Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que
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Capítulo 13: El precio del orgullo
La puerta abierta de par en par dejaba entrar el eco distante de la calle, pero dentro del apartamento el aire era puro hielo. Ethan no se movió. Permaneció estático en medio del pasillo, observando el dedo tembloroso de Alana que señalaba el exterior. El hombre que controlaba juntas directivas internacionales y algoritmos militares se sentía, por primera vez en su vida, completamente impotente.
—Alana, por favor... —la voz de Ethan bajó una octava, perdiendo la prepotencia de los celos y tiñéndose de una desesperación genuina—. No puedes renunciar. No voy a aceptar esa carta.
Alana soltó una carcajada amarga, una que no tenía rastro de la sumisión que solía mostrar en la oficina. Se limpió bruscamente las lágrimas con el dorso de la mano, negándose a mostrarse débil ante el hombre que había violado su privacidad de la forma más retorcida posible.
—¿No va a aceptarla, señor Blackwood? —lo confrontó, remarcando su apellido con un desprecio que le dolió más que cualquier golpe—. ¿Cree que todavía tiene el control? Ya no estamos en la oficina. Aquí usted no es mi dueño, ni tampoco es el fantasma digital con el que me obligó a obsesionarme. Es solo un hombre que traspasó todos los límites éticos porque su ego no soportaba que una simple secretaria tuviera una regla que lo excluyera.
—No fue mi ego, ¡maldita sea! —Ethan dio un paso al frente, pero se detuvo en seco cuando vio que Alana se tensaba y retrocedía, buscando el pomo de la puerta como un escudo. Se pasó las manos por el rostro, frustrado, exhalando un suspiro tembloroso—. Fue la necesidad. Cada día que pasabas a mi lado, oliendo a vainilla, organizando mi vida, mirándome con ese respeto profesional que me ponía enfermo... me deshacía por dentro. Cuando escuché que te sentías sola, que te descargabas una aplicación para buscar consuelo en una máquina porque yo te parecía un maldito robot, perdí la cabeza. Solo quería darte lo que necesitabas. Querías que te escucharan, y yo te escuché como nadie más lo hará en tu vida.
—¡Me escuchaste engañándome! —gritó Alana, con la voz rota por la humillación—. Me hiciste desnudar mi alma ante una pantalla. Te conté mis mayores complejos, ¡te confesé que era virgen! ¿Sabes lo que se siente saber que te reías de mí en tu ático mientras leías que tu secretaria de veintitrés años no sabía cómo tener intimidad?
—¡Nunca me reí! —la interrumpió Ethan, sus ojos grises destellando con una intensidad casi salvaje—. Cada palabra que te envié como Eros era la verdad más pura que he escrito en mi vida. Alana, vi tus fotos y no hubo un segundo de burla. Hubo adoración. Te veneré en la oscuridad de mi estudio. Me dolió en el alma saber que estabas sola, pero me encendió saber que nadie más te había tocado. Quería ser el primero, quería ser el único. Sí, te manipulé para que me miraras en la oficina, pero el deseo que sentiste el viernes no fue un código programado. Tu cuerpo reaccionó a mi cuerpo, no a una pantalla.
Alana apretó los dientes, sintiendo que la furia competía con el dolor de la traición. La parte de su mente que aún estaba conectada a la sensualidad de la noche quería creerle, pero su dignidad, el orgullo de una mujer que se había ganado su puesto a pulso, era una fortaleza inexpugnable. Ella no iba a ser una presa fácil. No iba a caer en sus brazos solo porque él admitiera su obsesión con palabras bonitas.
—Eso que llamas adoración es control, Ethan. Es una enfermedad —dijo ella, bajando la voz a un tono peligrosamente calmado, firme—. Me estudiaste como a un software defectuoso para encontrar mis grietas y meterte en ellas. Me hiciste dudar de los hombres reales, me hiciste rechazar a una persona normal como Mateo solo para que yo cayera en tu red. Querías un juguete perfecto, una secretaria sumisa de día y una mujer rota de noche que dependiera de tus mensajes para sentir un poco de placer.
—Eso no es verdad...
—Es la verdad. Y es la razón por la que no quiero volver a saber de ti —Alana dio un paso hacia el pasillo común, sujetando la puerta con firmeza—. No me importa si Blackwood Technologies me veta en toda la industria. No me importa si tengo que empezar de cero en el peor trabajo de la ciudad. Prefiero la pobreza antes que seguir respirando el mismo aire que un hombre que clonó la llave de mi casa y hackeó mi vida. Vete. Ahora mismo. O llamo a la policía y me encargo de que toda la prensa sepa cómo el gran genio de la tecnología acosa a sus empleadas.
Ethan la miró, dándose cuenta de que la Alana tímida y moldeable de sus chats nocturnos había desaparecido. Frente a él estaba una mujer herida en su orgullo, con una dignidad de acero que ninguna de sus tácticas de manipulación psicológica podía romper. Había intentado apelar a la lujuria, a la verdad de sus sentimientos y a la fuerza de su presencia, pero ella se mantenía firme, mirándolo con un asco que lo destrozaba por dentro.
Se dio cuenta de que si insistía en ese momento, la perdería para siempre de una forma legal y definitiva. Tenía que replegarse, aunque la idea de dejarla sola en ese apartamento lo estuviera matando.
Con una lentitud dolorosa, Ethan caminó hacia la salida. Se detuvo justo en el umbral, quedando a escasos centímetros de ella. Quiso estirar la mano para tocar su mejilla mojada por las lágrimas, pero el destello de advertencia en los ojos de Alana lo hizo desistir.
—Me voy, Alana —susurró él, con una voz que arrastraba una promesa sombría—. Pero no creas que una carta de renuncia va a terminar con esto. Te di el manual de cómo encender tu fuego, y sé perfectamente que ningún hombre común va a poder apagarlo. Puedes odiarme todo lo que quieras, pero cada vez que cierres los ojos en la oscuridad, vas a recordar que el hombre que te hizo temblar no fue un algoritmo. Fui yo.
Alana no respondió. Sostuvo la mirada con la barbilla en alto, imperturbable, hasta que Ethan cruzó el umbral. En cuanto él dio el primer paso en el pasillo exterior, ella cerró la puerta de golpe, pasando el cerrojo manual y la cadena de seguridad con movimientos frenéticos.
Solo cuando escuchó el eco de los pasos de Ethan alejándose hacia el ascensor, Alana se dejó caer de espaldas contra la madera de la puerta. Se deslizó hasta el suelo, abrazando sus rodillas, y rompió a llorar con un llanto ahogado de pura rabia y frustración. Su teléfono, tirado en la cama unas habitaciones más allá, vibró con una notificación silenciosa. Sabía que el juego virtual había terminado, pero la guerra real por su libertad y su cordura acababa de empezar, y no pensaba ponérselo fácil a Ethan Blackwood.