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Obsesión En Línea

Obsesión En Línea

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Malentendidos / Romance
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Dary MT

Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que

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Capítulo 24: Las raíces de la huida

El sonido de la maleta de viaje al ser depositada sobre el suelo del vestíbulo resonó en el pequeño apartamento como un eco del pasado. Alana se quedó estática junto a la puerta abierta, mirando a la mujer frente a ella. Elena Vega no había cambiado mucho en los últimos dos años: vestía un impecable conjunto de sastre color crema, su cabello castaño estaba perfectamente peinado en un moño bajo y sus ojos, idénticos a los de Alana, reflejaban la misma mezcla de orgullo y terquedad que compartía toda su estirpe.

—Hola, Alana —dijo Elena, rompiendo el silencio con una voz suave, pero cargada con el peso de la distancia—. Ha sido un viaje largo. ¿Vas a dejar que tu madre se quede de pie en el pasillo?

Alana parpadeó, saliendo del estupor. Se hizo a un lado mecánicamente, permitiendo que su madre entrara a ese espacio que, hasta hacía unas horas, había sido su santuario de libertad. Al ver a Elena caminar por la pequeña sala, evaluando el lugar con una sola mirada, la mente de Alana fue arrastrada, inevitablemente, años atrás. Hacia la vida que había dejado atrás con tanta furia y determinación.

Para el resto del mundo, Alana Vega era una joven de veintitrés años que se abría paso sola en el competitivo mundo corporativo de la ciudad, una secretaria eficiente que dependía de su sueldo mensual para pagar un modesto alquiler. Pero la realidad era un secreto celosamente guardado bajo llave. Alana no provenía de la nada; era la única heredera del consorcio hotelero Grand Vega, una de las cadenas de hoteles boutique y complejos de lujo más importantes, reconocidas y multimillonarias del país.

Crecer como hija única en el seno de la familia Vega no había sido un cuento de hadas, sino un entrenamiento constante para una guerra que ella no quería librar. Desde que tenía memoria, la vida de Alana había sido programada al milímetro por sus padres, especialmente por su padre, Mauricio Vega. Cada clase de etiqueta, cada escuela privada, cada carrera universitaria elegida en el extranjero estaba diseñada con un único y egoísta propósito: que Alana asumiera la presidencia del imperio familiar.

"Todo esto será tuyo, Alana. Es tu deber mantener el apellido en la cima", solía repetirle Mauricio, señalando con suficiencia las maquetas de los nuevos complejos turísticos en el Caribe.

Pero para Alana, ese imperio no era una bendición; era una jaula de oro que la asfixiaba. Ella no quería heredar un trono construido por otros; no quería que su vida fuera el resultado de un apellido. Desde muy joven, Alana albergó el sueño de conseguir las cosas por su propio esfuerzo, de saber cuánto valía su inteligencia en el mercado real sin que el dinero de su padre le pavimentara el camino. Quería ser libre, cometer sus propios errores y saborear la satisfacción de un logro legítimo.

Esa divergencia de ideales provocó, durante sus años universitarios, confrontaciones monumentales que fracturaron la paz del hogar. Las cenas familiares se convirtieron en campos de batalla. Mauricio, un hombre acostumbrado a que ministros, alcaldes y directores ejecutivos se doblegaran ante sus exigencias, no toleraba la insubordinación de su propia hija.

—¡Eres una Vega! —le había gritado Mauricio durante su última gran discusión en la biblioteca de la mansión familiar, golpeando el escritorio de caoba—. Tu orgullo de querer empezar desde abajo es una ridiculez infantil. La gente como nosotros no busca trabajo, Alana. La gente como nosotros da las órdenes. ¡Vas a asumir la vicepresidencia el próximo mes y se acabó la discusión!

—¡No es mi sueño, papá! —había respondido ella, con las lágrimas de rabia quemándole los ojos, plantándole cara sin titubear—. Prefiero ser una empleada común en cualquier parte del mundo antes que pasar el resto de mi vida siendo un títere en tus hoteles de lujo. ¡No voy a dejar que me compres el destino!

