Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 3
Revisé el precio de los pañales.
—Son trescientos pesos —respondí.
La pareja se miró entre sí durante unos segundos. Después de pensarlo un poco, decidieron llevárselos.
Los observé alejarse por el pasillo mientras acomodaba algunos productos que habían dejado fuera de lugar.
Cinco horas después ya estaba agotada.
Mis pies me dolían.
Mi espalda también.
A veces sentía que los días eran exactamente iguales unos a otros.
Trabajar.
Estudiar.
Dormir.
Y volver a empezar.
Habían pasado nueve años desde la muerte de Emilio.
Aún lo extrañaba.
Siempre lo haría.
Pero el dolor ya no era tan intenso como antes.
La depresión que alguna vez me consumió se había convertido en una cicatriz silenciosa.
Seguía ahí.
Solo que ya no sangraba.
Mis estudios eran en línea. Tomaba clases los lunes, miércoles y viernes. Me faltaba un año para terminar la carrera y otro más de prácticas profesionales.
Era difícil.
Pero cada materia aprobada me recordaba que estaba avanzando.
Que seguía viva.
Que seguía luchando.
—¡Israel!
La voz de Cristal me sacó de mis pensamientos.
Suspiré.
—¿Sí, supervisora?
—Se derramó un producto en el pasillo siete. Ve a limpiarlo.
—Voy.
Tomé el trapeador y el cubo con agua.
Cuando llegué, el líquido ya se había extendido por casi todo el suelo.
Comencé a limpiar en silencio.
El supermercado estaba más tranquilo a esa hora.
Solo se escuchaba la música suave que salía de las bocinas y el ruido lejano de algunos carritos.
Empujé el trapeador debajo de uno de los estantes.
Pero algo lo detuvo.
—¿Qué demonios...?
Intenté jalarlo una vez.
Dos veces.
Tres.
Nada.
Me agaché para ver qué estaba atorado.
Metí la mano debajo del estante.
Entonces sentí algo duro.
Retiré la mano de inmediato.
Por un segundo pensé que podía ser un vidrio roto.
O alguna pieza metálica.
Volví a mirar.
La curiosidad terminó ganándome.
Me arrodillé y estiré el brazo otra vez.
Mis dedos rozaron un objeto rectangular.
Lo sujeté con fuerza y lo arrastré hacia mí lentamente.
Cuando salió de debajo del estante, me quedé inmóvil.
Era un cuaderno.
Viejo.
Cubierto de polvo.
Las esquinas estaban desgastadas y la portada negra tenía varias marcas del tiempo.
Fruncí el ceño.
No parecía pertenecer al supermercado.
Lo limpié con la manga de mi uniforme.
Y entonces vi algo escrito con letras plateadas.
Mi corazón dio un pequeño salto.
En la portada solo había una frase.
"El diario de alguien más."
Por alguna razón, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Como si aquel cuaderno hubiera estado esperándome
Saqué el objeto de debajo del estante y lo observé mejor.
Era un libro de pasta dura.
Viejo.
Muy viejo.
La cubierta de cuero estaba desgastada por el tiempo y algunas esquinas estaban rotas.
Lo limpié con la manga del uniforme.
Justo cuando iba a abrirlo escuché unos tacones acercándose.
Cristal.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Si ella lo veía, seguramente me lo quitaría o lo tiraría a la basura.
Sin pensarlo demasiado, lo escondí detrás del cubo de limpieza.
Cuando llegó, cruzó los brazos.
—¿Ya terminaste?
—Sí, supervisora.
Observó el piso unos segundos.
—Más te vale.
Esperé a que se alejara y solté el aire que había estado conteniendo.
Tomé el libro rápidamente y lo guardé en mi casillero.
"No es robar", pensé.
"Estaba tirado y nadie lo quiere."
Me reí sola.
Después cerré la puerta del casillero y seguí trabajando.
El resto del turno pasó lento.
Como siempre.
Acomodé mercancía.
Respondí preguntas.
Limpié pasillos.
Y fingí sonreír.
