Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
No...
—Cásate conmigo, Adara.
Ella lo miró, ahí arrodillado frente a ella. Miró el hermoso anillo, pero primero negó suavemente moviendo la cabeza y luego lo dijo.
—No...
Ese "no" de Adara quedó suspendido en el aire como una sentencia imposible de ignorar.
La música suave seguía sonando en el apartamento, las velas continuaban encendidas y el aroma de la cena aún llenaba el comedor... pero algo acababa de romperse de forma definitiva.
Fausto seguía de rodillas frente a ella, inmóvil, sosteniendo la pequeña caja abierta entre las manos. El diamante brillaba bajo la luz cálida, hermoso, costoso y completamente inútil.
Durante unos segundos no reaccionó, solo la miró como si esperara que ella sonriera y dijera que era una broma cruel, pero Adara no sonrió. Ni siquiera pudo sostenerle la mirada demasiado tiempo.
-No puedo aceptar... lo siento, Fausto. No puedo casarme contigo.
El silencio que siguió fue brutal, Fausto se puso de pie lentamente. La mandíbula se le tensó de inmediato y una vena palpitó cerca de su sien. El orgullo le ardió como ácido en el pecho mientras intentaba mantener la compostura.
Porque aquello no estaba pasando, implemente no podía estar pasando.
Él había planeado esa noche durante semanas.
Incluso había imaginado cómo terminaría todo después... ella en su cama, desnuda, feliz, convertida oficialmente en la futura señora Conti.
Y ahora, Adara acababa de destrozarle todo con una sola frase.
-¿Por qué? -preguntó finalmente, con la voz más seca de lo normal-. ¿Qué hice mal?
Adara tragó saliva, aquello era justo lo que quería evitar.
El daño.
El dolor en los ojos de alguien que sí la quería.
-Tú no hiciste nada malo.
-Entonces explícame porque no entiendo nada, Adara.
Ella respiró profundo antes de hablar.
-Lo intenté... de verdad lo intenté.
Fausto frunció el ceño.
-¿Intentaste qué?
-Enamorarme de ti.
La frase le cayó como una bofetada.
Adara levantó la mirada hacia él y decidió soltarlo todo de una vez antes de perder el valor.
-Me gustaste muchísimo, Fausto. Hubo química entre nosotros, atracción... momentos buenos. Pero eso no basta para sostener una relación entera y llevo meses sintiendo que esto ya no va a ninguna parte.
Fausto negó inmediatamente.
-No. No. Eso no puede ser verdad.
Ella continuó antes de que él pudiera interrumpirla.
-No quiero seguir fingiendo algo que no siento. Y no sería justo contigo hacerlo solo porque eres bueno conmigo.
Fausto comenzó a caminar por el comedor como un animal encerrado. Pasó una mano por su cabello mientras miraba todo lo que había preparado.
Las flores.
Las copas.
La cena.
Las malditas y estúpidas velas.
Todo aquello se burlaba de él ahora mismo. Por dentro sentía unas ganas violentas de destrozarlo todo.
¿Cómo demonios Adara Lobo se atrevía a rechazarlo?
Pero respiró profundo, tenía que arreglarlo y encontrar una solución.
-Estás confundida -dijo finalmente, volviendo hacia ella-. Todo esto es por los cambios que vienen ahora. Vas a asumir nuevas responsabilidades, tu vida está cambiando... lo entiendo.
Adara negó con suavidad.
-No es eso.
-Claro que sí.
-Fausto...
-Te conozco.
Ella suspiró cansadamente.
-No. No me conoces tanto como crees.
Él se acercó rápidamente y tomó sus manos entre las suyas.
-Escúchame... está bien. Está bien si necesitas tiempo. Puedo dártelo. Todo el que necesites.
Adara sintió el estómago encogerse.
-No quiero tiempo.
-Sí lo quieres. Solo estás abrumada.
-Fausto...
-Yo puedo esperar.
Ella soltó sus manos de inmediato.
-No me esperes —la voz salió más firme esta vez -Porque no voy a volver contigo.
El golpe de realidad le atravesó el pecho.
Por un instante Fausto perdió completamente la expresión dulce que siempre usaba con ella. Sus ojos se endurecieron apenas, olo un segundo.
Luego volvió a sonreír de forma forzada.
-Te amo, Adara -dijo con la voz rota-. Tú eres el amor de mi vida. No veo mi vida sin ti.
Ella bajó la mirada y aquello le dio más rabia todavía, ñorque ni siquiera parecía odiarlo.
Solo sentir culpa.
-Mereces una mujer que te ame igual -susurró ella-. Y yo no soy esa mujer.
Fausto respiró profundamente. Tenía ganas de gritarle, de sacudirla. De preguntarle si había otro hombre, pero no podía perder el control.
-Está bien... -murmuró al final-. Si eso es lo que quieres... lo aceptaré.
Adara levantó la mirada sorprendida.
-¿En serio?
Él asintió lentamente.
-Pero te voy a pedir algo.
-¿Qué cosa?
-No le digas a nadie aún.
Ella frunció ligeramente el ceño.
-Fausto...
-Por favor. Dame unos días para asimilar esto.
La vulnerabilidad en su voz parecía genuina y Adara terminó cediendo.
-Está bien.
Fausto se acercó un poco más.
-Y aunque ya no seamos pareja... me gustaría que siguiéramos siendo amigos.
Ella dudó unos segundos.
-Sí... claro.
La mentira se sintió pesada porque ambos sabían que jamás volverían a ser solo amigos.
Adara tomó finalmente su cartera y su gabardina.
-Lo siento.
Fausto sonrió apenas.
-Yo también.
Ella se marchó poco después, sintiendo una incomodidad terrible instalada en el pecho.
Y apenas la puerta se cerró todo explotó.
Fausto lanzó el brazo contra la mesa y barrió violentamente las copas, los platos y las velas.
El cristal estalló contra el suelo.
-¡Maldita estúpida!
Respiraba con dificultad. La rabia le quemaba vivo.
-¡Estúpida! -gruñó golpeando una silla-. ¡Maldita estúpida!
¿Cómo se atrevía?
¿Cómo demonios se atrevía a rechazarlo a él?
El sonido de la puerta abriéndose lo hizo girar bruscamente y Allegra apareció en el comedor, sobresaltada.
-¿Qué pasó?
Fausto soltó una risa amarga.
-La muy idiota me dijo que no.
Allegra abrió los ojos.
-¿Qué?
-Me rechazó.
Ella observó el desastre del comedor y luego volvió a mirarlo. Por dentro... algo parecido a la felicidad empezó a crecerle lentamente.
Porque si Adara salía del camino Fausto volvería completamente a ella.
Se acercó despacio.
-Tranquilo...
-¡¿Cómo quieres que me tranquilice?!
Allegra le tomó el rostro entre las manos.
-Porque ella no sabe lo que pierde.
Fausto respiraba con rabia.
Humillado.
Herido.
Y necesitaba apagar eso de alguna manera. La agarró bruscamente de la cintura y la besó con violencia, Allegra soltó un jadeo ahogado contra su boca y no protestó ni un poco porque aunque Fausto estuviera descargando frustración y orgullo herido sobre ella eguía eligiéndola a ella para desahogarse y eso le bastaba.
—Te voy a f0ll4r como la z0rra que eres —le espetó y ella jadeó en respuesta.