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Pensamientos A Un Amor Prohibido

Pensamientos A Un Amor Prohibido

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Amor eterno
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Paula Nuñez

Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible

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La traición del silencio

La traición del silencio

El timbre de la última clase sonó como un eco lejano, un sonido que apenas logré procesar. El aula estaba envuelta en un bullicio constante, pero yo permanecía estática en mi asiento, con el pecho oprimido por una angustia que ninguna comida podría calmar. Mi teléfono vibraba incesantemente sobre la mesa; la pantalla se iluminaba con las llamadas perdidas y los mensajes de Ji-hoon, preguntando por qué no había aparecido en el punto de encuentro acordado. Los ignoré todos, sintiendo un vacío gélido al recordar la escena que mis ojos habían tenido la desgracia de presenciar durante el descanso.

Había visto a mi mejor amiga acercarse a él con una timidez que nunca le había conocido, entregándole un sobre con una delicadeza que me resultó insoportable. Y lo que más me destrozó, lo que hizo que mis cimientos se tambalearan, fue ver cómo él, después de leer el contenido, no la rechazó con su habitual frialdad. En lugar de eso, la aceptó y le dedicó una sonrisa que jamás me había regalado a mí cuando las cámaras de nuestros padres no estaban presentes.

La puerta del salón se abrió y ella entró. Nuestras miradas se cruzaron por un segundo, pero ella desvió la vista de inmediato, con las mejillas teñidas de un rojo delatador. La rabia me quemaba por dentro, pero era una rabia teñida de una tristeza infinita. ¿Cuánto tiempo llevaba ocultándolo? ¿Cómo se atrevió a llamarse mi mejor amiga mientras anhelaba en secreto al hombre que ya se había convertido en mi dueño y mi verdugo?

Pasé el resto de la jornada en un estado de sonambulismo. Mi mente era una galería de horrores donde se proyectaban escenarios en los que él la besaba a ella con la misma pasión con la que, apenas ayer, me reclamaba como suya. Cuando finalmente salí del instituto, otro mensaje apareció en mi móvil: "Tengo práctica, espérame para que nos vayamos juntos". Mis dedos, temblorosos de ira, escribieron una respuesta seca: "No, tengo hambre, nos vemos en casa".

Caminé las calles de vuelta a casa sintiendo que cada paso me alejaba más de la cordura. Al llegar, mi madre me ofreció comida, pero mi estómago estaba cerrado. Me encerré en mi habitación y me dejé caer contra la puerta, sollozando en un silencio forzado, evitando que mis padres escucharan el desmoronamiento de mi mundo.

Horas después, unos golpes suaves en la madera me hicieron saltar.

—Hana, ¿estás ahí? Tenemos que hablar, por favor —era su voz. El sonido de su nombre me provocó un escalofrío que no sabía si era deseo o rechazo.

Abrí la puerta y ahí estaba él, con esa mirada que tenía la capacidad de volverme loca y destruirme al mismo tiempo. Al verme, levantó una mano hacia mi rostro, pero mi reacción fue instintiva. Me alejé un paso, gritándole con la mirada lo que mi voz aún no se atrevía a confesar:

—¡No me toques! —espeté. Mis ojos ardían, cargados de una pena que se desbordaba en lágrimas silenciosas.

—¿Qué te pasa, Hana? No entiendo nada —dijo, con una frustración que me pareció una burla—. Te esperé toda la hora y no apareciste. Te pedí que me esperaras y me ignoraste.

—¿No perdiste tu tiempo? —pregunté con un sarcasmo amargo—. Porque vi a alguien más que sí estuvo dispuesta a dártelo.

Ji-hoon frunció el ceño. —¿De qué diablos hablas?

—Te vi —grité, bajando el tono solo por la advertencia de que mis padres seguían abajo—. Te vi con ella cuando te entregó esa carta. La aceptaste, Ji-hoon. No me mientas.

—Hana, déjame explicarte...

—¡No quiero ninguna explicación! —el grito salió desgarrado de mi garganta—. ¡No quiero nada de ti! Me usas para tus placeres cuando estás solo en casa, cuando quieres sentirte dueño de algo, pero luego sales a buscar algo "apropiado" allá afuera.

Él dio un paso hacia adelante, con los ojos oscureciéndose de ira. —Baja la voz, Hana, papá y mamá están abajo.

—¡¿Y qué?! —mi enojo era un incendio incontrolable—. ¿Quieres que yo sea la que se queda esperando en casa mientras tú sales a jugar con otras mujeres? ¿Es eso? ¿Quieres una muñeca de trapo que no haga preguntas?

Él me miró con una frialdad que me congeló el corazón. —Hana, fue un malentendido. No te equivoques.

—No quiero verte, ni quiero oírte —dije, sintiendo que algo dentro de mí se rompía definitivamente.

Ji-hoon se acercó a mí, y esta vez no era el amante apasionado, sino el hombre cruel que se sentía herido en su orgullo. —Hana, fuiste tú la que no llegó. Te llamé, te envié mensajes, intenté ser paciente. Pero, ¿por qué mierda te comportas como una niña tan inmadura? Me sacas de mis casillas con tu absurdo drama. Si vas a comportarte así, no te quejes de lo que sucede cuando no estás cerca. Eres desesperante.

Sus palabras fueron cuchillos que me atravesaron el alma. —No me vuelvas a hablar jamás. No soy tuya, Ji-hoon. No soy de nadie —dije, cerrando la puerta en sus narices con toda la fuerza de mi desolación.

Me encerré y me metí bajo la ducha, dejando que el agua hirviendo golpeara mi cuerpo, buscando inútilmente aliviar el dolor que me quemaba la piel. Pero nada servía.

A la mañana siguiente, mientras intentaba reconstruir mis pedazos, el foro del instituto se iluminó con una noticia que corrió como la pólvora. Una fotografía, capturada en el patio durante el recreo, mostraba a Ji-hoon aceptando la carta de mi amiga. El titular, cínico y directo, remataba mi agonía: "Al final, alguien ya ha robado el corazón del rompecorazones".

Mis ojos se nublaron al leerlo. El juego había cambiado, y la intriga apenas comenzaba a mostrar sus fauces. ¿Era realmente un malentendido, o me había convertido finalmente en un estorbo para su vida perfecta? Las piezas estaban sobre la mesa, y el silencio de Ji-hoon en el pasillo, al cruzarme con él camino al colegio, me confirmó una verdad aterradora: el incendio apenas estaba comenzando.

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