Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.
El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.
Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.
Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.
Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.
Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.
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Prólogo
El último golpe que recibió Elysia en su vida anterior fue un puñetazo directo en la sien.
Venía de un sparring. Un error de cálculo. La cabeza le rebotó contra el suelo del gimnasio y el mundo se apagó sin dramas, sin despedidas, sin ver una maldita luz al final del túnel. Solo oscuridad y el sabor metálico de la sangre en la boca.
Despertó con el cuerpo roto.
No era el dolor muscular después de un buen entrenamiento. Era ese dolor antiguo, el de las heridas mal curadas. Le pesaban los párpados como si alguien le hubiera cosido monedas en las pestañas. La luz entraba con violencia por una ventana diminuta y todo olía a hierbas amargas, a humedad, a encierro.
Intentó moverse. Un error. El costado le respondió con una punzada y tuvo que morderse la lengua para no soltar un quejido. No sabía dónde estaba, pero los instintos que le había costado años afilar seguían intactos. No hagas ruido. Evalúa el terreno. No muestres debilidad.
Se llevó una mano a la frente. Vendajes. Iba a arrancárselos cuando la voz la detuvo.
—Despertaste.
Era una constatación. No una pregunta. No un saludo.
Elysia giró la cabeza apenas, lo justo para enfocar al otro lado de la habitación. Había un hombre sentado en una silla de madera, con una postura que no pedía permiso. Pelo negro, hombros anchos, mandíbula afilada. Vestía ropa que ella solo había visto en ilustraciones: un jubón oscuro con detalles dorados, botas altas, un cinturón grueso del que colgaba lo que parecía un puñal de empuñadura gastada. No era un médico. No era un sirviente. Era alguien importante y peligroso. Olía a poder, del tipo que no se pide, se toma.
Aster la observaba sin un ápice de calidez.
—Dormías como si no fueras mi caballero —dijo, cruzando los brazos—. No recuerdo haberte permitido un descanso.
La voz era ronca, sin dulzura, sin prisa. Las palabras cayeron como una sentencia. Elysia parpadeó, la cabeza aún nadando en una neblina espesa que no le dejaba procesar nada de aquello. ¿Su caballero? ¿Permitir un descanso? ¿De qué demonios hablaba ese tipo?
—¿Cuánto debo esperar para que retomes el trabajo?
La pregunta quedó flotando. Elysia intentó incorporarse, el dolor en el costado se lo impidió casi de inmediato. Gruñó entre dientes, frustrada. No entendía nada. El gimnasio, el sparring, el pitido del cronómetro… y ahora esto. Una habitación antigua, un extraño con pinta de emperador enfadado y su propio cuerpo magullado como si la hubiera atropellado un carro.
—¿Quién eres? —soltó al fin, la voz saliendo más ronca de lo que esperaba.
El ceño de él se frunció apenas. Un milímetro. Pero fue suficiente para que el ambiente se tensara, como si la pregunta fuera una ofensa imperdonable.
—¿No recuerdas a quién tienes enfrente?
No había incredulidad. Solo evaluación. La miró como quien inspecciona una herramienta que se ha dañado más de la cuenta. Luego se levantó del asiento con un movimiento fluido, sin prisa. Se ajustó los puños de la camisa. Se acercó a la puerta y, antes de salir, giró ligeramente el rostro.
—Pronto lo recordarás.
Y se fue.
Elysia se quedó inmóvil. El eco de sus botas contra el suelo de piedra se desvaneció lentamente. Respiró hondo, el aroma a hierbas y encierro arañándole la garganta. Había algo muy mal en todo aquello. La cama era dura. Las mantas, ásperas. El aire, demasiado frío para ser el verano en el que había empezado su entrenamiento esa mañana.
Se obligó a girar el cuerpo, despacio, luchando contra el dolor. Sus ojos recorrieron la estancia. Paredes de piedra. Un arcón de madera. Un candelabro con restos de cera. Y un espejo.
Se levantó como pudo. Cada paso era una negociación con sus músculos. Al llegar frente al espejo, su reflejo le devolvió una imagen que era suya y no lo era al mismo tiempo. Su rostro. Su pelo recogido de cualquier manera. Su mandíbula firme. Pero también un corte ya cicatrizado sobre la ceja, moretones viejos en los brazos, una delgadez de hierro que nunca había tenido. Estaba demacrada, endurecida, golpeada. Y sin embargo, se veía peligrosa.
—¿Qué mierda…? —murmuró.
La puerta se abrió sin llamar. Un hombre mayor, de aspecto nervioso, entró cargando un maletín de cuero. Detrás de él, el hombre de negro. Otra vez.
—Revísela —ordenó.
El médico asintió con una reverencia torpe y se acercó a Elysia. Ella retrocedió por instinto, apretando los puños a los costados. Su cuerpo sabía pelear aunque su mente aún no entendiera contra qué.
—No se mueva, por favor —dijo el médico, con voz temblorosa—. Debo examinar sus heridas.
Elysia lo miró. Luego miró al hombre de negro, plantado junto a la puerta como un guardián. Esos ojos grises le taladraban sin esfuerzo, esperando, evaluando. Como si el tiempo que ella tardara en reaccionar fuera una ofensa personal.
Algo en su interior le dijo que obedecer era, por ahora, la única estrategia. Así que se quedó quieta. El médico le revisó las vendas, le palpó el costado, murmuró algo sobre inflamación y riesgo de fiebre. Elysia no lo escuchaba. Miraba sus propias manos, los callos que no recordaba haberse ganado, las pequeñas cicatrices que no estaban allí la última vez que se había mirado.
El médico terminó rápido, como quien quiere salir de allí cuanto antes. Recogió sus cosas y salió sin decir nada más. La puerta se cerró tras él. El hombre de negro no se movió.
—Habla —dijo él, la voz cortando el silencio.
Elysia tragó saliva. No tenía nada. Su última memoria era el gimnasio, el sudor, el reloj marcando las cinco de la tarde. Ahora estaba en un lugar que olía a viejo y tenía a un desconocido exigiéndole cuentas.
—No sé qué está pasando —admitió, y odió lo vulnerable que sonó.
Él no reaccionó. Solo la observó un segundo más. Luego giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta. Antes de desaparecer tras el umbral, su voz llegó como un veredicto.
—Mañana reanudas el entrenamiento. Sin excusas.
Y la puerta se cerró, dejándola sola con su reflejo y un montón de preguntas que nadie iba a responderle.