A mitad de la tarde recibí una llamada.
Era Rosa.
No era exactamente una amiga, pero era una de las pocas personas que todavía me escuchaban.
La había conocido en un asilo donde yo solía ir cuando me sentía sola.
Hablar con los ancianos me daba una paz que no encontraba en ningún otro lugar.
Escucharlos contar sus historias hacía que mis problemas parecieran menos pesados.
Cuando terminé mi jornada laboral fui al casillero por mis cosas.
Tomé el libro.
Lo metí en mi bolsa.
Y salí del supermercado.
El sol comenzaba a ocultarse.
Esperé el camión mientras escuchaba música con mis audífonos.
Miraba por la ventana mientras la ciudad avanzaba lentamente frente a mí.
Y como siempre, terminé pensando demasiado.
Pensando en por qué la vida era tan injusta con algunas personas.
Pensando en mis padres.
Pensando en Emilio.
Pensando en todas las cosas que nunca tuve.
¿Cómo habría sido mi vida si mis padres me hubieran querido?
¿Cómo habría sido mi vida si Emilio siguiera aquí?
Sonreí con tristeza.
Mi dulce niño de cabello claro.
A veces seguía imaginando cómo sería verlo aparecer por una esquina y decirme que todo había sido una broma.
Pero las personas no regresan.
Por mucho que las extrañemos.
Cuando llegué a mi casa abrí la puerta.
Era pequeña.
Muy pequeña.
Pero era mía.
Y eso era suficiente.
Lo primero que se veía era la cocina.
Tenía una estufa vieja, un refrigerador pequeño y algunos utensilios acomodados cuidadosamente.
Junto a ella estaba la sala.
Un sillón gris que había encontrado abandonado años atrás.
Lo había limpiado, reparado y dejado como nuevo.
Frente a él había una mesa de madera desgastada.
Una televisión pequeña descansaba sobre un mueble antiguo.
A un lado se encontraba un librero lleno de apuntes, cuadernos y libros de arquitectura.
El resto del departamento era igual de sencillo.
Paredes blancas.
Detalles negros.
Algunas plantas.
Decoraciones compradas en mercados de segunda mano.
Y fotografías que nunca colgué.
Mi habitación estaba al fondo.
Una cama individual.
Un escritorio lleno de maquetas.
Planos.
Lápices.
Reglas.
Y el baño, que se encontraba conectado directamente a mi cuarto.
No tenía mucho dinero.
Pero siempre había tenido buen gusto para decorar.
Me gustaba que las cosas se vieran bonitas.
Aunque fueran sencillas.
Aunque fueran viejas.
Dejé mis cosas.
Me bañé.
Me puse un short corto y un top cómodo.
Después fui a prepararme un sándwich.
Mientras comía frente al televisor, una idea cruzó mi mente.
El libro.
Lo había olvidado.
Me levanté inmediatamente.
Busqué dentro de mi bolsa.
Y ahí estaba.
Esperándome.
Me senté en el sillón.
La lluvia comenzaba a golpear suavemente las ventanas.
Todo estaba en silencio.
Abrí la cubierta de cuero.
Las páginas estaban amarillentas.
Olían a tiempo.
A recuerdos.
A historias olvidadas.
Pasé la primera hoja.
Y encontré una frase escrita a mano.
Mi corazón se aceleró.
"Si estás leyendo esto, significa que yo ya no estoy aquí."
Fruncí el ceño.
Seguí leyendo.
"No sé quién eres.
No sé cómo encontraste este diario.
Tal vez seas un extraño.
Tal vez alguien que me conoció.
O tal vez la única persona que realmente necesitaba leer estas palabras.
Si llegaste hasta aquí, te pido algo.
No me juzgues.
Porque las personas siempre creen conocer una historia cuando apenas han leído una página.
Y la mía comenzó mucho antes de lo que imaginas."
Tragué saliva.
No sabía por qué.
Pero tenía la sensación de que aquel diario iba a cambiar mi vida.
Y apenas había leído la primera página.