expuestas, el respeto casi militar de esos hombres y la ubicación clandestina en los muelles apuntaban a una sola realidad. Arlo era un mafioso de alto rango, un líder criminal que controlaba un imperio ilegal desde las sombras.

Al ver entrar al cantante, Arlo levantó la mirada. Sus ojos negros recorrieron el cuerpo de Gus, notando cómo el joven respiraba aliviado ahora que la distancia se había acortado. Con un simple movimiento de su mano izquierda, Arlo les indicó a sus hombres que se retiraran. Los mafiosos inclinaron la cabeza con sumisión y abandonaron el salón en silencio, cerrando las pesadas puertas dobles detrás de ellos.

Gus y Arlo quedaron completamente solos en la inmensidad del salón iluminado por luces rojas de neón.

—Viniste —dijo Arlo. Su voz gruesa y áspera llenó el espacio, haciendo que el hormigueo en el vientre de Gus regresara con una fuerza renovada—. Te dije que la distancia no te sentaría bien, Fletcher.

Gus dio unos pasos hacia adelante, intentando mantener una postura firme a pesar de que sus ojos verde café recorrían el imponente físico del criminal. El dolor en su pecho había desaparecido por completo, reemplazado por una intensa y vergonzosa calidez que lo recorría por dentro.

—¿Quién eres realmente, Baxter? —preguntó Gus, con la voz más clara pero llena de sospecha—. Vi a tus hombres afuera. Vi las armas. Esto no es una empresa de inversiones. Eres un mafioso, ¿verdad? Todo este club, la seguridad... estás metido en algo muy peligroso.

Arlo exhaló una densa nube de humo gris, observando cómo el hilo rojo entre ellos se acortaba y se volvía a enroscar con suavidad alrededor de sus propios dedos. Una sonrisa fría y calculadora se dibujó en su mandíbula cuadrada.

—Te preocupas por los títulos equivocados, Fletcher —respondió Arlo, levantándose del sillón y mostrando toda su imponente altura de casi dos metros—. Si soy un empresario, un mafioso o un protector, es algo que no debería quitarte el sueño. Lo único que debe importarte es que viniste hasta aquí porque tu cuerpo no puede soportar estar lejos del mío. El hilo manda, y tú acabas de ceder al primer tirón.

Gus dio un paso atrás, sintiendo el impacto de las palabras de Arlo y la intensa atracción física que amenazaba con romper su fachada de hombre bajo control. Estaba en la guarida de un criminal peligroso, pero por primera vez en meses, su mente obsesiva no sentía la necesidad de huir.

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Dalia Lara
me encantan este tipo de historias, espero leer más cosas suyas🥰🥰
Skay P.: "Espinas y Sumisión" ya está en línea, con el primer capítulo 😈✨️
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Dalia Lara
me encanta 🥰🥰🥰
Skay P.: ¡Gracias mi Chikis! En unas horas, estará en línea una nueva obra, mucho más intenso que esto. ¡Prepárate!
En mi perfil, encontrarás otras historias interesantes ✨️🫰🫣🦋
total 1 replies
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