Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.
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Capítulo 18: Ecos de un pasado olvidado
La oficina principal del Grupo Beaumont quedó completamente en silencio.
Richard Beaumont mantenía la fotografía entre sus manos sin apartar la vista del hombre que aparecía junto a Nica.
El investigador esperaba de pie frente al escritorio.
Nadie se atrevía a romper aquel silencio.
Alexander fue el primero en hablar.
—¿Lo conocés?
Richard respiró profundamente.
—No personalmente.
—Entonces... ¿por qué reaccionaste así cuando viste su apellido?
Richard dejó la fotografía sobre el escritorio y caminó lentamente hasta el enorme ventanal.
Desde allí observó la ciudad sin verla realmente.
Su mente había regresado más de veinte años atrás.
—Porque los Shervian son una familia que jamás hace un movimiento sin pensar diez pasos adelante.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Son enemigos nuestros?
Richard tardó unos segundos en responder.
—No.
—¿Socios?
—Tampoco.
Lucas permanecía en silencio, atento a cada palabra.
Richard apoyó una mano sobre el vidrio.
—Durante generaciones nuestras familias caminaron por caminos distintos.
Competimos.
Negociamos.
Nos enfrentamos en los negocios.
Pero nunca cruzamos ciertos límites.
Hasta que llegó el compromiso entre Adrián y Nica.
Los cuatro hermanos intercambiaron miradas.
Era la primera vez que su padre hablaba de aquel compromiso sin enojo.
—Pensé que esa alianza iba a poner fin a décadas de rivalidad silenciosa.
Pero todo cambió la noche en que Nica desapareció.
Gabriel bajó la cabeza.
Todavía recordaba el caos de aquella noche.
Richard volvió hacia el escritorio.
—Desde entonces...
Nunca volví a tener noticias de los Shervian.
Hasta hoy.
En Puerto Azul...
Nica seguía sosteniendo la pequeña caja de madera.
La brújula descansaba en la palma de su mano.
Giraba lentamente mientras la aguja encontraba el norte una y otra vez.
—¿Qué escondés...? —susurró.
Marta apareció detrás del mostrador.
—¿Seguís pensando en eso?
—No puedo dejar de hacerlo.
La mujer observó la brújula.
—A veces los objetos llegan a nuestra vida por una razón.
—¿Vos creés en el destino?
Marta sonrió.
—Creo en las personas.
Y creo que algunas aparecen justo cuando más las necesitamos.
Nica guardó nuevamente la brújula.
No sabía por qué, pero sentía que aquel pequeño objeto era mucho más importante de lo que parecía.
A esa misma hora...
El hombre de los ojos grises conducía por la ruta costera.
Su teléfono sonó.
Miró la pantalla unos segundos antes de atender.
—¿Sí?
Del otro lado se escuchó la voz pausada de un anciano.
—¿Ya hablaste con ella?
—Todavía no como debería.
—¿Y cuánto más pensás esperar?
Él guardó silencio.
—No quiero perder su confianza.
El anciano suspiró.
—La confianza también se pierde cuando se oculta demasiado.
El hombre apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento durante un instante.
Sabía que su abuelo tenía razón.
Pero todavía no encontraba el momento adecuado para contarle la verdad a Nica.
—Pronto...
Lo prometo.
Colgó la llamada.
Sin darse cuenta, un automóvil gris lo seguía a varios metros de distancia.
Samuel.
Conducía en silencio mientras observaba el vehículo de Ian.
—Así que finalmente empezaste a moverte...
Murmuró para sí mismo.
El almuerzo en el Café del Puerto transcurrió con normalidad.
Don Ernesto discutía con un pescador sobre el clima.
Un grupo de turistas preguntaba qué lugares visitar.
Y Marta no dejaba de ir y venir entre la cocina y el salón.
Nica intentaba concentrarse en el trabajo.
Pero las preguntas seguían acumulándose.
Cuando terminó de servir una mesa, encontró un pequeño sobre debajo del florero que siempre adornaba la ventana.
Su respiración se detuvo.
Miró alrededor.
Nadie parecía haberlo dejado.
Lo abrió lentamente.
Dentro no había fotografías.
Solo una hoja doblada.
Con una frase escrita a mano.
"No todos los secretos fueron creados para hacer daño. Algunos existen para proteger a quienes amamos."
Nica cerró los ojos.
Por primera vez, la nota no sonaba como una amenaza.
Sonaba como una advertencia.
O quizás...
Como un consejo.
Guardó el papel dentro del bolsillo del delantal.
Pero, desde una mesa al fondo del café, un cliente que llevaba una gorra oscura observó cada uno de sus movimientos.
Cuando Nica levantó la vista, el hombre ya se había marchado.
Y sobre la mesa solo quedó una taza de café... completamente intacta.
Nica permaneció unos segundos mirando la taza de café.
Estaba completamente llena.
Ni siquiera había sido probada.
Frunció el ceño.
—Qué raro...
Tomó la taza y miró alrededor del salón.
El hombre de la gorra ya no estaba.
Había desaparecido sin hacer ruido.
