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Las Cuatro De La Medianoche.

Las Cuatro De La Medianoche.

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Mundo mágico / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.

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Capítulo 16 — El juramento roto

Los nombres pertenecían a una reina desprendida y a un juramento roto. En el silencio absoluto que siguió a la revelación, el Vórtice pareció expandirse hasta el infinito, convirtiéndose en una catedral de sombras donde cada columna era un lamento. Xylia, Lyraka, Ravenna y Shapira estaban solas frente a la magnitud de una falta milenaria. No solo estaban luchando contra el Segador o los avatares del caos; estaban luchando contra el vacío legal y espiritual que una reina había dejado tras de sí.

—¿Cómo se rompe un juramento de este calibre? —preguntó Lyraka, su voz resonando en el vacío—. No es como romper una promesa de taberna. Esto está grabado en la realidad.

Ravenna, con los dedos temblando sobre las runas de sangre que aún flotaban frente a ella, comenzó a descifrar la mecánica del desastre.

—Elowen no solo huyó, Lyraka. Ella era el nexo. Imaginen un puente donde la piedra central decide que ya no quiere soportar el peso y simplemente se desvanece. El puente no cae de golpe; se queda suspendido en un estado de colapso perpetuo. Eso es nuestro mundo. Una caída que dura mil años. El juramento decía que la Reina debía ser el eco de todas las voces de su pueblo. Al desprenderse, ese eco se volvió un grito silencioso que ha estado desgarrando la estructura del equilibrio.

Xylia se acercó a la runa que representaba a la "Reina Desprendida". Al tocarla, una visión la asaltó: vio a Elowen sentada en un trono de nubes frías, cerrando sus oídos a los lamentos de las madres que perdían a sus hijos en las fronteras, cerrando sus ojos a la corrupción de los reyes. Vio cómo la reina cortaba los hilos de plata que la unían a cada alma de su reino.

—Ella quería paz —susurró Xylia, sintiendo la tentación de esa misma paz—. Quería estar por encima de todo. Pensó que si no participaba en el mal, no era responsable de él. Pero en este nivel de poder, la indiferencia es el mayor de los crímenes.

—Y ahora nosotras tenemos que pagar su fianza —escupió Lyraka—. Típico de la realeza. Dejan la cuenta abierta y esperan que las sirvientas limpien el desorden. ¿Qué es lo que pide este maldito juramento para cerrarse? ¿Sangre? ¿Mi alma? ¿Qué?

Ravenna leyó las runas finales, su rostro palideciendo hasta volverse del color del pergamino viejo.

—No pide sangre, Lyraka. La sangre ya ha corrido demasiado. El juramento pide la restitución del "Eco". Como Elowen se llevó las voces del pueblo consigo para que no la molestaran, el equilibrio ahora exige que una voz sea devuelta al Vórtice. Una voz que contenga toda la verdad, todo el dolor y toda la esperanza de nuestra era.

Shapira se tensó. Sus cadenas, que habitualmente eran ruidosas, se quedaron completamente inmóviles. Sus ojos se clavaron en Ravenna con una intensidad que dolía. Ella, que ya había sido silenciada, que ya había entregado su voz a una causa menor, entendía la ironía cruel de este nuevo requerimiento.

—¿Una voz? —preguntó Xylia, mirando a Shapira y luego a las demás—. Pero... Shapira ya no tiene voz. ¿Acaso el juramento se burla de nosotras?

—No es la voz física lo que pide —explicó Ravenna, y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas—. Pide la capacidad de expresarse, de ser entendida, de existir en la mente de los demás. Pide que una de nosotras entregue su "yo" narrativo. Quien pague este precio seguirá respirando, seguirá luchando, pero será un fantasma en la memoria de los vivos. Su voz no volverá a ser oída, ni sus palabras leídas, ni sus gestos comprendidos por nadie más que por las otras tres.

El peso de la exigencia cayó sobre ellas como una losa de plomo. Ser una Guardiana ya era un destino solitario, pero esto era el aislamiento absoluto. Era ser la salvadora de un mundo que ni siquiera podría reconocer tu existencia.

—Yo no puedo hacerlo —dijo Lyraka, retrocediendo, con los ojos llenos de un pánico primario—. Mi voz es lo único que me queda. Es mi rabia, es mi identidad. Si no puedo gritarle al mundo que estoy aquí, entonces Malakor habrá ganado. Él quería que fuéramos sombras mudas. No se lo daré.

Xylia miró sus manos doradas.

—Mi voz es mi mando —dijo con tristeza—. Si no puedo hablar, no puedo liderar a mis tropas fuera de la oscuridad. Mi gente necesita una reina que hable la verdad, no una estatua que vigile desde las sombras.

