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Desprecié al ciego que hoy es millonario

Desprecié al ciego que hoy es millonario

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Doctor / Maltrato Emocional / Malentendidos / Reencuentro / Enfermizo / Completas
Popularitas:37k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.

Seis años después, todo se invirtió.

Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.

—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.

Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.

Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.

Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?

Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17: Sospechas y la foto

—¿Pasó algo anoche?

Fue lo primero que dijo Renata cuando Max despertó. Tenía la sábana apretada contra el pecho y la cara ardiendo.

Max se talló los ojos, se desperezó en la silla y, sin mirarla, fue hacia la mesa donde había un servicio de desayuno recién traído: chilaquiles verdes, café, fruta. Lo que a ella le gustaba.

—Come. Estuviste drogada doce horas.

—Max. —Insistió—. ¿Pasó algo entre nosotros?

—No. —Lo dijo seco, dándole la espalda mientras servía el café—. No pasó nada. Te cuidé. Punto. Yo no me aprovecho de una mujer que no sabe ni cómo se llama. —Le puso el plato delante con más fuerza de la necesaria—. Si eso es lo que te preocupa, duerme tranquila. No te toqué.

Renata no supo si el nudo que sintió en el pecho era alivio o algo absurdamente parecido a la decepción. Comió en silencio. Le dolía el vientre donde Rodrigo la había pateado, y cada bocado le recordaba que ese hombre, el que ahora fingía indiferencia sirviéndole café, había roto una puerta de una patada por ella.

En el coche de regreso a Las Lomas, Max miraba al frente.

—Bracamonte no te va a volver a tocar —dijo de pronto—. Esa parte de él… digamos que quedó fuera de servicio. Para siempre. —Una pausa fría—. Y va a tener una larga conversación con la fiscalía.

Renata no preguntó detalles. No quería saberlos.

—Una cosa más. —Max giró apenas la cabeza, y había algo afilado en su tono, una pregunta disfrazada de comentario—. Ahora que estás libre de él de verdad… ¿vas a buscarte a otro para desahogarte? ¿Para no estar sola?

—No es asunto tuyo.

—Contéstame.

—No —dijo Renata, cansada—. No busco a nadie. No tengo tiempo ni ganas. ¿Contento?

Algo se relajó, imperceptible, en la mandíbula de Max. No contestó. Pero pasó el resto del camino con una sombra de algo en la cara que no era frialdad.

En la casa, Emilio los esperaba en la entrada, en su silla de ruedas, con el ceño fruncido.

—¿Dónde estaban toda la noche? —Miró las ojeras de su hermano, la palidez de Renata—. Hermano, ¿qué…?

—Bracamonte le tendió una trampa —cortó Max—. Ya está resuelto. Renata necesita descansar.

Emilio abrió la boca, la cerró. Por primera vez, en lugar de soltar veneno contra ella, la miró con algo parecido a la preocupación.

—¿Estás bien… Renata?

—Estoy bien, Emi. Gracias.

Fue entonces cuando doña Remedios, que bajaba con una charola, se detuvo en seco a media escalera. La charola tembló. Miró a Renata como quien ve un aparecido.

—Eres tú —susurró—. Dios santo. Eres la muchacha del retrato.

—¿Qué retrato? —preguntó Renata.

Pero doña Remedios ya hablaba sola, con la mano en el pecho.

—El que el señor guarda en el cajón de su buró. Lo he limpiado mil veces. Una muchacha riéndose, en una banca, con un suéter azul. Llevo años viéndolo, preguntándome quién era la que le robó la sonrisa a mi señor. —Le brillaron los ojos—. Y eres tú. Has sido tú todo este tiempo.

El silencio cayó como una losa. Max se había quedado petrificado al pie de la escalera, blanco. Renata sintió que el aire le faltaba: un retrato. Seis años. Guardado en el cajón de la mesita junto a su cama.

—Doña Remedios, los chilaquiles —dijo Max, con una voz que no admitía nada más.

El ama de llaves entendió que había hablado de más, bajó la cabeza y se retiró. Pero el daño estaba hecho. La verdad que ese cajón guardaba flotaba ahora entre los dos, imposible de devolver a la oscuridad.

Esa tarde, Max insistió en curarle él mismo el moretón del vientre.

Renata protestó —era médica, podía sola—, pero él ya se había hincado frente a ella con la pomada y la gasa, y le subió apenas la blusa con un cuidado que contradecía toda su dureza. El moretón se extendía oscuro sobre la piel. Max apretó la mandíbula al verlo.

—Lo voy a destruir —murmuró, mientras le untaba la pomada con la yema de los dedos, despacio, como si ella fuera de cristal—. Aunque sea lo último que haga.

