El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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Sangre por sangre.
Hay verdades que solo se escriben con filo. Y hay mujeres que no esperan a que las salven.
Sótano. Kilómetro 42, A-42.
Huele a humedad, a hierro y a vodka barato. El que suda Marco desde hace siete días. El que Stefan se echa en las manos para no dejar huellas.
Elena está atada. Muñecas en carne viva. Pero la mente fría. Siempre fría. La Loba no muere atada. La dama piensa.
La esclava de oro de 18k. Regalo de Dragan la mañana de la boda. “Para que no olvides que eres mía aunque estés lejos”.
Dos vueltas, cierre de rosca. Y un secreto: pequeño compartimento dentro del cierre. Lima de uñas. 3 cm. Suficiente.
Lleva 20 minutos rozando la cuerda. Disimulando temblores. Escuchando a Stefan pasearse. Escuchando a Marco balbucear por el altavoz como un fantasma borracho.
Stefan se acerca. Le pone la pistola
—Glock 19, pavonada— en la sien. Fría. -Tu serbio viene de camino, lepotice.
¿Quieres despedirte de él? Le mando tu oreja primero o un dedo-
Elena levanta la cara. Labio partido. Ojo morado. Pero sonrisa de Madrid. De juicio ganado.
-Mejor mándale esto-, susurra.
Y se mueve.
La cuerda cede. Un segundo. Un milagro. La mano derecha queda libre. La esclava sigue en la muñeca. Gira el cierre. La lima cae en su palma. No corta piel. Corta tiempo.
Se lanza contra la mesa. Donde Stefan dejó la Glock para encender un puro. Estúpido. Confiado. Creyó que una abogada atada no era peligro.
Elena no dispara. Aún no. Primero hay que igualar.
Agarra la Glock. El retroceso le rompería la muñeca si no supiera. Pero sabe. Maldivas le enseñó. Lo bueno que quedó es que Marco le enseñó.
“Nunca apuntes si no vas a matar, Elena”.
Stefan se gira. Tarde.
Un...Bang.
Un solo tiro. Cerca. Sin silenciador. El sótano ruge.
La bala entra por el ojo izquierdo de Stefan Janković. El que no tenía cicatriz. Ahora tiene agujero. Grita. No muere. Los cobardes tardan en morir. Se lleva las manos a la cara. Sangre, gelatina, hueso. Aúlla como cerdo en Bor.
-¡Marco!-, berrea, cayendo de rodillas.
-¡Está suelta! ¡La puta está suelta!-
Elena no lo remata. No puede. Las fuerzas se van. El sedante, la sangre, el corazón roto por Carmen y Lucía. Se apoya en la pared. Glock temblando en la mano. Dos balas quedan.
La puerta del sótano revienta.
Marco.
No por el altavoz. En persona. Por fin. Siete años de mentiras, de fotos en Maldivas, de “te amo” con la mano en otra.
Está peor que Stefan. Barba de una semana. Ojos rojos. Camisa llena de vómito y de algo peor. Cuchillo de caza en la mano. 20 cm. El que usaba para abrir cartas. El que usó con Carmen. Con Lucía.
La mira. Y por un segundo, Elena ve al chico de la universidad. El que le llevó flores cuando ganó su primer caso.
Se le pasa.
-¿Ibas a dejarme, Elena?-, escupe.
Avanza. -¿Por el serbio? ¿Por el asesino? Yo te hice. Sin mí eres nadie-.
Levanta el cuchillo.
Elena intenta apuntar. El pulso falla. La Glock pesa 1 tonelada.
Y entonces el infierno entra.
La puerta trasera —acero, tres cerrojos— no se abre. Desaparece.
Carga C4. Controlada. Limpia. Milomir hace bien su trabajo.
El humo no se disipa cuando Dragan cruza.
No lleva chaqueta. Camisa blanca. Ahora roja. No toda es suya. Pelo corto pegado por sangre. Mecha gris, negra. Ojos de 1999. De Kosovo. De Bor. De hermano que entierra a hermano.
Ve a Stefan en el suelo, chillando, media cara menos. No le importa.
Ve a Marco con el cuchillo a 2 metros de Elena. Eso sí le importa.
No habla. No advierte. Razumeš ya lo dijo en Belgrado.
Bang. Bang.
Dos tiros. Stechkin APS. Automática. Pero él dispara en semiauto. Preciso. Cirujano.
Uno. Rodilla derecha de Marco. Hueso, cartílago, sueño. Se dobla.
Dos. Mano derecha. La del cuchillo. Dedos, tendones, pasado. El cuchillo cae.
Marco aúlla. Más que Stefan. Porque Marco sí sabe que esto es el fin.
Elena ve el cuchillo en el suelo. Lo ve a él. A Dragan. A 5 metros, viniendo por ella.
