Valentina nunca fue suficiente.
Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.
Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.
Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.
A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.
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Capítulo 19
La luz del sol se deslizó despacio entre las cortinas de la habitación. Vale abrió los ojos con una sensación desconocida: calidez, ligereza, y enseguida vergüenza. Palpó el otro lado de la cama. Vacío. Solo quedaba la huella hundida en la almohada y el aroma de Mateo impregnado en las sábanas. Se incorporó despacio, se subió la cobija hasta el pecho y las mejillas le ardieron al recordar lo de esa mañana.
«Mateo...», murmuró, medio sonriendo, medio agachando la mirada. «¿Qué clase de castigo fue ese?»
En la mesita junto a la ventana, el teléfono vibró. Un mensaje:
"Ya me fui. Duerme otro rato. No te quedes pensando demasiado."
Vale suspiró, aliviada y azorada a la vez. Al borde de la cama, la muleta ya estaba recargada. Sonrió. «Hasta eso me dejó a la mano.»
Se levantó, tomó la muleta y caminó despacio al baño. El agua tibia la fue tranquilizando. Bajo el chorro, cerró los ojos y dejó que los pensamientos se despejaran. Se miró en el espejo: el rostro aún algo enrojecido, pero con un brillo nuevo que no se conocía. Una sonrisa se le escapó sin darse cuenta.
—¿Eh? ¿Qué es esto? —murmuró, tocándose el cuello y debajo de la clavícula.
Varias marcas rojizas que Mateo le había dejado. Recordó la succión intensa en esos puntos.
—Ah, así que así se hacen... —murmuró—. O sea que esas marcas rojas... no son mordidas, ¿verdad?
Había leído algún cómic romántico sobre marcas rojas en el cuerpo de la mujer. Se sonrojó de nuevo.
—Ya basta. Cada vez que pienso en anoche y en esta mañana, me muero de pena... —murmuró tocándose las mejillas—. Pero se sintió bien...
Ya arreglada, Vale se puso un gamis sencillo y un jilbab suave. Tomó la muleta y dio un paso firme. Un nuevo día la esperaba.
El Salón Rosario todavía no estaba concurrido cuando Vale llegó. La campanilla de la puerta tintineó. Aroma de fijador y perfume suave le dieron la bienvenida.
—Assalamu'alaikum, señora Rosario —saludó Vale.
—Wa'alaikum salam. Ah, Vale. Hoy vienes un poco tarde —respondió Rosario con una sonrisa.
—Disculpe. —Vale se sintió apenada.
—No te preocupes. Tu clienta todavía no llega.
Vale exhaló aliviada. —Perdón. Tuve un... asunto.
Rosario rio con suavidad. —Tranquila. Ve preparándote.
Vale comenzó a maquillar a su primera clienta, una joven que tenía una ceremonia de pedida de mano sencilla. Sus manos se movían con soltura, con esmero. Emparejar la base, dar un toque cálido a los ojos, un color delicado a los labios. Al terminar, la clienta se contempló largo rato en el espejo y sonrió de oreja a oreja.
—MasyaAllah (qué maravilla de Dios)... ¿esta soy yo? —los ojos le brillaban.
Vale sonrió. —Hermosa. Solo no se contenga la sonrisa.
—Sí. No me reconozco ni yo misma.
Vale amplió la sonrisa.
—El trazo es... suavísimo. No queda recargado, pero... no sé cómo decirlo... Estoy encantada.
—Alhamdulillah, me alegra que le guste —contestó Vale con alivio.
Los elogios siguieron llegando y le llenaron el pecho de calidez. Rosario observaba desde lejos y asentía satisfecha.
—¿Ves? Tienes un don para el maquillaje, Vale.
La campanilla volvió a sonar. Esta vez, quien entró dejó a Rosario boquiabierta.
—¿Gloria? —Rosario se acercó—. ¿Qué se te ofrece?
—Vengo a que me maquillen, por supuesto. —Gloria sonrió con amplitud, más amable que de costumbre—. Tengo una reunión social a mediodía. Quiero un maquillaje completo.
—Ah, claro, eso es fácil. —Rosario empezó a prepararse.
—Pero, oye, Rosario. No quiero contigo. Quiero que me atienda Vale.
Rosario le lanzó una mirada fugaz a Vale y se echó a reír. —Mira nada más, ya te enganchaste con Vale al grado de despreciar a tu propia cuñada —bromeó con un mohín—. Fíjate, Vale. Ya me estás quitando el puesto.
—No, señora Rosario, todavía me falta mucho por aprender —se excusó Vale con modestia.
—Ay, ya deja la falsa humildad. Apúrate, maquilla a mamá. —Gloria lo dijo con naturalidad mientras se sentaba. A Rosario le pareció raro que se llamara a sí misma "mamá" delante de Vale, pero no quiso darle importancia; supuso que Gloria estaba demasiado contenta y se le había escapado.
Vale comenzó a maquillarla. Gloria le robaba miradas de vez en cuando.
«Hmm, es bonita incluso sin maquillaje, la piel la tiene limpia. Y es tan amable...», pensó Gloria. Abrió la conversación:
—¿Ya llevas un año con Rosario?
—Sí, señora. Más o menos un año.
—Eso... ¿qué le pasó a tu labio?
—¿Eh? —Vale se tocó los labios.
—¿Te picó una abeja?
Vale se puso colorada al instante. —Jeje, sí, señora. Una abeja macho.
Gloria soltó una carcajada estruendosa. Rosario se sobresaltó y luego meneó la cabeza.
