La Chica que Compró al Príncipe Esclavo
Elena Valmont solo quería entregar un paquete, cobrar unas monedas y volver a casa.
Pero una noche terminó en una subasta clandestina… y compró a un esclavo condenado a morir al amanecer.
Lo que no sabía era que aquel hombre herido, silencioso y cubierto de cadenas no era un esclavo cualquiera, sino Adrien Asteria, el heredero perdido del imperio más poderoso del continente.
Desde ese momento, Elena queda atrapada en una guerra por el trono, perseguida por asesinos, nobles traidores y secretos enterrados durante años.
Salvarlo fue un acto de compasión.
Amarlo podría costarle la vida.
NovelToon tiene autorización de Jan Vilar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 23 Los Cuervos Negros
El sonido de las campanas de emergencia inundó toda la ciudad.
Elaris jamás había sido atacada.
Era una ciudad comercial, pequeña y relativamente insignificante en el gran mapa del continente. No poseía minas de oro, artefactos legendarios ni importancia militar.
Hasta hacía una semana.
—¡Evacúen las calles! —gritaban los guardias mientras la gente corría buscando refugio.
Dentro del edificio de subastas, la tensión podía sentirse en el aire.
—¿Quiénes son exactamente los Cuervos Negros? —preguntó Elena.
Nadie respondió de inmediato.
Finalmente, Lord Varek dejó lentamente su copa sobre la mesa.
—Hace quince años, los padres utilizaban su nombre para asustar a sus hijos.
—Eso no me ayuda.
—No intentaba ayudarte. Intentaba prepararte.
El hombre de negro dio un paso adelante.
—Los Doce Cuervos eran la unidad de asesinos más peligrosa del continente.
—¿Eran?
—Pensábamos que habían desaparecido después de la caída del imperio.
Adrien permanecía inmóvil junto a la ventana.
—No desaparecieron.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Elena.
Durante varios segundos, el silencio fue la única respuesta.
—Porque durante quince años he estado huyendo de ellos.
La habitación quedó completamente inmóvil.
—¿Quince años?
—Encontraban mi rastro cada dos o tres años. Cambiaba de nombre, de ciudad y de identidad. Siempre aparecían.
—¿Cuántas veces?
—No las conté.
—¿Cuántas?
Adrien permaneció en silencio.
—Diecinueve —respondió finalmente el anciano que lo había reconocido días atrás—. Lo intentaron diecinueve veces.
Elena sintió un nudo en la garganta.
Diecinueve veces.
Diecinueve intentos de asesinato.
—¿Y sobreviviste a todos?
—Por desgracia para ellos.
—¡ADRlEN!
—¿Qué?
—¡Eso no es algo que se diga con tanta tranquilidad!
—Después del intento número quince, comienzas a perder la capacidad de sorprenderte.
Lyra levantó una mano.
—Tengo una pregunta.
—¿Cuál? —preguntó Seraphina.
—¿Cómo es posible que siga siendo una persona funcional?
—No lo es —respondió Cassian—. Solo es bueno fingiendo.
Por primera vez, nadie discutió aquella afirmación.
Entonces, las puertas del salón se abrieron violentamente.
—¡Han atravesado la puerta norte! —gritó un guardia.
—¿Cuántos son? —preguntó Lord Varek.
El hombre dudó.
—Uno.
—¿Uno?
—Solo una persona.
El silencio fue inmediato.
—Eso no tiene sentido —murmuró Cassian.
Adrien cerró lentamente los ojos.
—Sí lo tiene.
—¿Lo conoces?
La expresión del antiguo príncipe cambió.
Era la primera vez que Elena veía auténtica preocupación en su rostro.
—Si solo envió a una persona...
—¿Sí?
—Entonces significa que enviaron al peor de ellos.
Un escalofrío recorrió la habitación.
—¿Quién es? —preguntó Elena.
Adrien tardó unos segundos en responder.
—Lo llamaban el Cuervo Blanco.
—Eso es un nombre terrible para un Cuervo Negro.
—Créeme, después de conocerlo, el nombre deja de parecerte importante.
El suelo comenzó a temblar ligeramente.
Un instante después, una de las ventanas del salón explotó.
El cristal salió despedido en todas direcciones.
Y, en medio del silencio absoluto, una figura aterrizó en el centro de la habitación.
Llevaba un largo abrigo blanco.
Una máscara de porcelana.
Y una antigua espada negra colgando de su cintura.
—Han pasado quince años, Su Alteza.
La voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—No te extrañé, Lucien —respondió Adrien.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso hiere mis sentimientos.
—No tienes sentimientos.
—Eso también hiere mis sentimientos.
Elena observó al recién llegado.
Había algo profundamente perturbador en él.
No era su apariencia.
Era la forma en que todos los presentes parecían contener la respiración.
Incluso Seraphina.
Incluso Cassian.
Incluso los hombres de negro.
—¿Quién es? —susurró.
—El hombre más peligroso del continente —respondió Lord Varek.
Lucien finalmente dirigió su atención hacia Elena.
—Así que eres tú.
—¿Yo?
—La muchacha que compró al príncipe.
—Compré su libertad.
—Eso es considerablemente más problemático.
El asesino la observó durante varios segundos.
—Debo admitir que esperaba a alguien diferente.
—Gracias... ¿supongo?
—Pareces más baja en persona.
—¡ESO FUE INNECESARIAMENTE OFENSIVO!
Por primera vez, Lucien pareció confundido.
—¿Ofensivo?
—¡Sí!
—Curioso.
—¿Qué es curioso?
—Ahora entiendo por qué sigues aquí, Su Alteza.
Toda la habitación quedó en silencio.
Adrien frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—De ella.
Lucien señaló a Elena.
—Durante quince años jamás permaneciste más de unos meses en el mismo lugar. Y ahora te encuentro en una ciudad insignificante defendiendo a una muchacha que apenas conoces.
—No la estoy defendiendo.
—Claro que sí.
—No.
—Acabas de colocarte ligeramente delante de ella.
Adrien se quedó inmóvil.
Porque tenía razón.
Sin siquiera darse cuenta, se había movido.
—Oh —murmuró Lyra.
—Oh, efectivamente —añadió Seraphina.
—Cállense.
Lucien soltó una pequeña risa.
—Fascinante.
—No viniste hasta aquí para conversar.
—Es cierto.
Por primera vez desde que llegó, la presencia del asesino cambió.
La temperatura pareció descender.
El aire se volvió más pesado.
—He venido a cumplir la misión que me dieron hace quince años.
Lentamente, desenvainó su espada negra.
—Esta vez, Su Alteza...
La punta de la espada señaló directamente hacia Adrien.
—...no pienso fallar.
Y, por primera vez en toda la historia, Elena vio al príncipe perdido prepararse para la batalla.
Porque algunas personas nacen para ser héroes.
Otras, para ser reyes.
Y unas pocas...
Nacen para sobrevivir.