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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

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El semestre más oscuro Cap 17

Después de lo de mi padre, algo se rompió dentro de mí. No fue un golpe seco. Fue una grieta lenta, invisible, que se fue abriendo día a día sin que yo pudiera hacer nada para detenerla.

El semestre se volvió oscuro.

No empezó así. Las primeras semanas fueron normales: iba a clases, vendía tortas con mi madre, estudiaba hasta tarde frente a la computadora ruidosa. Pero poco a poco, las cosas empezaron a pesar más de lo normal. Levantarme por la mañana se volvió un esfuerzo titánico. El sol ya no me quemaba, pero me aplastaba. Era como si llevara una mochila invisible llena de piedras que nadie más podía ver.

Mi madre notó el cambio antes que yo.

—Hija, hace tres días que no estudiás —me dijo una noche, mientras yo miraba el techo desde la cama.

—Estudié —mentí.

—No. Te quedaste mirando la pared. La computadora ni la prendiste.

Me incorporé. Quise decirle que estaba bien, que solo estaba cansada, que al día siguiente me pondría al día. Pero las palabras no salían. En lugar de eso, sentí un nudo en la garganta y los ojos se me llenaron de lágrimas.

—No sé qué me pasa, mamá —susurré—. No tengo ganas de nada. Ni de estudiar, ni de vender tortas, ni de ver a Lucía. Ni de nada.

Mi madre se sentó a mi lado. Me abrazó. No dijo "todo va a estar bien". No dijo "es solo una racha". Dijo:

—A veces el cuerpo se cansa de remar. No es malo. Malo es quedarse quieto para siempre.

—¿Y cómo sé cuándo es suficiente descanso?

—Cuando el miedo a quedarte atrás sea más grande que el cansancio.

Esa conversación me dio aire para unos días. Pero no para el semestre.

Las faltas a clase empezaron a acumularse. Primero una por semana, después dos, después tres. Lucía me mandaba mensajes que yo leía y no respondía. "¿Dónde estás?", "El profesor preguntó por ti", "Te extraño . Los leía y sentía culpa, pero la culpa no era suficiente para levantarme de la cama.

El profesor Ricardo me escribió un correo. Era corto y directo: "Señorita Ramírez, su ausencia no pasa desapercibida. Si necesita hablar, mi oficina está abierta."

No fui.

Dejé de vender tortas. Mi madre salía sola con la canasta, bajo el sol, mientras yo me quedaba en casa mirando la computadora apagada. El ventilador en silencio. El monitor negro. El pasto verde escondido detrás de una pantalla que no prendía porque yo no tenía fuerzas para apretar el botón.

Una tarde, don Rafael tocó la puerta. Mi madre lo hizo pasar. Él me vio en la cama, con la pijama puesta a las cuatro de la tarde, el pelo sin peinar, la mirada perdida.

—¿La computadora se rompió? —preguntó.

—No —respondí.

—¿Entonces por qué no la usás?

—No sé.

Se quedó en silencio un largo rato. Después se sentó en la silla del comedor, cerca de mi cama, y dijo:

—Yo también tuve una época así. Cuando mi señora se murió. Me quedé en la cama tres meses. No comía, no salía, no hablaba. Mi hijo se fue al sur porque no soportaba verme así. Tal vez por eso no volvió.

Nunca le había escuchado hablar tanto. Nunca le había escuchado hablar de su mujer, de su hijo, de su dolor.

—¿Cómo salió? —pregunté.

—Un día me dio hambre. Literal. Tenía hambre de verdad, no de esas hambres tristes que se olvidan. Me levanté, fui a la cocina, me hice unos huevos. Al otro día barro la vereda. Y así, poco a poco. No es que se te pase de golpe. Es que un día te das cuenta de que sigues vivo.

Esa noche prendí la computadora. El ventilador rugió como siempre. La pantalla de pasto verde apareció. Abrí los apuntes. No pude leer más de dos páginas. Pero fue algo.

