Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 12
Cap 12: Compañeros de casa
El Lamborghini plateado se estacionó en una calle oscura de la colonia Portales a las dos de la mañana. Dante apagó el motor y se ajustó el cubrebocas sobre la nariz.
—No puedo creer que me tengas haciendo esto a estas horas —murmuró, observando la fachada descarapelada del edificio frente a ellos.
Sebastián se desabrochó el cinturón con calma.
—Los cobradores vigilan de día. A esta hora ya se fueron. No tardaremos.
—Más te vale, porque si alguien le hace algo a mi carro, te juro que te descuento cada rayón de tu sueldo.
—No me pagas sueldo.
—Exacto. Así que imagínate cuántos años te tomaría pagarlo.
Subieron por una escalera estrecha que olía a humedad y a comida recalentada. El departamento de Sebastián estaba en el tercer piso, al fondo de un pasillo donde uno de los focos parpadeaba como si estuviera a punto de rendirse. Sebastián sacó la llave y abrió la puerta.
El lugar era diminuto. Una sola habitación con una cocineta pegada a la pared, un colchón en el suelo y un baño tan pequeño que la puerta probablemente golpeaba el excusado al abrirse. Dante se quedó parado en el umbral, sin decir nada. No por falta de comentarios sarcásticos, sino porque algo en ese espacio le apretó el pecho de una forma que no supo nombrar.
Sebastián ya se movía con eficiencia. Sacó una mochila negra de debajo del colchón y empezó a meter ropa doblada con precisión militar.
—¿Eso es todo? —preguntó Dante.
—Tengo pocas cosas.
Dante recorrió el cuarto con la mirada. Había un vaso, un plato, un par de libros apilados junto al colchón. Y en la pared del fondo, colgado con un clavo torcido, había un cuadro.
Se acercó sin pensarlo. Era una pintura al óleo de un árbol enorme, un baniano con raíces aéreas que caían como cortinas hasta la arena, junto a un mar turquesa. El trazo era suelto pero tenía algo, una luz particular en la forma en que el sol atravesaba las hojas que le resultó extrañamente familiar. Como una canción que reconoces pero no puedes recordar dónde la escuchaste.
—Este cuadro... —Dante ladeó la cabeza—. ¿De dónde lo sacaste?
Sebastián apenas levantó la vista desde la mochila.
—Estaba aquí cuando me mudé. El dueño del departamento lo dejó. ¿Por qué?
—No sé. Siento que ya lo vi antes.
—Es un baniano. Hay miles de pinturas similares.
Dante frunció el ceño detrás del cubrebocas. No era eso. Había algo específico en esa imagen, en la forma en que las raíces tocaban la arena, que le jalaba un hilo perdido en la memoria. Pero el hilo no llevaba a ningún lado.
—Olvídalo —dijo, dándose la vuelta—. Apúrate.
Sebastián cerró la mochila en menos de dos minutos. Una sola mochila. Toda su vida cabía en una mochila. Dante no hizo ningún comentario al respecto, pero cuando bajaron las escaleras, caminó un poco más rápido de lo necesario, como si quisiera salir de ese edificio antes de que el silencio lo obligara a pensar demasiado.
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De vuelta en la villa de la Condesa, Dante le mostró el cuarto de servicio como si fuera un agente de bienes raíces presentando una suite presidencial.
—Tienes cama, clóset, baño propio y acceso al jardín. Si necesitas algo, no me despiertes. Pregúntale a Google.
Sebastián dejó la mochila sobre la cama individual y recorrió el cuarto con la mirada. Era pequeño comparado con el resto de la villa, pero al menos tres veces más grande que lo que acababa de dejar en Portales.
—Es más que suficiente. Gracias.
—No me agradezcas, me pone incómodo. —Dante ya iba de salida cuando se detuvo en la puerta—. Oye, y ni se te ocurra andar por la casa sin camisa. Hay reglas.
—¿Reglas?
—Reglas. Las inventaré mañana. Buenas noches.
Cerró la puerta antes de que Sebastián pudiera responder.
La casa quedó en silencio. Dante subió a su recámara, se quitó el cubrebocas y se dejó caer en la cama boca abajo. Tener a Sebastián durmiendo un piso abajo no significaba nada. Era un arreglo práctico. Temporal. De negocios.
Se durmió repitiéndose eso como un mantra que no se creía.
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A la mañana siguiente, Dante bajó a la cocina en pants y una playera vieja. Sebastián ya estaba ahí, perfectamente vestido, preparando café como si hubiera vivido en esa casa toda la vida. Había acomodado las tazas por tamaño en la repisa y el trapo de la cocina colgaba del gancho formando un triángulo perfecto.
—¿Qué horas son? —gruñó Dante.
—Las siete cuarenta y dos.
—¿Quién chingados se levanta a las siete cuarenta y dos en domingo?
—Es lunes.
Dante lo miró con odio. Sebastián le extendió una taza de café sin inmutarse.
Se sentó en la barra de la cocina con la playera arrugada subiéndole por la espalda. Sebastián pasó detrás de él para alcanzar la repisa alta. Y entonces Dante sintió un dedo. Un solo dedo que le recorrió la columna desde la cintura hasta el omóplato, lento, preciso, como si estuviera trazando un mapa sobre su piel desnuda.
Se le erizó todo. Cada vello de la espalda se levantó como una cadena de dominós y un escalofrío le bajó hasta la base de la columna.
—¿Qué haces? —La voz de Dante salió más aguda de lo que pretendía.
