Si alguien me hubiera dicho que la persona que más iba a marcar mi vida comenzaría siendo solo un amigo, jamás lo habría creído.
NovelToon tiene autorización de Yuri.T para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lo que nunca nos habíamos atrevido a intentar.
Después de todo lo que había pasado, pensé que algunas historias simplemente quedaban atrás.
Pensé que había personas destinadas a convertirse en recuerdos.
Pensé que el tiempo terminaba borrando ciertas cosas.
Pero me equivoqué.
Porque hay sentimientos que no desaparecen.
Solo aprenden a quedarse en silencio.
Después de aquella etapa en la que cada uno siguió su camino, volvimos a encontrarnos una vez más.
No fue algo planeado.
No hubo una búsqueda desesperada.
Simplemente ocurrió.
Como si la vida insistiera en cruzarnos de nuevo.
Al principio todo fue sencillo.
Conversaciones ocasionales.
Mensajes que aparecían de repente.
Saludos que poco a poco se transformaron en largas charlas.
Y sin darnos cuenta, volvimos a hablar todos los días.
La diferencia era que ahora las cosas habían cambiado.
Keiler ya no estaba cerca.
Vivía en otro pueblo.
Tenía su trabajo.
Su rutina.
Su propia vida.
Y aun así, encontraba tiempo para escribirme.
Para preguntarme cómo estaba.
Para saber qué había hecho durante el día.
Para quedarse hablando conmigo hasta altas horas de la noche.
Y yo también esperaba esos mensajes.
Aunque intentara hacerme la fuerte.
Aunque fingiera que era una simple amistad.
La realidad era que seguía sintiendo algo por él.
Algo que nunca había desaparecido del todo.
Habían pasado demasiadas cosas entre nosotros para ser indiferentes.
Demasiados recuerdos.
Demasiadas historias.
Demasiadas oportunidades perdidas.
A veces hablábamos de cualquier cosa.
Del trabajo.
De la familia.
De los problemas del día.
Otras veces recordábamos anécdotas antiguas.
Momentos que nos hacían reír.
Situaciones que solo nosotros entendíamos.
Y en medio de esas conversaciones, volví a sentir aquella tranquilidad que siempre encontraba cuando hablaba con él.
Era extraño.
Porque habían pasado muchas cosas.
Pero cuando hablábamos, parecía que la confianza seguía allí.
Como si nunca se hubiera ido.
Los días se convirtieron en semanas.
Y las semanas siguieron avanzando.
Cada vez hablábamos más.
Cada vez compartíamos más cosas.
Cada vez nos hacíamos más presentes en la vida del otro.
Hasta que una noche ocurrió algo que ninguno de los dos había mencionado antes.
Algo que llevaba años flotando entre nosotros.
Algo que siempre había estado ahí.
Pero que nunca habíamos enfrentado directamente.
Estábamos hablando como cualquier otra noche.
La conversación era tranquila.
Normal.
Hasta que de repente él cambió el tono.
Hubo unos segundos de silencio.
Y luego hizo una pregunta que me tomó por sorpresa.
—¿Y si lo intentamos?
Recuerdo haberme quedado callada.
Porque entendí perfectamente a qué se refería.
No necesitó explicarlo.
No necesitó dar detalles.
Los dos sabíamos de qué estaba hablando.
Durante años habíamos estado entrando y saliendo de la vida del otro.
Acercándonos.
Alejándonos.
Guardando sentimientos que ninguno se atrevía a nombrar.
Y por primera vez, alguien estaba poniendo las cartas sobre la mesa.
—¿Intentar qué? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
—Tú sabes qué.
Volví a guardar silencio.
Mi corazón estaba acelerado.
No porque fuera una sorpresa total.
Sino porque durante mucho tiempo imaginé aquel momento.
Y cuando finalmente llegó, no sabía qué responder.
Pensé en todo lo que habíamos vivido.
Pensé en los errores.
Pensé en las despedidas.
Pensé en las veces que estuvimos cerca de lograrlo.
Y al final respondí lo único que sentía en ese instante.
—Bueno... vamos a intentarlo.
Del otro lado hubo silencio.
Un silencio distinto.
Un silencio feliz.
Como si aquella respuesta hubiera sido esperada durante mucho tiempo.
Y así comenzó algo que nunca antes habíamos tenido.
Por primera vez no éramos dos personas girando alrededor de los mismos sentimientos.
Por primera vez estábamos intentando construir algo real.
Algo que tuviera un nombre.
Algo que pudiera convertirse en una historia diferente.
Y durante algunos días todo pareció perfecto.
Las conversaciones continuaron.
La ilusión estaba presente.
La emoción también.
Era como si finalmente hubiéramos llegado al lugar al que siempre estuvimos destinados.
Pero la vida tiene una extraña costumbre.
Cuando creemos que todo está comenzando bien, encuentra la manera de ponernos a prueba.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Porque una noche, en medio de una llamada que parecía normal, surgió un problema inesperado.
Una discusión.
Un malentendido.
Palabras dichas en el peor momento posible.
Lo que comenzó como una conversación terminó convirtiéndose en un enfrentamiento.
Uno de esos que dejan heridas aunque ocurran a kilómetros de distancia.
Discutimos.
Nos dijimos cosas que no debíamos.
Y por primera vez desde que habíamos decidido intentarlo, sentí que algo se rompía.
Cuando la llamada terminó, ninguno volvió a escribir.
Ninguno buscó al otro.
Ninguno intentó arreglar las cosas.
Y fui yo quien decidió alejarse.
No porque hubiera dejado de sentir.
Sino porque estaba cansada.
Confundida.
Dolida.
Así pasaron los días.
Y luego las semanas.
Con un silencio que se hacía cada vez más grande.
Sin saber que aquella decisión terminaría cambiando el rumbo de nuestra historia una vez más.