Al día siguiente, fui a clase. Llegué tarde, con la camisa arrugada, sin desayunar. Me senté en el fondo. Lucía me vio y se cambió de asiento para estar a mi lado.

—Pensé que habías muerto —susurró.

—Casi —respondí.

—No me hagas esas bromas.

No era una broma. Pero no se lo dije.

El profesor Ricardo me miró desde el frente. No dijo nada. Pero al final de la clase, me alcanzó en el pasillo.

—Señorita Ramírez, necesito que se quede.

Mi corazón se hundió. Pensé que iba a echarme de la materia, o a decirme que perdía la beca, o algo peor.

—Lo que está viendo —dijo, sin rodeos— es un cuadro depresivo. No soy médico, pero he visto muchos estudiantes pasar por esto. No es debilidad. No es falta de carácter. Es una enfermedad. Y se trata.

—Yo no puedo pagar un psicólogo, profesor.

—La universidad tiene asistencia gratuita. Hay un centro de salud mental para estudiantes. Nadie lo sabe porque nadie lo dice. Pero existe. Yo le voy a dar el número.

Me dio un papel con un teléfono. Lo guardé en la mochila. No lo usé hasta una semana después.

La primera sesión fue rara. Hablar con una desconocida sobre mi padre ausente, la plata que no alcanzaba, el miedo a perder la beca, el sol que me quemaba la espalda, la computadora que cualquier día iba a morir para siempre. La psicóloga se llamaba Laura. Tenía una voz suave y una paciencia infinita.

—¿Cuándo fue la última vez que hizo algo que no fuera estudiar o vender tortas? —me preguntó.

—No me acuerdo.

—¿Alguna vez sale con amigos?

—Tengo una sola amiga. Y hace semanas que no la veo fuera de la facultad.

—¿Y su mamá?

—Mi mamá es mi compañera de tortas. No salimos juntas a ningún lado. No hay plata.

Laura asintió. Anotó algo en su cuaderno.

—Sofía, usted no está rota. Está agotada. Son cosas diferentes. Lo roto se reemplaza. Lo agotado necesita descanso.

Nadie me había dicho algo así. Siempre creí que el cansancio era un lujo que no podía permitirme. Que si dejaba de empujar un segundo, todo se derrumbaría.

Pero Laura tenía razón. Estaba agotada.

Empecé a ir a terapia todas las semanas. Al principio me costaba. Sentía que perdía tiempo que podía usar para estudiar. Pero Laura me enseñó que estudiar con la cabeza rota es como correr con una pierna fracturada. No se llega a ningún lado.

Poco a poco, muy poco a poco, empecé a salir del pozo. Volví a las clases regularmente. Retomé las ventas de tortas los fines de semana. Mi madre me veía mejor y eso la aliviaba, aunque nunca me dijo que había estado preocupada. Lo sabía por sus ojeras.

Una tarde, después de terapia, me senté frente a la computadora y escribí un cuento. No era para la facultad. Era para mí. Hablaba de una chica que caminaba bajo el sol con un teléfono que se apagaba. Una chica que vendía tortas y soñaba con una computadora. Una chica que, después de todo, seguía caminando.

Cuando terminé, leí lo que había escrito. No era bueno. Pero era mío. Y por primera vez en meses, sentí algo parecido a la alegría.

Esa noche le dije a mi madre:

—Creo que voy a salir de esta.

Ella me miró. Sonrió. Y siguió amasando.

Afuera, el sol se escondía. Adentro, la computadora rugía. Y yo, Sofía Ramírez, volvía a creer que el futuro existía.

No sabía que meses después vendría una tormenta mucho peor. Que dormiríamos con el miedo en el cuerpo. Que estaríamos a punto de tocar fondo.

Pero esa es otra historia.

Por ahora, solo sé que el semestre más oscuro terminó. Y que sobreviví.

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