⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️
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Encadenado a su lado
El búnker subterráneo parecía haber engullido el resto del mundo. En la suite de piel negra, el calor era pastoso, denso y sofocante, cargado con el sonido rítmico de dos respiraciones que se acoplaban en medio de la penumbra. Arlo Baxter permanecía bocarriba sobre el colchón, con su torso brillando por el sudor de la entrega al sexo. Sus hombros se hundían en las almohadas y sus intensos ojos negros seguían cada milímetro de los movimientos del cantante.
Gus Fletcher estaba posicionado sobre él. En esta posición, la dinámica del control físico había dado un giro puramente visual: Gus estaba cabalgando a Arlo. El artista mantenía sus muslos apretados a los costados de la cintura de piedra del mafioso, subiendo y bajando con un ritmo trémulo que delataba el agotamiento y la adicción de su propio cuerpo. Sus manos se apoyaban con desesperación sobre el pecho ancho de Arlo, buscando estabilidad mientras su pelvis se hundía una y otra vez contra el pene del líder criminal.
Arlo no movía las manos. Mantenía sus dedos largos y callosos entrelazados flojamente detrás de su propia cabeza, dejando que Gus asumiera el esfuerzo físico de la intromisión, pero sin ceder un solo ápice del dominio psicológico. Las dos líneas de energía carmesí que nacían de las muñecas de Arlo flotaban en el aire del búnker, parpadeando con un resplandor rosa carnal extremadamente brillante que envolvía el cuerpo del cantante como una red invisible.
—Mírate, Gus —dijo Arlo. Su voz retumbó en la habitación insonorizada, cortando los jadeos espesos del artista—. Crees que tienes el control porque estás arriba, pero tus piernas están temblando. Tus ojos están completamente nublados. Estás entregándote a mí por tu propia voluntad ahora mismo.
—Cállate... Baxter... por favor, cállate —jadeó Gus, con la respiración entrecortada y el rostro encendido de pura excitación. El sonido húmedo del aceite y la fricción de sus pelvis chocando con fuerza llenaban el espacio cerrado—. Esto es... por el maldito hilo. Tú me haces... sentir esto.
—Sigue mintiéndote, Fletcher —respondió Arlo con una sonrisa fría y posesiva que se dibujó en su mandíbula—. Sigue diciendo que es el hilo. Pero el lazo no se mueve solo; responde a lo que tu alma esconde. Deseas mi cuerpo dentro del tuyo tanto como deseas que yo gobierne tu carrera. Viniste a mi fortaleza buscando un dueño, y lo encontraste.
Gus soltó un gemido ronco, un sonido espeso que se le escapó de la garganta cuando apretó los músculos de su intimidad alrededor del miembro del mafioso, buscando una inserción aún más profunda. La intensidad del placer y el estallido de tener al inmenso líder hombre sometiéndolo desde abajo rompiendo toda su lógica.
Involuntariamente, las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Gus. No eran lágrimas de dolor o de tristeza; eran el resultado de una sobrecarga de éxtasis, un llanto de placer puro y rendición total que resbaló por sus mejillas y goteó sobre el pecho cubierto de sudor de Arlo. El cantante se dobló hacia adelante, sollozando sin vergüenza, dejando caer su cabeza sobre el hombro de su amante mientras continuaba moviendo las caderas en espasmos continuos de lujuria.
Arlo observó las lágrimas del artista. Disfrutaba del control absoluto, por supuesto; había sido entrenado por su padre anciano para ser un titiritero implacable. Pero lo que sentía por Gus Fletcher iba mucho más allá de la simple dominación de una propiedad. Sentía una fascinación posesiva, un afecto oscuro y feroz que lo obligaba a destruir cualquier amenaza externa que osara rozar la piel del cantante. Gus no era un juguete pasajero; era la única criatura que había logrado encender una chispa de calor real en su pecho frío. Verlo llorar de placer, completamente roto y dócil bajo su yugo, despertaba en Arlo una necesidad primitiva de protegerlo y mantenerlo encadenado a su lado para siempre.