Ravenna bajó la cabeza.

—Y mi voz es mi conocimiento —susurró—. Si no puedo transmitir lo que he aprendido, si no puedo escribir las nuevas leyes del equilibrio, el conocimiento morirá conmigo. Sería como quemar la única biblioteca que queda en el mundo.

Shapira dio un paso al frente. No había duda en sus movimientos. Sus cadenas tintinearon con una nota dulce, casi alegre. Ella ya sabía lo que era el silencio. Había vivido en él, lo había convertido en su aliado. Miró a sus tres hermanas, a las mujeres que habían aprendido a leer sus gestos y sus silencios. Su mirada les decía que ella ya estaba preparada. Que ella era la única que podía llevar esa carga sin romperse, porque su alma ya estaba forjada en la mudez.

—No, Shapira —dijo Xylia, deteniéndola—. Ya has dado suficiente. Tu pueblo te quitó la voz para usarte como un arma. No dejes que este juramento roto te quite lo último que te queda: tu presencia entre nosotras.

Shapira negó con la cabeza y apartó la mano de Xylia con suavidad. Se situó en el centro de la espiral de sangre, justo debajo del nombre de la Reina Desprendida. Levantó las manos hacia el vacío, y por un momento, su figura pareció brillar con una luz estelar.

—El juramento exige que una de nosotras pague con su voz —repitió Ravenna, con la voz rota—. Pero no se refiere solo al sonido. Se refiere a la conexión. Si Shapira lo hace, ella se convertirá en el "Eco" que Elowen se llevó. Será el puente entre este plano y la realidad, pero se quedará atrapada en el medio.

Lyraka se dejó caer al suelo, sollozando sin control.

—¿Por qué siempre tiene que ser ella? ¿Por qué la más fuerte tiene que ser la que más sufre? ¡Maldita sea Elowen! ¡Malditos sean todos los reyes!

Shapira miró a Lyraka y le dedicó una sonrisa pequeña, una de esas sonrisas que solo se ven al final de una larga agonía. No era una sonrisa de mártir, sino de una guerrera que ha encontrado su batalla final. Se giró hacia el espejo roto y, en un acto de voluntad pura, abrió la boca.

No salió ningún sonido físico, pero el Vórtice entero se estremeció. La sangre ancestral comenzó a ser absorbida por la garganta de Shapira, no como un líquido, sino como una energía vibratoria. Los nombres de los reyes traidores fueron succionados hacia su pecho, donde las cadenas empezaron a brillar con un blanco incandescente.

El precio estaba siendo pagado. La conexión de Shapira con el mundo exterior se estaba deshilachando. Ravenna sintió cómo el nombre de Shapira en su propio libro comenzaba a desvanecerse, volviéndose una sombra borrosa. Xylia sintió que la presencia de Shapira a su lado se volvía etérea, como si estuviera viendo a alguien a través de una densa niebla.

—¡Shapira! —gritó Xylia, intentando abrazarla, pero sus brazos pasaron a través de ella como si fuera humo.

Shapira cerró los ojos. En su mente, por fin, había silencio. No el silencio forzado de su aldea, sino el silencio vasto y estrellado del equilibrio absoluto. Había aceptado ser el sacrificio que Elowen no quiso ser. Había aceptado ser la voz que sostiene el mundo, aunque el mundo nunca sepa su nombre.

La espiral de sangre desapareció. El nombre de la Reina Desprendida se hizo añicos. El juramento, aunque herido, volvió a cerrarse sobre sí mismo, sellado por la renuncia de la más silenciosa de las guardianas. El Vórtice se estabilizó, y una paz gélida y terrible se instaló en la Ciudad de Espejos.

Ravenna, Xylia y Lyraka se quedaron mirando el espacio donde Shapira aún permanecía de pie, aunque su forma parecía vibrar en una frecuencia diferente a la de ellas. La miraban, pero sentían que una parte de su memoria de ella estaba siendo robada por el contrato mágico.

—¿Sigue aquí? —preguntó Lyraka en un susurro aterrado—. Siento que la estoy olvidando... aunque la tengo delante.

—Está aquí —respondió Ravenna, secándose las lágrimas—. Pero ya no nos pertenece. Ahora le pertenece al juramento.

El silencio que siguió no fue un vacío de sonido. Fue algo más profundo, algo que ninguna de ellas había experimentado jamás. Era un silencio que tenía textura, que tenía peso, que tenía una armonía oculta.

El juramento exigía que una de ellas pagara con su voz.

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