Gloria empezó a preguntar de todo: sobre la casa de Vale, su familia, hasta sobre la pierna que la hacía cojear.
Rosario, ocupada en otra mesa, echaba vistazos de vez en cuando, extrañada.
—Ah, entonces tu pierna fue por un accidente hace dos años —comentó Gloria con voz dulce.
Vale sonrió apenas. —Sí, señora.
—¿No le guardas rencor a quien te atropelló? —Gloria asintió despacio.
Vale bajó la mirada. —Ya pasó mucho tiempo. Todo sucede por una razón, aunque yo todavía no la entienda. Es cierto que ya nada es fácil, pero es mi destino, señora Gloria.
Gloria la observó a través del espejo. —Te pregunto si no guardas rencor, Vale.
Vale agachó la cabeza. —No, señora. Ya lo acepté con ikhlas (aceptación sincera, sin rencor).
La joven sonrió, y esa sonrisa hizo que algo se estremeciera dentro de Gloria.
—Ejem... Esa casa donde vives... ¿es de tu esposo?
Vale asintió.
Rosario se sobresaltó. —¿Cómo? ¿Esposo? ¿Ya te casaste, Vale?
Vale giró, azorada.
—Eh... sí, señora Rosario.
—Vale, ¿cómo es que no me dijiste nada?
—Perdón. Fue de repente. Ni siquiera hicimos fiesta.
—¿De repente? ¿No lo tramitaron antes?
Vale negó con la cabeza. —Fue un nikah siri (matrimonio islámico no registrado civilmente).
Rosario se quedó callada un momento. —Regístralo, Vale. No aceptes un nikah siri. Tiene que ser oficial, ante la ley. Piensa en sus futuros hijos, hasta para inscribirlos en la escuela van a tener problemas.
—Sí, señora. Gracias. Pero estoy bien así.
—Vale... —Rosario se preocupó. Aunque solo fuera su jefa, le importaba de verdad.
—Mi esposo es buena persona.
—Bueno al principio, porque quiere algo. ¿Y si resulta que ya está casado o es un hombre de mala fe?
—¡Ejem! —de pronto Gloria carraspeó con fuerza. Le molestó bastante que llamaran a su hijo hombre de mala fe.
—¿Qué te pasa? —preguntó Rosario, desconcertada.
—¿Quiere un poco de agua, señora Gloria? —ofreció Vale, pensando que tal vez se le había secado la garganta.
—Sí, se me atoró algo de repente.
—Le traigo agua. —Vale fue al dispensador.
Rosario miró a su cuñada con extrañeza. «¿Por qué tiene esa cara de indignación? Como si le hubieran dicho algo imperdonable», pensó.
—Aquí tiene, señora. —Vale le entregó un vaso de agua tibia a Gloria.
—Gracias, Vale.
Gloria se contempló en el espejo, satisfecha con el resultado. —Quedó precioso. Me encanta. No me decepcionas.
Después de despedirse, Gloria se marchó radiante. Rosario se acercó a Vale.
—Vale, de verdad, no aceptes el nikah siri así nada más. Tienes que llevarlo a la oficina de registro civil.
Vale asintió tímidamente y sonrió. Para ella, Mateo ya era más que suficiente; no quería pedirle más.
—Y, a todo esto, Vale, ¿quién es tu esposo? —preguntó Rosario con curiosidad.
Vale rio bajito. —Un conductor de mototaxi, señora. Es buena persona.
Rosario se rio, meneando la cabeza. —Si de verdad fuera bueno, no se habría casado contigo por nikah siri, Vale.
—Fue porque yo tenía que irme de esa casa. Mi madre llamó a mi esposo y él llegó y se casó conmigo de inmediato. No hubo tiempo de tramitar nada.
Rosario, que conocía bien la situación de Vale en aquella casa, solo pudo soltar un suspiro. Le frotó el brazo con cariño. —Al menos ya no estás allá. Eso es lo bueno.
Vale asintió con una sonrisa más sincera.
—Pero, aun así, tienes que registrarlo.
Vale sonrió más ampliamente; sabía cuánto la quería Rosario. —Sí, señora. InsyaAllah (si Dios quiere).
El teléfono de Vale vibró. El nombre de Mateo apareció en la pantalla. Contestó.
—¿Mateo? —su voz era suave.
—¿Dónde estás? —preguntó él.
—En el salón. ¿Pasa algo?
—Paso por ti. ¿A qué hora sales?
—Te aviso luego.
Mateo aceptó. Vale colgó con una sonrisa.
Al caer la tarde, Mateo esperaba frente al edificio de la oficina, mirando el reloj. Vale seguía trabajando. Recordó a su esposa limpiando la casa alquilada ella sola y no tuvo corazón para quedarse de brazos cruzados. Cambió de rumbo hacia la casa principal.
—Qué raro que te acuerdes de venir, Mateo —lo picó Gloria.
—Si fuiste tú la que me mandó llamar, mamá.
—¿Y Vale? ¿No la trajiste? —preguntó Eduardo, apareciendo detrás de Mateo. También acababa de llegar del trabajo.
—No, todavía está trabajando —respondió Mateo con desenfado.
—Y todavía la pones a trabajar. Aprende de papá: tu mamá bien relajada en casa.
—¿Quieres que trabaje, Eduardo? —preguntó Gloria.
—No —contestó Eduardo de inmediato.
—Ya después haré que Vale se quede en casa también, papá. Pero ahora hay algo urgente.
—¿Qué?
Mateo sonrió y se sentó en la sala principal.
—Necesito algunos empleados especiales.
Eduardo y Gloria arquearon las cejas. —¿Empleados especiales?