—Tenías la playera mal acomodada —dijo Sebastián, con la misma inflexión con la que habría reportado el clima—. Ya la bajé.
—No me toques la espalda sin avisar.
—Lo tendré en cuenta.
Antes de que Dante pudiera formular una respuesta que no sonara a queja de secundaria, se escuchó un estruendo en la puerta principal. Algo golpeó la madera, luego se oyó una risa aguda y el timbre sonó tres veces seguidas.
—¡Dantiiiito! ¡Ábreme que se me olvidaron las llaves, corazón!
Dante cerró los ojos.
—No mames.
Fue hacia la puerta y la abrió. En el porche, tambaleándose sobre unos tacones que no le correspondían a ningún dios misericordioso, estaba Vale en minifalda rosa, medias negras de red y una peluca ondulada que se le resbalaba hacia un lado. El rímel le llegaba hasta la barbilla y abrazaba una botella de mezcal vacía como si fuera un bebé.
—¡Mi amor! —Vale se le colgó del cuello—. ¡Estuvo increíble la fiesta, güey! Gané el concurso de lip sync, ¿puedes creerlo? ¡Les gané a todas esas perras!
—Vale, son las ocho de la mañana y pareces piñata atropellada. Entra antes de que los vecinos llamen a la policía.
Vale se tambaleó hacia adentro y Dante lo sostuvo del brazo. Fue entonces cuando vio que Sebastián estaba de pie al final del pasillo, con la taza de café suspendida a medio camino de su boca, observando la escena con una expresión que Dante no le conocía.
Fría. Completamente fría.
—¿Ella también es tu amante? —La voz de Sebastián cortó el aire como una navaja.
Dante parpadeó.
—¿Qué?
—¿No te basto yo solo? —Sebastián dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. Sus ojos estaban fijos en Vale, que seguía colgado del brazo de Dante con la peluca tapándole media cara—. Estoy pensando cómo sacarla de aquí.
—Sebastián, espera...
Pero Vale, que tenía el radar social de un murciélago borracho, levantó la cabeza, entrecerró los ojos y reconoció al hombre frente a él.
—¡¿Sebas?! ¡SEBAS, MI AMOR! ¡Viniste a vivir aquí, qué EMOCIÓN!
Y se lanzó directo a besarlo.
Lo que pasó después duró menos de dos segundos. Sebastián le atrapó la muñeca a Vale en el aire, le giró el brazo en un ángulo preciso y lo puso de rodillas en el piso con una llave articular tan limpia que parecía sacada de un manual de combate. Vale quedó inmovilizado boca abajo sobre el mosaico de la sala, con la peluca finalmente desprendida y la minifalda subida de forma poco digna.
—¡Ay ay ay ay ay! ¡Me vas a romper el brazo, salvaje!
Dante se quedó congelado.
—¡Es Vale! ¡VALE! ¡Suéltalo!
Sebastián miró hacia abajo. Sin la peluca, la cara de Vale era inconfundible. El cálculo detrás de sus ojos cambió en un instante y soltó la muñeca de inmediato.
—Mis disculpas. No lo reconocí.
—¡¿DISCULPAS?! —Vale se levantó sobándose el brazo—. ¡Casi me arrancas la mano, animal! ¿Dónde aprendiste eso?
—Es una técnica básica de control articular —dijo Sebastián, como si estuviera explicando la receta de un pastel.
Dante los miró a los dos, luego miró la peluca en el piso, luego volvió a mirar a Sebastián.
—¿"Técnica básica"? Lo sometiste en un segundo. ¿Qué eres, agente secreto?
—Tomé clases de defensa personal.
—Esas no son clases de defensa personal. En las clases de defensa personal te enseñan a gritar y correr.
Sebastián no respondió. Se limitó a recoger la peluca del piso y ponerla sobre la mesa, como si fuera un objeto perfectamente normal en una cocina.
Vale, cuya capacidad de recuperación emocional era más rápida que su metabolismo del alcohol, se sacudió la minifalda y sonrió con malicia.
—Bueno, ya que estamos todos aquí y esto es oficialmente un hogar... —Se agachó, sacó algo de su bolsa de mano y lo puso sobre la barra de la cocina con ceremonia—. ¡Les traje un regalo de inauguración!
Era un lubricante. Edición limitada. Sabor mango. Con brillantina.
El silencio duró exactamente tres segundos.
—¡VALE! —Dante agarró un cojín del sillón y se lo estrelló en la cara—. ¡Son las ocho de la mañana!
—¡Es práctico, Dantito! ¡Y es edición limitada! ¡No lo vas a encontrar en ningún lado!
Dante tomó el lubricante, fue directo al bote de basura de la cocina y lo tiró adentro con toda la fuerza que le permitió la dignidad.
—Si vuelves a traer algo así a esta casa, te mando a dormir a la calle.
Vale se encogió de hombros con la inocencia de un criminal reincidente.
—Tú te lo pierdes.
Sebastián observó toda la escena sin decir una palabra, pero Dante alcanzó a notar que la expresión helada de hacía unos minutos había desaparecido. En su lugar había algo parecido a la curiosidad, y en la comisura de sus labios, la sombra casi imperceptible de una sonrisa.
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Esa noche, Dante tiró el lubricante por segunda vez después de encontrarlo sobre la repisa del baño. A la mañana siguiente, estaba de vuelta en el mismo lugar.
Y esta vez, alguien le había quitado el sello de seguridad.