🌙 LOS NOCTARYS 🌙
Libro I: Marcada por la Luna Negra
La noche de su cumpleaños número dieciocho, Ayla descubre una marca imposible en su piel.
Una marca que la señala como parte de una raza antigua que jamás debió existir.
Los Noctarys.
Nacidos de la oscuridad de una estrella caída, ocultos entre los humanos durante siglos y condenados por una profecía que podría destruir su mundo.
Cuando Ayla conoce a Kael, el misterioso heredero de los Noctarys, algo despierta entre ellos.
Una conexión imposible.
Un destino escrito mucho antes de que nacieran.
Pero la profecía es clara:
Si el heredero y la marcada se enamoran, la Luna Negra despertará... y todo aquello que aman desaparecerá.
Entre secretos, traiciones, poderes prohibidos y una guerra que se acerca, Ayla deberá decidir si está dispuesta a desafiar al destino.
Porque algunas historias de amor están destinadas a salvar un mundo.
Y otras...
A destruirlo.
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Capítulo 17: El Pacto de las Almas
El Reino de los Noctarys quedó sumido en un silencio aterrador.
Las palabras de Elyon seguían resonando en el aire.
"Corran... porque el Devorador de Historias ha regresado."
Nadie se movía.
Ni los Noctarys.
Ni los Umbrarys.
Ni siquiera el viento parecía atreverse a cruzar el campo de batalla.
Las tres lunas permanecían ocultas tras el Eclipse.
Y los enormes ojos dorados seguían observándolos desde el cielo.
Ayla sintió que su cuerpo temblaba.
No por miedo.
Sino porque una fuerza desconocida despertaba dentro de ella.
La marca de su muñeca brillaba cada vez con más intensidad.
Pequeños hilos de luz violeta recorrían su brazo hasta llegar a su corazón.
Entonces escuchó una voz.
No provenía del cielo.
Ni del Árbol del Origen.
Era una voz dentro de ella.
—El tiempo se está acabando...
El Devorador descendió lentamente.
No tenía una forma fija.
Su cuerpo cambiaba constantemente.
Por momentos parecía un hombre cubierto por un manto negro.
Después se transformaba en humo.
Luego en miles de sombras.
Era como si estuviera hecho de todas las pesadillas que alguna vez existieron.
Cuando apoyó un pie sobre la tierra...
Una parte del reino desapareció.
No explotó.
No se destruyó.
Simplemente dejó de existir.
Como si jamás hubiera estado allí.
Montañas enteras desaparecieron.
Bosques completos fueron borrados.
Los soldados observaron horrorizados.
No quedaban ruinas.
No quedaba polvo.
Solo un inmenso vacío.
—Está borrando nuestra historia...
Susurró Elyon.
Ayla sintió que el corazón dejaba de latir.
Aquello era mucho peor que una guerra.
Kael se colocó frente a ella.
Con la espada en la mano.
—No permitiré que se acerque.
Ayla lo tomó del brazo.
—No puedes detenerlo solo.
Kael sonrió.
Era una sonrisa cansada.
Pero sincera.
—Lo sé.
La joven sintió un nudo en la garganta.
—Entonces no me dejes sola.
Kael la miró fijamente.
Había esperado esas palabras durante incontables vidas.
Durante incontables ciclos.
Levantó lentamente una mano.
Y acarició el rostro de Ayla.
—Nunca pude hacerlo.
Ni una sola vez.
Narek observó la escena desde la distancia.
Por primera vez no había odio en su mirada.
Solo nostalgia.
—Siempre termina igual...
Murmuró.
Aradia caminó lentamente hacia él.
—No.
Esta vez es diferente.
—¿Por qué?
—Porque ella ya recuerda quién es.
Narek levantó la vista.
Y por primera vez en siglos...
Sintió esperanza.
El Devorador volvió a avanzar.
Con cada paso desaparecía una parte del mundo.
El cielo comenzaba a romperse.
Las estrellas se apagaban.
Las ramas del Árbol del Origen empezaban a marchitarse.
Elyon cerró los ojos.
—Ya no queda tiempo.
Solo existe una posibilidad.
Todos lo observaron.
El creador caminó lentamente hasta Ayla y Kael.
—Existe un antiguo ritual.
Más viejo que el propio Árbol.
Jamás volvió a realizarse.
Kael comprendió inmediatamente.
—No...
Elyon asintió.
—El Pacto de las Almas.
Ayla frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
Aradia respondió con voz suave.
—Dos almas...
Un solo destino.
El silencio volvió.
Kael dio un paso atrás.
—No pienso permitirlo.
Ayla lo miró sorprendida.
—¿Por qué?
Él respiró profundamente.
Le costaba hablar.
—Porque si hacemos el pacto...
Ya no existirán dos vidas.
Todo el dolor que sientas...
Yo también lo sentiré.
Si uno cae...
El otro caerá.
Si uno desaparece...
El otro desaparecerá.
La joven sintió que las lágrimas aparecían.
—Entonces estaremos juntos.
Kael cerró los ojos.
Aquellas palabras eran exactamente las mismas que Ayla había pronunciado...
En el primer ciclo.
Y en el último.
Y en todos los demás.
Elyon levantó ambas manos.
Un círculo de luz apareció bajo los pies de Ayla y Kael.
Las antiguas runas comenzaron a iluminarse.
El Árbol del Origen extendió una de sus raíces hasta rodearlos.
Las hojas cristalinas comenzaron a caer lentamente.
Todo el reino observaba en silencio.
Ayla dio un paso hacia Kael.
Tomó su mano.
Él la sujetó con fuerza.
—¿Estás segura?
Ella sonrió.
—Por primera vez en mi vida...
Sí.
Las raíces comenzaron a envolver sus manos.
No las lastimaban.
Parecían abrazarlas.
La energía violeta recorría ambos cuerpos.
Sus corazones comenzaron a latir exactamente al mismo ritmo.
Uno.
Dos.
Tres.
Hasta que el sonido fue uno solo.
Una inmensa columna de luz atravesó el cielo.
Las tres lunas brillaron nuevamente.
El Eclipse retrocedió durante unos segundos.
Incluso el Devorador levantó la vista.
Sorprendido.
—No...
Eso es imposible.
La marca de Ayla desapareció.
Y en el mismo lugar apareció un nuevo símbolo.
Dos lunas unidas por una estrella.
Kael levantó lentamente su brazo.
La misma marca había aparecido en él.
El pacto estaba completo.
Ya no eran dos destinos separados.
Ahora compartían una sola alma.
El Devorador sonrió por primera vez.
Pero aquella sonrisa no transmitía alegría.
Transmitía peligro.
—Perfecto...
Ahora solo tendré que destruir una vida...
Para acabar con las dos.
Una inmensa ola de oscuridad descendió desde el cielo.
El suelo comenzó a romperse.
Los ejércitos prepararon nuevamente sus armas.
La batalla final acababa de comenzar.
Y mientras el viento sacudía el Reino de los Noctarys...
Kael miró a Ayla.
Ella lo miró a él.
Sin decir una sola palabra.
Los dos entendieron lo mismo.
Pasara lo que pasara...
Ya nunca volverían a separarse.
Continuará...