En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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Las reglas del juego
Axel Von Lindberg no creía en las coincidencias. Las coincidencias eran el consuelo de los descuidados. Él creía en la estrategia, en el cálculo de alta precisión.
Por eso, al día siguiente, estacionó su deportivo a una calle de la facultad de Arte y llegó al pasillo exactamente cinco minutos antes de que terminara la clase de Liv. Ni un segundo más, ni un segundo menos. El tiempo exacto para parecer casual… pero jamás desesperado. Se apoyó contra la pared de piedra caliza, fingiendo revisar unos correos financieros que su padre le había enviado esa mañana con el asunto: "Vigilancia de rendimiento". Axel ni siquiera los leyó; bloqueó la pantalla y esperó.
Cuando las pesadas puertas de madera del aula se abrieron, el flujo de estudiantes comenzó a salir como una marea ruidosa: risas estridentes, conversaciones sobre marcas de moda y planes para el fin de semana.
Y entonces… apareció ella.
Tenía el cabello castaño cobrizo recogido a medias en un broche torcido, dejando que varios mechones rebeldes enmarcaran su rostro. Llevaba otro de sus suéteres enormes y el eterno cuaderno de cuero prensado contra el pecho. Caminaba con la cabeza ligeramente gacha, pasando desapercibida, invisible para la fauna superficial de la Universidad Internacional de París.
Invisible para todos. Excepto para él.
—Llegas tarde —soltó Axel, sin moverse de la pared, cruzando los brazos sobre su abrigo.
Liv se detuvo en seco, sobresaltada. Al verlo ahí, parpadeó un par de veces detrás de sus gafas, claramente descolocada por encontrarse al junior más codiciado del campus esperándola.
—¿Qué? —preguntó, desconcertada.
—Te esperé cinco minutos enteros, Liv. Mi tiempo es oro.
—¡Pero si yo no sabía que ibas a venir! —protestó ella, con una indignación tan genuina que a Axel le pareció adorable.
—Ahora ya lo sabes. El factor sorpresa es parte de mi encanto.
Liv lo miró fijamente, buscando la burla en sus ojos grises. Al no encontrarla, la rigidez de sus hombros disminuyó y una pequeña y tímida sonrisa apareció en las comisuras de sus labios.
—Eso fue sumamente raro, Von Lindberg.
—Me lo dicen muy seguido —respondió él, despegándose de la pared con una elegancia felina y acortando la distancia entre ambos.
—No me cuesta trabajo creerlo.
—Camina —ordenó él con suavidad, indicándole el pasillo—. Hoy tenemos clase.
—¿Clase? ¿De qué materia? No compartimos ningún taller.
—Clase de vida —sentenció Axel con suficiencia—. Tu plan de estudios actual es demasiado aburrido.
Liv soltó un suspiro dramático, pero sus pasos lo siguieron de manera instintiva mientras salían al patio frío.
—Esto suena cada vez peor. Siento que voy directo a una trampa.
—Confía en el proceso, cenicienta.
—No hay ningún proceso aquí.
—Claro que lo hay. Regla número uno de mi manual: a partir de hoy, no puedes decirle que no a todo lo que proponga.
Liv se detuvo un segundo y lo miró de reojo, entrecerrando los ojos.
—Eso no es una regla pedagógica, Axel. Eso es manipulación psicológica de manual.
Axel ensanchó su sonrisa de casanova, complacido.
—Ves cómo sí vas aprendiendo rápido.
Regla número uno: obligarla a decir que sí.
—No pienso seguir tu juego —dijo ella, retomando el paso.
—Ya fallaste la regla —dictaminó Axel, divertido.
—¡Pero si acabo de empezar!
—Exacto. Tu resistencia es francamente decepcionante, Liv. Esperaba más de ti.
Liv, frustrada por la retórica rápida del alemán, estiró la mano y le dio un pequeño golpe en el brazo. Fue un gesto espontáneo, desprovisto de la distancia social que normalmente separaba a una becada de un Von Lindberg. Axel se congeló un microsegundo por el contacto; nadie en su círculo se atrevía a ser tan extrañamente informal con él.
—Eres insoportable —murmuró ella, sonrojándose al darse cuenta de lo que había hecho.
—Y aun así, sigues caminando a mi lado —replicó él, bajando la voz.
Ella dudó, apretando más su cuaderno.
—Eso… no prueba nada.
—Lo prueba absolutamente todo.
Axel la guio a través de las calles de París hasta el Canal Saint-Martin, lejos de los cafés caros y pretenciosos del distrito de los juniors. La llevó a un establecimiento minúsculo, con mesas de madera desgastada y un aroma penetrante a canela y granos de café tostado. No era, ni de cerca, el tipo de lugar al que Axel Von Lindberg asistiría en Berlín o París. Pero era, indiscutiblemente, el tipo de lugar donde Liv florecía.
—Aquí… es realmente bonito —murmuró ella, maravillada por las hileras de luces cálidas que colgaban del techo y los estantes repletos de libros viejos.
—Lo sé —mintió él, acomodándose en una silla que crujió bajo su peso—. Tengo buen ojo.
—¿Vienes seguido? —preguntó Liv, quitándose el abrigo común para revelar un suéter tejido de color verde oliva.
—Vengo desde hoy.
Liv lo miró con una sospecha aguda, una mirada que escudriñó la perfecta fachada de Axel.
—Mientes con una facilidad que da miedo, ¿sabes?
—Gracias. Lo tomo como un cumplido a mis dotes diplomáticas.
—No era un cumplido, Axel. Las personas que mienten tan bien suelen esconder cosas peligrosas....
me gustó mucho