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¿Te Amo O Te Odio?

¿Te Amo O Te Odio?

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 11: La puerta que nunca debió abrirse

Mauricio permaneció de pie frente a la cama, con la llave aún entre los dedos.

El metal estaba frío.

Demasiado frío para una noche cálida.

La observó bajo la luz tenue de la lámpara, como si pudiera encontrar en ella una explicación lógica a todo lo que estaba ocurriendo. Pero la lógica llevaba días abandonándolo.

La nota seguía allí, sobre la colcha.

“La verdad está donde nadie se atreve a entrar.”

Repitió la frase en su mente.

Una vez.

Dos veces.

Y entonces lo supo.

No era una advertencia.

Era una invitación.

Se pasó la mano por el rostro, exhausto, intentando ordenar las piezas del rompecabezas. La fotografía de su abuelo con Lucía. El nombre de la madre de Celina. La reacción de Don Augusto en el hospital. Y ahora… esta llave.

Demasiadas coincidencias para ser casualidad.

Se puso la chaqueta sin pensarlo más.

No podía esperar al día siguiente.

No podía seguir viviendo con preguntas.

Salió del cuarto en silencio, atravesando el pasillo oscuro de la mansión Montenegro. Cada paso resonaba suavemente sobre el mármol, como si la casa misma lo estuviera observando.

El silencio era extraño.

Denso.

Como si la mansión supiera lo que él estaba a punto de hacer.

Bajó las escaleras hasta el ala más antigua de la residencia.

Allí el aire era distinto.

Más pesado.

Más frío.

Las paredes parecían conservar recuerdos que nadie quería tocar.

Frente a él, al final del pasillo, estaba la puerta.

Oscura.

De madera maciza.

Con una cerradura antigua.

El despacho privado de Don Augusto.

Cerrado desde hacía más de veinte años.

Nadie entraba allí.

Nadie excepto él.

Y ahora… Mauricio.

Se detuvo frente a la puerta.

Su respiración se aceleró ligeramente.

Por un instante, pensó en volver atrás.

Pero entonces recordó la mirada de Celina.

La forma en que su voz tembló al pronunciar el nombre de su madre.

Lucía.

Insertó la llave.

El metal encajó perfectamente.

Un clic seco rompió el silencio.

Y el mundo cambió.

La puerta se abrió lentamente, como si hubiese estado esperando ese momento durante años.

El olor a madera vieja y papel cerrado lo envolvió de inmediato.

Mauricio entró.

Encendió la luz.

Y se quedó inmóvil.

El despacho estaba intacto.

Demasiado intacto.

Libros perfectamente ordenados.

Un escritorio de caoba cubierto con documentos antiguos.

Un reloj detenido en una hora específica.

Todo parecía congelado en el tiempo.

Como si Don Augusto hubiera salido de allí una tarde… y nunca hubiera regresado.

Mauricio avanzó despacio.

Cada objeto parecía tener peso propio.

Se acercó al escritorio y comenzó a revisar.

Papeles legales.

Cartas sin enviar.

Registros antiguos de empresas familiares.

Pero nada parecía responder a sus preguntas.

Hasta que lo vio.

Un cajón.

Sellado con una pequeña cerradura adicional.

Distinta a la de la puerta.

Más reciente.

Alguien había intentado ocultar algo dentro del propio secreto.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Qué escondes aquí? —murmuró.

Probó abrirlo, pero estaba cerrado.

Su mirada volvió a la llave.

No era la de la puerta.

Era otra cosa.

Una pieza de algo más grande.

Registró el despacho nuevamente, esta vez con más atención.

Y entonces encontró lo que buscaba.

Detrás de una estantería ligeramente desplazada había una pequeña caja metálica.

Sin cerradura visible.

Solo una ranura.

Insertó la llave.

Encajó.

Otra vez ese sonido.

Clic.

La tapa se abrió.

