Scarlett, Santiago y Ángel eran tres hermanos unidos por algo más fuerte que la sangre: el amor y la lealtad. Vivían una vida tranquila, lejos de problemas, en una casa humilde donde las risas de sus padres llenaban cada rincón. Scarlett era inteligente y valiente; Santiago, serio y protector; y Ángel, el menor, noble pero impulsivo. Nunca buscaron enemigos ni conflictos, pero una noche todo cambió. Unos hombres desconocidos entraron a su hogar y asesinaron brutalmente a sus padres frente a ellos. Desde ese instante, el dolor se convirtió en odio. Los tres hermanos hicieron una promesa sobre las tumbas de sus padres: encontrar a los culpables y cobrar venganza, aunque eso significara perderse a sí mismos en el camino.
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Capítulo 21: Diez años esperando Narra Santiago
El tiempo pasó más rápido de lo que imaginé.
A veces pienso que la vida tiene una forma extraña de seguir avanzando incluso cuando uno siente que todo quedó detenido. Porque mientras nosotros seguíamos lidiando con problemas, negocios, enemigos y el pasado… los niños crecían.
Y crecían rápido.
Susana fue la primera en cambiar completamente la mansión.
Desde bebé tenía unos ojos enormes y curiosos, iguales a los de Victoria. Era tranquila al principio, demasiado tranquila. Dormía mucho y casi nunca lloraba, pero cuando lo hacía toda la casa se despertaba.
Victoria no dejaba que nadie la cargara mal.
—Con cuidado —repetía cada cinco minutos.
Scarlett se burlaba.
—Parece que fuera de cristal.
Pero ella misma terminaba cargándola durante horas.
Y Javier…
Javier era diferente desde pequeño.
Karina decía que tenía los ojos de Ángel y el mismo carácter inquieto. Desde bebé casi no dormía. Todo le daba curiosidad. Si veía una luz quería tocarla, si escuchaba un ruido quería saber qué era.
Y aunque Ángel seguía encerrado… Karina jamás le ocultó la verdad.
Desde que Javier tenía apenas un mes, ella le tomaba fotos.
Fotos durmiendo.
Fotos bostezando.
Fotos usando ropa pequeña con gorritos ridículos que Victoria compraba.
Y todas esas fotos terminaban en manos de Ángel.
Karina le escribía cartas larguísimas contándole todo.
“Hoy Javier sonrió por primera vez.”
“Hoy dijo algo parecido a mamá.”
“Hoy dio sus primeros pasos.”
Ángel esperaba esas cartas como si fueran aire.
A veces Karina volvía de las visitas llorando porque él pasaba horas mirando cada foto.
Cuando Javier cumplió un año, ya caminaba por toda la mansión haciendo desastres.
Susana iba detrás de él intentando imitarlo en todo.
Los dos crecieron prácticamente juntos.
Si uno lloraba, el otro también.
Si uno corría, el otro lo seguía.
Scarlett se convirtió en la favorita de ambos.
Aunque nunca lo admitiera.
—Tía Scarlett —gritaban apenas la veían.
Y ella fingía molestarse.
—No griten tanto.
Pero igual terminaba jugando con ellos.
Cuando Susana cumplió tres años, ya tenía una personalidad fuerte igual a su madre.
Mandona.
Inteligente.
Y demasiado observadora.
Una vez escuchó una discusión entre escoltas y les dijo:
—Mi papá dice que hablen bajito.
Todos se quedaron callados inmediatamente.
Victoria casi se muere de la risa.
Javier, en cambio, era más parecido a Ángel.
Impulsivo.
Terco.
Y protector desde pequeño.
Si veía llorar a Susana se enojaba de inmediato.
Una vez empujó a un niño en una fiesta porque le quitó un juguete a ella.
Karina tuvo que regañarlo.
—No se arregla todo peleando.
Pero Javier cruzó los brazos igualito a Ángel.
—Él la hizo llorar.
Y todos quedaron en silencio unos segundos porque parecía escuchar a Ángel hablando.
Los años siguieron pasando.
A los cinco años, Susana ya hacía demasiadas preguntas.
—¿Por qué tenemos tantos escoltas?
—¿Por qué siempre nos acompañan?
—¿Por qué Javier no vive con su papá?
Las preguntas difíciles empezaban a llegar.
Victoria y yo intentábamos responder sin contar demasiado.
Pero Karina decidió hacer algo distinto con Javier.
Siempre le dijo la verdad.
No completa cuando era muy pequeño, claro.
Pero nunca le inventó historias.
—Tu papá está lejos porque cometió errores —le decía.
Y Javier siempre preguntaba lo mismo.
—¿Pero me quiere?
Karina sonreía con lágrimas a veces.
—Muchísimo.
Y era verdad.
Porque Ángel vivía esperando las visitas.
Cada dibujo que Javier hacía terminaba guardado por él.
Cada fotografía.
Cada carta.
Karina nunca dejó que su hijo creciera pensando que había sido abandonado.
Cuando Javier cumplió siete años empezó a visitar más seguido a Ángel.
Y la primera vez que realmente entendió dónde estaba su padre… fue duro.
Recuerdo ese día perfectamente.
Javier salió de la visita muy callado.
Karina iba sujetándole la mano.
Y cuando llegaron a la camioneta él preguntó:
—¿Mi papá es malo?
Karina se quedó congelada.
Pero respiró profundo y respondió:
—Tu papá hizo cosas malas… pero eso no significa que no te ame.
Javier bajó la mirada.
—Yo quiero que venga a casa.
Karina terminó llorando esa noche.
Porque todos queríamos lo mismo.
A los diez años, los niños ya no parecían tan niños.
Susana era inteligente, elegante y tenía un carácter idéntico al de Victoria cuando se molestaba.
Sabía perfectamente cómo conseguir lo que quería.
Y Javier…
Javier era prácticamente una versión joven de Ángel.
Misma mirada.
Misma manera de caminar.
Hasta el mismo tono serio cuando se enojaba.
Eso golpeaba fuerte a Karina algunas veces.
Pero aun así, jamás habló mal de Ángel frente a él.
Nunca.
Todo lo contrario.
Le mostraba fotos.
Le contaba historias.
Le decía cómo era su padre antes de entrar al tombo.
—Tu papá era muy protector.
—Tu papá siempre defendía a su familia.
—Tu papá cometió errores, pero siempre te ha amado.
Y Javier escuchaba todo atentamente.
Una noche, mientras estábamos todos cenando en la mansión, Javier me preguntó algo que dejó la mesa en silencio.
—Tío Santiago… ¿mi papá algún día va a salir?
Miré a Karina.
Ella bajó la mirada.
Susana también guardó silencio.
Y yo respiré profundo antes de responder.
—Sí.
Javier levantó apenas una sonrisa.
—Porque quiero jugar fútbol con él algún día.
Karina se limpió una lágrima rápidamente.
Y en ese momento entendí algo:
durante diez años, Ángel estuvo encerrado…
pero nunca dejó de ser el papá de Javier.