—Ya es suficiente, dócil —susurró Arlo con su voz gruesa cerca del oído del joven, rompiendo su postura pasiva.
Con un movimiento rápido y una fuerza descomunal, Arlo atrapó la cintura de Gus con sus brazos de hierro, deteniendo su cabalgata. Invirtió las posiciones en un solo giro fluido, dejando al artista bocarriba contra el colchón una vez más. Arlo empujó hacia adelante con tres embestidas brutales y cargadas de un fuego que hizo que el hilo carmesí explotara en un resplandor permanente. Gus soltó un grito ahogado, con el cuerpo sacudiéndose en un espasmo final antes de que ambos derramaran sus fluidos compartidos sobre las sábanas de piel negra, sellando la noche con una entrega absoluta.
Dos horas más tarde, la suite del búnker había recuperado un silencio. Gus Fletcher dormía profundamente en el centro de la inmensa cama, completamente agotado, con la manta oscura cubriéndole el torso y el rostro sereno, totalmente ajeno a los hilos de sangre que se tejían fuera de su habitación.
Arlo Baxter permanecía de pie junto a la mesa lateral de la suite, vistiéndose con un pantalón negro limpio y una camisa oscura. Se acomodó la funda de su pistola bajo el brazo con un movimiento experto y miró al cantante una última vez. El hilo rojo en su muñeca se estiraba con flexibilidad, transmitiendo el pulso calmado y saludable de su preciada posesión.
Arlo cruzó las pesadas puertas blindadas de la suite y caminó por el pasillo de hormigón reforzado del búnker hasta llegar a la sala de operaciones tácticas. El lugar estaba lleno de pantallas con transmisiones de cámaras de seguridad y mapas satelitales de los muelles de la ciudad.
Allí lo esperaba Rom, su jefe de seguridad de máxima confianza, un hombre corpulento de mirada dura que revisaba el armamento de grado militar sobre una mesa de acero.
—Señor Baxter —dijo Rom, cuadrándose de inmediato con respeto absoluto—. Los informes de inteligencia están completos. El cartel rival que atacó la propiedad del está concentrado en sus almacenes principales del sector este del puerto. Creen que usted sigue escondido o herido. No esperan un contraataque esta noche.
Arlo sacó un cigarrillo, lo encendió con su encendedor de oro y exhaló una densa nube de humo gris en el aire cerrado del centro de mando. Su mandíbula se tensó con una rigidez aterradora y sus ojos negros brillaron con la frialdad de un verdugo.
—Cometieron el error de entrar a mi casa y poner en peligro lo que me pertenece, Rom —dijo Arlo. Su voz bajó a un susurro grueso que helaba la sangre de cualquiera—. No quiero sobrevivientes. No quiero negociaciones. Vamos a desplegar tres equipos de asalto armados. Bloqueen las salidas marítimas y quemen esos almacenes con todo lo que tengan adentro. Esta noche borramos el nombre de ese cartel de la ciudad para siempre.
—Entendido, señor Baxter. Las tripulaciones están listas en los vehículos blindados. ¿Usted coordinará desde aquí? —preguntó Rom, ajustando su chaleco táctico.
—No —sentenció Arlo, revisando el cargador de su propia arma con un chasquido metálico e impecable—. Yo voy al frente. Mi padre me enseñó que cuando alguien intenta tocar tu territorio, debes arrancarle la cabeza con tus propias manos. Asegura la guardia de la suite de Fletcher. Nadie entra, nadie sale. Que siga durmiendo bajo la seguridad de mis hilos hasta que yo regrese con la ciudad limpia.
—A la orden, señor —respondió Rom, inclinando la cabeza antes de salir a coordinar el convoy de la mafia.
Baxter se quedó solo un segundo en la sala de control, exhalando el último rastro de humo de su cigarrillo. Sintió el sutil tirón del hilo carmesí en sus dedos, recordándole que Gus descansaba a salvo en las profundidades del búnker, protegido por su poder. Una sonrisa de triunfo letal apareció en su rostro. El dictamen de las sombras estaba en marcha, y la deuda de sangre del cartel rival se pagaría antes de que saliera el sol.
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