Y ve a Marco, de rodillas, llorando, sangrando, extendiendo la mano izquierda hacia ella.
“Elena, por favor, tú no... tú no eres como él...”.
La dama, la abogada decide.
Se tira al suelo. No a los brazos de Dragan. Aún no.
Al cuchillo.
Lo agarra. Con las dos manos. Porque pesa. Porque es justicia. Porque es Carmen diciendo “hija, corre”. Porque es Lucía diciendo “hermana, vive".
Se arrastra hasta Marco. Él levanta la cara. Ve a su mujer. A su ex. A su fantasma.
“No...”, susurra.
Elena le pone la mano libre en la mejilla. Como hacía cuando lo amaba. Como hizo Dragan con ella en Serbia. Marca. Despide.
“Sí”, contesta. Y es la primera verdad que le dice en siete años. “Soy como él. Soy peor. Porque yo sí te quise”.
Corta.
No apuñala. Corta. De lado a lado. Yugular. Tráquea. Mentiras.
Lento. Para que sienta. Para que sepa. Para que se vaya sabiendo que La abogada aprendió a defenderse.
La sangre salta. Caliente. Suya. De Carmen. De Lucía. Cae en la esclava de oro. La bautiza.
Marco se ahoga en su nombre. _“Ele...”_. No termina. Nunca terminaba las frases cuando importaban.
Cae.
Elena se queda de rodillas. Con el cuchillo. Con la sangre. Con el silencio.
Y entonces llora.
No gime. No grita. Llora como llora Belgrado en noviembre: en silencio, sin parar, hasta inundar.
*Dragan llega.*
Patea la Glock lejos. Patea a Stefan, que sigue gimiendo. Le pone la bota en el cuello. Una presión. Crujido. Silencio. Belgrado cobra deudas.
Luego se arrodilla. Frente a ella.
No la toca aún. La mira. A su moja žena. Rota. Sangre ajena y propia. Cuchillo en mano. Ojos de niña que acaba de matar al monstruo bajo la cama.
“Gotovo je, lepa”, dice. Se acabó, preciosa. Voz rota. Humana. “Ya está”.
Le quita el cuchillo. Con cuidado. Como si fuera de cristal. Lo tira. Elena grita, da escapar su dolor al ver al asesino de su madre y hermana, ella llora de impotencia y perdida... Dragan se quiebra al ver a su mujer tan vulnerable.
Y entonces sí la abraza.
La arranca del suelo. De la sangre. De Marco. La pega a su pecho. La camisa blanca ya no existe. Solo rojo. De Stefan. De Marco. De ella.
Elena se rompe del todo ahí. En su cuello. En su mecha gris. “Los mató, Dragane... mató a mamá... mató a Lucía... y yo... yo le...”.
“Shhh”, le besa el pelo. Le mece. 1.90 de asesino meciendo a su mujer como si fuera de porcelana.
“Tú viviste, Elena. Ellas te hicieron fuerte para vivir. Y yo te voy a mantener viva. Kunem se”. Lo juro.
La levanta. En brazos. Como en El Escorial cuando no podía caminar de cansancio. Como en la boda cuando cruzó el Danubio con ella a cuestas, riendo.
Pasa por encima de Marco. No lo mira. Ya es nada.
Pasa por encima de Stefan. Le escupe. Ya es menos que nada.
14:20. Sale del sótano.
Afuera Madrid es sol. Injusto. Ciego.
Milomir tiene el coche abierto. Doce hombres muertos en el perímetro. Todos de Stefan. Ninguno de Dragan. Sangre por todo el lugar, pero la de Vuković no se derrama hoy.
“Hospital”, ordena Dragan.
“No”, dice Elena contra su cuello. “Casa. El Escorial. Con mamá y Lucía... en foto. Quiero... quiero dormir en nuestra cama”.
Dragan asiente. Contra su pelo. “Važi, moja žena. A casa”.
La sienta en el coche. Le abrocha el cinturón. Le limpia la sangre de la cara con el puño de la camisa. Su sangre. La de ella. Ya no importa.
Arranca.
Detrás, el sótano arde. Milomir no deja cabos. Belgrado no deja testigos.
En el asiento de atrás, Elena duerme. Por fin. Con la esclava de oro aún puesta. Con sangre de Marco entre los eslabones. Con la mano de Dragan agarrando la suya en el cambio de marchas.
No hay živeli hoy.
Hoy solo hay silencio.
Y un serbio, conduciendo a 200 km/h con lo único que le queda en el mundo dormido al lado.
_Moja žena._
_Moja istina._
_Moja kuća._
Mi mujer. Mi verdad. Mi casa.
Y que venga el mundo a quitársela otra vez.
Que venga.
El serbio ama.