Romance en Playa Varadero ( Cuba)
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La tormenta real.
El primer conflicto serio entre Marina y Álix estalló una tarde de sábado, tres semanas después de su regreso. Como todas las tormentas tropicales, se gestó en silencio, acumulando presión, hasta que el detonante más insignificante provocó la explosión.
Todo empezó con una videollamada. Álix estaba en el porche, trabajando en su libro, cuando su teléfono vibró con un número desconocido. Descolgó por inercia, y la voz al otro lado de la línea le heló la sangre.
—¿Álix? Soy Camille.
Otra vez ella. Llevaba semanas intentando contactarlo, dejando mensajes en el contestador, enviando correos electrónicos que él borraba sin leer. Pero esta vez había conseguido dar con su número nuevo, el que había adquirido en Cuba.
—¿Cómo has conseguido este número?
—Por tu madre. Me lo dio ella. Está preocupada por ti, ¿sabes? Le parece una locura que te hayas ido a vivir a una isla del Caribe por una mujer a la que apenas conoces. Y yo estoy de acuerdo con ella.
—Mi vida no es asunto tuyo, Camille. Ni de mi madre.
—Claro que es asunto mío. Fuimos pareja durante tres años, Álix. Tres años. No puedes borrar eso como si nada.
—No lo estoy borrando. Solo estoy siguiendo adelante. Deberías hacer lo mismo.
La conversación se prolongó durante diez minutos, diez minutos que a Álix le parecieron una eternidad. Camille alternaba entre el reproche y la súplica, entre la amenaza velada y la declaración de amor tardía. Cuando finalmente colgó, Álix se sentía agotado, como si hubiera librado una batalla sin armas.
Marina llegó a casa una hora después, radiante, con una cesta de mangos que le había regalado un pescador. Pero en cuanto vio la expresión de Álix, su sonrisa se desvaneció.
—¿Qué ha pasado?
—Nada importante.
—No me mientas, Álix. Te conozco. Algo te preocupa.
Él suspiró y le contó la verdad. La llamada de Camille, la intromisión de su madre, la sensación de que su pasado se negaba a soltarlo.
Marina escuchó en silencio, con el rostro impasible. Cuando Álix terminó, dejó la cesta de mangos sobre la mesa y se cruzó de brazos.
—¿Por qué no me lo habías contado antes?
—¿Contado qué?
—Que Camille te seguía llamando. Que tu madre está en contra de nuestra relación. Que hay toda una parte de tu vida que me estás ocultando.
—No te la estoy ocultando. Simplemente no quería preocuparte.
—No querías preocuparme. —La voz de Marina destilaba sarcasmo—. ¿Y qué más no me has contado para no preocuparme? ¿Hay algo más, Álix? ¿Algún otro secreto que deba saber?
—No hay nada más. Te lo juro.
—No me basta con que me lo jures. Necesito confianza. Necesito saber que somos un equipo, que compartimos las cosas, las buenas y las malas. Si me ocultas esto, ¿qué más me ocultarás en el futuro?
La discusión se prolongó durante más de una hora, subiendo de tono, bajando, volviendo a subir. Se dijeron cosas que no sentían, reproches que se clavaban como aguijones. Marina le echó en cara su pasado burgués, su vida privilegiada, su incapacidad para entender las dificultades reales. Álix le reprochó su rigidez, su tendencia a ver las cosas en blanco y negro, su miedo a confiar plenamente.
Al final, exhaustos y heridos, se refugiaron en habitaciones separadas. Marina se encerró en el dormitorio. Álix se quedó en el porche, contemplando las estrellas con el corazón encogido.
Fue Antonio quien, sin saberlo, les ayudó a reconciliarse. A la mañana siguiente, se presentó en la casa con una caja de puros y una botella de ron, ajeno por completo a la tormenta doméstica que había tenido lugar.
—Buenos días, muchachos —saludó, con su alegría habitual—. Hoy es domingo. Domingo de dominó. ¿Dónde están las fichas?
Marina y Álix intercambiaron una mirada. Ninguno de los dos había dormido bien, y la tensión entre ellos era palpable. Pero la presencia del abuelo, con su vitalidad arrolladora, actuó como un bálsamo.
—Abuelo, hoy no es buen momento —empezó Marina.
—Tonterías. Siempre es buen momento para el dominó. Y para hablar. Porque vosotros dos tenéis cara de haber discutido, y las discusiones, como las heridas, se curan antes si se ventilan.
Antonio se sentó en el porche, sirvió tres vasos de ron y empezó a mezclar las fichas sobre la mesa.
—Os voy a contar una historia —dijo, mientras repartía—. Hace cincuenta años, yo estaba casado con la abuela de Marina. Se llamaba Caridad, y era la mujer más hermosa de toda la provincia. Pero también era la más terca. Un día, discutimos por una tontería. Ya ni recuerdo qué era. Algo del dinero, creo. El caso es que nos dejamos de hablar durante una semana. Una semana entera, en la misma casa, sin dirigirnos la palabra.
—¿Y cómo se reconciliaron? —preguntó Marina.
—Gracias al dominó. Una noche, yo estaba jugando solo, aburrido como una ostra, y ella se sentó enfrente sin decir nada. Jugamos una partida. Luego otra. Luego otra. Al final de la noche, nos estábamos riendo como tontos. Las fichas nos habían recordado que éramos un equipo, que jugábamos en el mismo bando.
Marina y Álix se miraron. La historia de Antonio había hecho mella.
—Lo siento —dijo Álix, tomando la mano de Marina—. Debí haberte contado lo de Camille desde el principio. Debí confiar en ti.
—Y yo siento haber reaccionado tan mal —respondió ella—. Es solo que... tengo miedo. Miedo de que tu mundo te reclame. Miedo de no ser suficiente.
—Eres más que suficiente, Marina. Eres todo.
Antonio carraspeó, incómodo ante tanta muestra de afecto.
—Bueno, bueno, menos besuqueo y más dominó. Que os estoy ganando.
Aquella tarde, entre fichas y risas, la tormenta se disipó. Marina y Álix aprendieron una lección valiosa: el amor no es ausencia de conflicto, sino la capacidad de superarlo juntos. Y que un abuelo sabio y un buen dominó pueden arreglar casi cualquier cosa.