Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capitulo 17
El polvo brotas en el aire espeso del ala oeste de la mansión. Altagracia camina apoyándose en su bastón de oro, haciendo crujir los tablones sueltos del piso. Se detiene frente a una pesada puerta de madera cuyo cerrojo de hierro está cubierto de óxido y telarañas; una habitación a la que nadie ha entrado en más de veinte años.
Con un esfuerzo firme, Altagracia empuja la puerta, que cede con un quejido agudo.
El cuarto está a oscuras, con los muebles cubiertos por sábanas blancas que parecen fantasmas. Altagracia se acerca a una vieja cómoda de caoba. Sobre la madera maltratada, resguardada de la luz, hay un perturbador hallazgo.
Es una muñeca antigua de porcelana, la misma que usaba Elena desde que era una niña. Pero el juguete ha sido profanado: ya no lleva su ropa original, sino que viste un impecable y diminuto vestido de luto negro satinado. Descansando sobre los brazos de porcelana de la muñeca, brilla una rosa de cristal negra, idéntica a las que aparecen en las escenas de los crímenes.
Altagracia da un paso atrás, apretando la empuñadura de su bastón. Sus ojos se abren con una mezcla de horror y revelación al comprender que el secreto de la novia de negro siempre estuvo guardado en la infancia de Elena.
El cielo se tiñe de un gris plomizo y una densa neblina comienza a bajar de los cerros, invadiendo el patio empedrado y frio. Todos los presentes están reunidos afuera: el fiscal Diviana, la detective Samtina con la mano puesta en su arma, Alejandro sosteniendo a Rubí, y los pocos escoltas que quedan alertas tras la muerte de Samuel.
De pronto, un sonido ensordecedor de cascos golpeando el suelo hace que todos se tensen.
Desde el fondo del camino de cipreses, emergiendo de la niebla en el momento indicado, aparece una imponente carroza negra de época, tirada por dos caballos oscuros y alterados que relinchan con furia. De las herraduras de las bestias y de las ruedas del carruaje sale un humo blanco y abrumador, creando una atmósfera de sobrenatural que paraliza el ambiente.
La carroza se detiene en seco en el centro del patio. El cochero abre la puerta desde dentro.
Un hombre de postura impecable, vestido con un abrigo largo de paño negro y sombrero de campesino, baja del carruaje con una delicadeza espeluznante. Es RODOLFO. Su rostro es maduro, frío, y sus ojos reflejan una calma que hiela la sangre. Comienza a avanzar hacia ellos, caminando paso a paso, con un andar lento y aterrador que resuena en las piedras del patio.
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El impacto entre los presentes es inmediato. Alejandro retrocede, palideciendo por completo, mientras Samtina levanta su arma, confundida por la aparición del misterioso hombre.
Rubí, con el corazón latiéndole en la garganta y rompiendo el cordón de seguridad, da un paso adelante, quedando a solo unos metros del recién llegado. Sus ojos se inundan de lágrimas de desconcierto absoluto, con la máxima fuerza dramática entres los presentes.
—¿Rodolfo?... —pregunta Rubí, con la voz quebrada, señalándolo con una mano temblorosa—. ¿Tú aquí? ¿Tú no estabas muerto?... ¡Yo misma vi tu tumba! ¡Ahora sé que los muertos reviven de nuevo en este infierno!
Rodolfo se detiene. Se quita el sombrero de copa con elegancia, revelando una cicatriz que le cruza la sien, y le clava a Rubí una mirada cargada de un romance del pasado que se volvió maldición.
—La tierra no retiene a los hombres que tienen cuentas pendientes, Rubí —responde Rodolfo con una voz gélida, profunda—. Vinieron a enterrarme antes de tiempo, pero el luto se lleva en el alma, no en el ataúd.
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Detrás del grupo, apoyada en una de las columnas del porche, Elena observa la escena. A diferencia de Alejandro y de Rubí, Elena no se sorprende de nada. Su rostro permanece imperturbable, como si hubiera estado esperando este carruaje desde hace años.
Una sonrisa amarga, torcida y llena de malicia dibuja sus labios como si supiera de algo. Cruza los brazos sobre su pecho y queda mirando fijamente a Rodolfo, sosteniéndole la mirada desafiante en un duelo silencioso que los demás no logran descifrar. Elena sabe perfectamente por qué la carroza del muerto ha regresado a la mansión.
El momento dramático en el lugar se apodera de cada uno de las personas presentes en ese preciso instante. El fiscal Diviana da un paso atrás, dándose cuenta de que la investigación penal se le acaba de escapar de las manos; ya no persiguen a un asesino común, sino a un entramado de pasiones y mentiras de ultratumba.
Samtina tiembla de frustración, apuntando a Rodolfo con el arma, sintiendo que su obsesión por atrapar a Rubí se desmorona frente a este nuevo cabo suelto. Alejandro mira a su madre y luego al recién llegado, devorado por los celos y el pánico de saber que el primer dueño del anillo de Rubí está vivo, parado en su propio patio.
Nadie habla, nadie se mueve. El humo de los caballos alterados termina de envolver el lugar, dejando la intriga en el punto más alto: el regreso de Rodolfo es la última pieza del altar de la Mujer del Velo Negro, y la masacre final acaba de comenzar.
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