Dentro había un sobre.

Viejo.

Desgastado.

Con el nombre escrito a mano.

“Lucía”.

El corazón de Mauricio golpeó con fuerza en su pecho.

Durante unos segundos no se movió.

Solo miró el nombre.

Como si al tocarlo pudiera alterar algo irreversible.

Finalmente lo abrió.

Dentro había varias hojas.

Cartas.

Y una fotografía.

Mauricio la tomó primero.

Era Lucía.

La madre de Celina.

Joven.

Sonriente.

Pero no estaba sola.

A su lado estaba Don Augusto.

Y detrás de ambos… una tercera persona.

Una mujer mayor.

Con expresión severa.

La imagen no parecía feliz.

Parecía… tensa.

Forzada.

Mauricio pasó a las cartas.

La primera comenzaba con una fecha de hace más de veinte años.

“Lucía, esto no puede continuar. Si alguien descubre la verdad, todo lo que hemos construido se vendrá abajo.”

Mauricio sintió un escalofrío.

Siguió leyendo.

“Celina no debe saber nada. Es mejor así.”

Las palabras se le clavaron en la mente.

Celina.

Su nombre allí.

En ese pasado oculto.

Continuó.

“Prometo protegerla desde lejos. Es lo único que puedo hacer ahora.”

Mauricio dejó caer una de las hojas sobre el escritorio.

Su mente empezó a conectar puntos demasiado rápido.

Demasiado peligroso.

Se escuchó un ruido detrás de él.

Se giró de inmediato.

Nada.

Solo el pasillo vacío.

Pero no estaba solo.

Lo sentía.

Guardó los documentos rápidamente en el sobre.

Y entonces lo vio.

Una carpeta que no había notado antes.

Debajo del escritorio.

La abrió.

Dentro había recortes de periódico.

Fotos.

Y un nombre repetido una y otra vez.

“Valentina Ríos.”

Mauricio apretó la mandíbula.

La misma mujer de la fotografía que Inés tenía.

La misma que había estado con él años atrás.

—¿Qué estás haciendo aquí…? —susurró.

Pero no era una pregunta para nadie en particular.

Era para todo.

Para el pasado.

Para la familia.

Para la mentira.

De pronto, un sonido metálico lo hizo girarse nuevamente.

Esta vez no era el viento.

Alguien estaba afuera del despacho.

La sombra apareció en el umbral.

—Te advertí que no entraras aquí —dijo una voz femenina.

Mauricio entrecerró los ojos.

Inés.

Entró lentamente, como si ya supiera lo que encontraría.

—Has sido muy imprudente —añadió ella, mirando el sobre en sus manos.

—¿Tú dejaste la llave?

Inés sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Demasiado tranquila.

—No solo la llave.

Mauricio dio un paso hacia ella.

—¿Qué sabes de todo esto?

Inés inclinó la cabeza, observándolo.

—Sé lo suficiente para entender que estás a punto de destruirlo todo.

—¿Destruir qué exactamente?

Ella miró el despacho.

Los documentos.

Las fotos.

El pasado.

—Tu vida, Mauricio.

El silencio se volvió pesado.

Inés dio un paso más.

—Y la de Celina.

Aquellas palabras fueron las que más lo golpearon.

—No la metas en esto.

—Ya está dentro.

Mauricio sintió cómo la rabia comenzaba a subir.

—Explícate.

Inés lo observó durante unos segundos.

Luego habló con calma.

—Lucía no era solo la madre de Celina.

Pausa.

—Era la pieza clave de algo que tu abuelo intentó enterrar hace décadas.

Mauricio apretó el sobre.

—¿Qué tipo de secreto?

Inés lo miró directamente a los ojos.

—Un secreto que explica por qué ustedes dos no deberían haberse casado jamás.

El aire se volvió más frío.

Y por primera vez, Mauricio sintió miedo real.

No por él.

Sino por Celina.

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