Un alfa embarazado de un Omega dominante
Dante Lombard Sanford siempre vivió a la sombra de su familia, hasta que conoció a Trébol Armstrong, un omega dominante que desafía todas las reglas. Lo que comienza como una atracción imposible termina convirtiéndose en un amor capaz de romper las leyes de la biología y los prejuicios de la sociedad.
Cuando Dante descubre que está embarazado de un omega, ambos deberán enfrentarse al rechazo, las ambiciones familiares y a quienes intentarán separarlos. Juntos demostrarán que el verdadero amor no entiende de jerarquías, solo de la valentía para elegir a la persona correcta.
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Soy un Omega pero parezco un alfa.
Los alfas heridos son más peligrosos cuando te miran como si fueras refugio
Nunca me gustaron los alfas demasiado seguros de sí mismos. O mejor dicho dejaron de importarme desde hace mucho por razones válidas.
No me refiero a la seguridad real, esa que nace de la disciplina, de la experiencia o del trabajo duro. Esa me parece incluso admirable. Hablo de la otra. De la seguridad inflada, heredada, vacía. La que se apoya en un apellido, en una cuenta bancaria, en una voz grave y en la costumbre de que el mundo se aparte para dejarlos pasar.
Crecí rodeado de alfas así.
Aprendí a detectarlos antes de que abrieran la boca.
El problema de Dante Lombard Sanford era que yo todavía no decidía en qué categoría ponerlo.
Porque sí, tenía varias de las características más irritantes de un alfa privilegiado: era guapo de una forma ofensiva, rico hasta niveles absurdos, vestía como si hubiera nacido en una revista de lujo, manejaba un coche que probablemente costaba más que mi primer apartamento y tenía esa clase de encanto insolente que solo desarrollan los hombres acostumbrados a abrir puertas con una sonrisa y salir bien librados.
Pero también estaba el otro lado de Dante que empecé a conocer cuando bajé la guardia.
El que llegaba al gimnasio con ojeras discretamente maquilladas y con el cansancio al límite.
El que hacía chistes cuando estaba incómodo. El que permaneció semanas aunque el resto se dió por vencido conmigo.
El que intentaba seducirme y, aun así, nunca se había permitido tocarme sin que yo marcara primero la distancia.
El que se tragaba el dolor con una sonrisa demasiado perfecta.
El que, la noche en que le escribí y llegó a mi casa con su brazo fracturado, se sentó en mi sofá y habló como si llevara años aguantando el peso de una casa entera sobre la espalda.
Ese Dante me preocupaba.
Y yo detestaba preocuparme por hombres que olían a problemas. Ya tenía claro que su familia elegía a sus parejas.
Cuando tenía quince años, un alfa de último curso intentó acorralarme y hacerme suyo en el baño del instituto.
No fue una violación.
No llegó tan lejos.
Pero me traumó lo suficiente como para que mi cuerpo recordara durante años la sensación de una persona respirar en mi espalda, una mano demasiado fuerte en mi muñeca, como llegó a arrancarme la ropa y una voz burlona diciéndome que los omegas servíamos para aprender obediencia cuanto antes. Para estar debajo.
Yo acababa de manifestarme. Y ese día ese alfa fue el primero en notarlo.
Todavía no entendía del todo mis feromonas, ni mis ciclos, ni la manera en que algunos alfas cambiaban de expresión cuando olían a un omega joven por primera vez. Hasta entonces había sido simplemente Trébol: el hijo del medio de una familia ruidosa, buen estudiante, algo flaco, demasiado callado, con la costumbre de esconderse en los libros y en los videojuegos cuando el mundo se ponía pesado.
Después de mi manifestación, dejé de ser solo Trébol.
Me convertí en un cuerpo a vigilar.
En un riesgo andante lleno de feromonas con olor a manzana verde.
En un comentario discriminante y rumores a dónde iba.
En una posibilidad de quedar embarazado en contra de mi voluntad con alguien que ni siquiera conociera.
“Qué pena que seas omega, con esa cara habrías sido un alfa precioso”.