—¿Pasa algo? —preguntó Marta al verla inmóvil.
—El cliente de esa mesa se fue sin tomar el café.
Marta observó la taza.
—¿Pagó?
Nica revisó el pequeño anotador donde registraban los pedidos.
—Sí... incluso dejó propina.
La mujer se quedó pensativa.
—Entonces no hay problema.
Pero para Nica sí lo había.
No era normal que alguien pidiera un café, lo pagara y se marchara sin siquiera probarlo.
Algo le decía que ese hombre nunca había ido allí por la bebida.
Había ido por ella.
Cuando terminó el turno del almuerzo, Nica salió unos minutos a tomar aire.
Se sentó en el banco frente al mar.
Sacó del bolsillo la nota que había encontrado.
La leyó otra vez.
"No todos los secretos fueron creados para hacer daño. Algunos existen para proteger a quienes amamos."
Aquellas palabras eran completamente distintas a las anteriores.
Ya no hablaban de perseguirla.
Ni de encontrarla.
Parecían escritas por alguien que intentaba prepararla para algo.
Mientras observaba el horizonte, escuchó unos pasos acercarse.
—Sabía que te iba a encontrar acá.
Levantó la vista.
Era el hombre de los ojos grises.
Llevaba dos vasos de café.
Le ofreció uno.
—Gracias.
Los dos permanecieron en silencio durante unos instantes.
El viento hacía bailar suavemente el cabello de Nica.
Él la observó de reojo.
—No tuviste un buen día.
Ella soltó una risa cansada.
—¿Siempre te das cuenta de todo?
—Casi de todo.
Nica bajó la mirada hacia el vaso.
—Cada día aparecen más preguntas.
Y nadie quiere responderlas.
Él permaneció en silencio.
Sabía exactamente de qué estaba hablando.
—¿Confiás en mí?
Ella levantó la vista.
—Ya me hiciste esa pregunta.
—Lo sé.
—Y te respondí que sí.
Él respiró profundamente.
—Entonces dejame contarte una parte de la verdad.
El corazón de Nica comenzó a acelerarse.
Por fin.
Después de tantos días...
Él iba a hablar.
—Mi familia conoce a la tuya desde hace muchos años.
Nica sintió un estremecimiento.
—¿Qué...?
Él continuó antes de que pudiera interrumpirlo.
—No por casualidad.
No por negocios pequeños.
Nuestras familias estuvieron unidas durante generaciones.
Ella dejó el café sobre el banco.
—¿Quién sos?
Él cerró los ojos un instante.
Parecía reunir el valor para dar un paso que había evitado durante demasiado tiempo.
—Mi apellido es...
En ese mismo instante sonó un fuerte bocinazo.
Los dos giraron hacia la calle.
Un camión había frenado de golpe para evitar atropellar a un niño que cruzó corriendo.
La gente comenzó a reunirse alrededor.
Nica se levantó de inmediato.
—¡El nene!
Corrió hacia la calle sin pensarlo.
El pequeño estaba ileso, pero completamente asustado.
Nica se arrodilló frente a él.
—¿Estás bien?
El niño rompió en llanto.
Ella lo abrazó con ternura.
—Ya pasó...
No te va a pasar nada.
El hombre de los ojos grises llegó unos segundos después y ayudó a tranquilizar a la madre del niño.
Cuando todo volvió a la calma, ambos regresaron lentamente al banco.
Nica suspiró.
—Perdón... te interrumpí.
Él sonrió con tristeza.
—Parece que el destino todavía no quiere que termine esa frase.
Ella soltó una pequeña risa.
—Empiezo a creer que el destino disfruta haciéndome esperar.
Él la miró fijamente.
—Tal vez solo está esperando el momento correcto.
A varios kilómetros de allí...
Richard Beaumont caminaba por el balcón de la suite del hotel donde se hospedaba.
Había llegado a Puerto Azul esa misma mañana.
Pero no había intentado ver a su hija.
Ni siquiera se había acercado al café.
Observaba el mar desde la distancia.
Alexander salió al balcón.
—¿No vamos a buscarla?
Richard negó lentamente.
—Todavía no.
—¿Por qué?
El hombre cerró los ojos.
—Porque la vi sonreír.
Alexander frunció el ceño.
—¿Y eso cambia algo?
Richard tardó varios segundos en responder.
—Lo cambia todo.
Miró nuevamente una de las fotografías tomadas por el investigador.
Nica reía mientras sostenía un vaso de café.
Era una sonrisa que él no veía desde hacía muchos años.
—Si aparezco ahora...
Voy a destruir esa sonrisa.
Y no estoy seguro de tener derecho a hacerlo.
Alexander quedó completamente sorprendido.
Era la primera vez que veía a su padre dudar.
Muy lejos de allí, en una antigua mansión rodeada de jardines, un anciano observaba un enorme tablero de ajedrez.
Movió lentamente una pieza blanca.
Sonrió.
—Ahora sí...
Las dos familias volvieron a encontrarse.
Y la verdadera partida...
Acaba de comenzar.
Continuará...