El roce de sus dedos sobre la piel le erizó a Renata todo el cuerpo. Estaban demasiado cerca. Otra vez. Siempre. Ella miró la coronilla inclinada de él, la concentración con que le cuidaba un moretón como si fuera una herida de guerra, y pensó en el retrato del cajón, en los seis años de vainilla, en un hombre que la odiaba de día y la velaba de noche. "No te enamores otra vez", se ordenó. "No tienes derecho." Pero la orden, como siempre, llegó tarde y sin fuerza.

El teléfono la salvó. Fernanda, por videollamada.

—¡Comadre! Me acabo de enterar de lo de Rodrigo. —La cara de Fernanda llenaba la pantalla, furiosa—. Ese desgraciado. Te juro que el día que lo metan al bote llevo mariachis a la cárcel. ¿Estás bien? ¿Te checaron? —Entrecerró los ojos al ver, al fondo, a Max hincado—. ¿Y ese quién…? Ah. Ah. Okey. Luego me cuentas TODO, ¿eh?

Renata casi sonrió. Casi.

El golpe del día llegó al anochecer, en la puerta del hospital adonde había ido a recoger unos estudios.

Rubén la esperaba.

—Mija, escúchame. —La acorraló contra el muro—. Sé que sigues enojada. Pero tengo algo que decirte, y si no me haces caso, voy a tener que hablar con tu señor Montenegro. De cosas viejas. De lo que pasó con su papá hace seis años. Tú sabes a qué me refiero. —Le tembló la voz de pura amenaza cobarde—. ¿Qué crees que haría ese hombre si supiera el papel que jugó tu familia en que su padre acabara en una cama de hospital?

A Renata se le heló la sangre. Era la peor amenaza posible. La única que de verdad podía destruirla.

Pero no dejó que se le viera en la cara. Años de práctica.

—Adelante, papá. —Habló muy bajo, muy claro—. Cuéntale. Y cuando lo hagas, también cuéntale tu parte. Porque no fuiste un espectador, ¿verdad? Cuéntale a la fiscalía mientras estás en eso. Y dime una cosa: cuando te lleven, ¿quién va a pagar el cardiólogo de Daniela? ¿Imelda? ¿Con qué? —Lo miró fijo—. Tú y yo caemos juntos, papá. Y la única que se queda sin nadie es esa niña enferma. Tú decides si vale la pena.

Rubén abrió la boca y no le salió nada. La amenaza se le desinfló en las manos. Retrocedió, derrotado, mascullando, y se fue.

Renata se apoyó en el muro y dejó salir el aire que llevaba conteniendo. Le temblaban las piernas. Cada día el secreto pesaba más, y cada día había más manos tratando de arrancárselo.

Esa noche, en su despacho de la torre, Maximiliano Montenegro le dio una instrucción a su asistente.

—Ortega. Quiero todo sobre el matrimonio de Renata con Bracamonte. Las fechas. El acta. Dónde vivieron. Y, sobre todo, una cosa: quiero saber si alguna vez fueron, de verdad, marido y mujer. —Miró por el ventanal las luces de la ciudad—. Algo no cuadra. Y no voy a parar hasta que cuadre.

—Sí, señor. ¿Algo más?

Max pensó en un cajón, en un suéter azul, en una muchacha que lloraba dormida pidiendo perdón.

—No. Eso, por ahora. Pero rápido, Ortega.

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Graciela Mauchiere
la verdad media novela tirada al tacho....ahora de nuevo ja
Zoila
This!!! Tan real
Zoila
Mujer ya, me desesperas 🥹
Zoila
Pinche Gabriel venenoso, Renata no le hagas caso.
Blanca Ordaz
ya trilla en lo mismo y la protagonista no tiene el valor de decirle la verdad se repite lo mismo y el que no puede soltarla
Blanca Ordaz
creo que la escritora secuatrapio toda porque se supone que ya veía. cuando se volvieron a ver no entiendo está trama
Cliente anónimo
Inmadura.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭
Cliente anónimo
No entiendo ! Ya no veía pues ! Cuando la vio con el ex esposo ! Luego en su casa ! Después cuando Pelio con los 7 hombres ! No sé cómo sale ahora que la ve después de 6 años ciego !!
matyy
omggg
Graciela Saiz
pero si el ya veía! no es que estuvo seis años años , si verla , o peleo con siete hombres estando ciego 🤔
Graciela Saiz
Ay no ! que estrés! se les viene el cielo abajo?😭
Graciela Saiz
Ay no autora 🥺los vas a separar 😭
Graciela Saiz
no me digas que está enferma 🥺
Graciela Saiz
interesante 😉
Xochitl Rayas
Excelente
Carmen Malpica
Espectacular
MaReyanaga Maldonado
disculpen como se llamó la primera historia por favor me dicen 05 / 06/26
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