“Deberías aprender a comportarte, ahora te van a mirar distinto”.
“Más vale que tengas cuidado con tus amistades y evitar a los alfas”.
“Los omegas bonitos siempre la pasan mal si no saben ubicarse”.
" Si te llega el celo y alguien te toma, no caerá preso"
Nunca he olvidado esa última frase.
Nadie sería responsable de ultrajarme.
Como si yo hubiera nacido para ocupar un sitio pequeño, dócil y perfectamente delimitado.
Como si la vida ya viniera con un molde asignado solo porque mi segundo género decidió manifestarse de cierta forma.
No conté lo del baño con ese alfa enseguida. Un alumno dió la alarma a otro compañero y me salvaron de ser poseído por ese animal a tiempo.
Primero me encerré.
Luego dejé de dormir bien.
Después empecé a evitar los pasillos solos, los vestidores con alfas, las fiestas, cualquier lugar donde el olor a alcohol y testosterona me hiciera sentir vulnerable.
Mi madre fue la primera en darse cuenta de que algo iba mal.
Mi madre es omega también, aunque nadie lo adivinaría al verla discutir contratos con proveedores o poner de rodillas a un contador que cometió un error en la empresa familiar. Tiene la clase de dulzura que solo existe en mujeres capaces de destrozarte con una sonrisa tranquila si te metes con sus hijos.
No me obligó a hablar.
No me presionó.
Solo se sentó una noche al borde de mi cama y me dijo:
—No tienes que contarme hoy. Pero no voy a permitir que aprendas a vivir con miedo si algo te sucedió en la escuela.
Lloré tanto esa noche que me dolió la garganta al día siguiente.
Mi padre quiso denunciar al chico.
Mis hermanos quisieron partirle la cara.
Mi madre hizo algo mejor: me devolvió el control.
Me cambió de terapeuta.
Me acompañó a denunciar en el colegio.
Se sentó conmigo a estudiar opciones para defensa personal.
Y, cuando un día la miré y le dije que no quería volver a sentirme débil nunca más, me llevó a un gimnasio.
Yo era un omega delgado, enojado y asustado.
No tenía idea de lo que estaba haciendo con una barra en las manos.
Pero sí tenía una cosa: rabia.
Y la rabia, bien administrada, sirve muchísimo.
Empecé por necesidad.
Seguí por disciplina.
Me quedé por orgullo.
Descubrí que me gustaba el control del cuerpo. El proceso. La repetición. El progreso visible. El modo en que la fuerza se construía a base de constancia, no de milagros. Descubrí que entrenar me daba algo que ningún consejo bienintencionado había conseguido darme: la certeza física de que yo podía defenderme.
A los dieciocho ya no era el omega flaco al que intentaban empujar contra una pared. Podía controlar mis feromonas. Si no encontraba a mi predestinado, nadie más podría olerme.
A los veinte estaba estudiando terapia física y entrenamiento deportivo.
A los veintidós empecé a trabajar con atletas lesionados y con personas que necesitaban recuperar movilidad, fuerza o simplemente confianza.
A los veinticinco abrí mi propio gimnasio.
A los veintiocho pude comprar la casa donde vivo ahora, con el garaje adaptado como estudio privado y suficiente independencia económica como para no tener que sonreírle a ningún alfa por supervivencia o conveniencia.
Nunca dependí de uno.
Nunca quise hacerlo.
Y, con el tiempo, dejé de soportar la idea de que alguien asumiera que por ser omega yo debía ser suave, receptivo, frágil o sumiso por naturaleza.
No.
No funcionaba así conmigo.
Yo no quería un alfa que me protegiera o me embarazara.
Quería, si acaso, uno lo bastante inteligente como para no intentar domesticarme.
Y, desde luego, jamás iba a dejar que nadie decidiera por mí el papel que debía ocupar en una relación.
Mucho menos en la cama.
Si algo tenía claro, era eso.
Yo no estaba hecho para estar debajo de nadie.
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(人*´∀`)。*゚+
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