Sin embargo, el punto de quiebre definitivo, la gota que derramó el vaso y empujó a Alana al abismo de la huida, ocurrió hace dos años. Mauricio, desesperado por el espíritu indomable de su hija y buscando asegurar una fusión multimillonaria con un grupo inversor europeo, decidió jugar la carta más baja: un matrimonio concertado.

Alana recordaba con escalofriante claridad la noche en que su padre le presentó, durante una gala benéfica, a Alejandro Sterling, el hijo de un magnate naviero. Un hombre completamente desconocido para ella, arrogante y pretencioso, que la miraba con la lascivia de quien ya se sabe dueño de una propiedad adquirida en una subasta.

Esa misma noche, al llegar a la mansión, Mauricio le soltó el veredicto sin anestesia: la boda se celebraría en seis meses. El compromiso ya estaba firmado entre los patriarcas. Su vida, su cuerpo y su futuro habían sido vendidos a cambio de un porcentaje de acciones y la expansión de la cadena hotelera en Europa.

Fue en ese preciso instante cuando el respeto filial murió en el pecho de Alana. Comprendió que para su padre no era una hija, sino un activo financiero negociable. Esa misma madrugada, mientras la casa dormía, Alana empacó una sola maleta con su ropa más básica, vació la cuenta bancaria que había alimentado con sus propios ahorros estudiantiles y huyó en mitad de la noche sin dejar rastro. Cambió su número de teléfono, borró sus redes sociales y se mudó al centro de la capital, adoptando un perfil tan bajo que ni los investigadores privados de su padre lograron dar con ella. Fue así como terminó tocando las puertas de Blackwood Technologies, buscando un trabajo ordinario que le permitiera respirar libertad.

El regreso al presente fue abrupto. El olor a vainilla del apartamento la trajo de vuelta a la realidad de la noche de lunes. Su madre, Elena, se había sentado en el sofá de tela gris, observando con una mezcla de lástima y admiración la decoración sencilla del lugar.

Alana cerró la puerta con llave, frotándose las sienes. El peso de su verdadera identidad, esa que tanto se había esforzado por ocultar de las garras de la oficina y de la mente analítica de Ethan, estaba sentada en su sala.

—¿Cómo me encontraste, mamá? —preguntó Alana, con la voz cargada de una sospecha defensiva, manteniéndose a una distancia prudente—. Cambié todo. Me aseguré de no dejar pistas.

Elena suspiró, dejando su bolso de diseñador sobre la mesa de centro. Miró a su hija, notando de inmediato la pulsera de oro blanco con el dije de pluma que brillaba en su muñeca izquierda.

—Tu padre tiene muchos recursos, Alana, pero yo tengo los míos —respondió Elena con un tono suave, desprovisto de la hostilidad de Mauricio—. Tardé casi dos años, pero una madre siempre sabe dónde buscar cuando realmente quiere encontrar a su hija. No vengo de parte de tu padre, si es lo que te preocupa. Él todavía cree que estás escondida en Europa. Vine sola.

Alana exhaló un aire que no sabía que tenía retenido, pero no bajó la guardia. Caminó hacia la cocina americana y sirvió dos vasos de agua, entregándole uno a su madre antes de sentarse en el sillón individual frente a ella.

—Si no vienes a obligarme a volver para casarme con ese desconocido... ¿a qué viniste, mamá? —inquirió Alana, fijando sus ojos castaños en ella.

Elena tomó un sorbo de agua, mirándola con una seriedad que hizo que a Alana se le apretara el estómago.

—Vine porque las cosas han cambiado, Alana. Tu padre está enfermo. El estrés de tu huida y los problemas con la fusión de los Sterling le pasaron factura al corazón —soltó Elena, provocando que Alana abriera los ojos con sorpresa—. Pero no solo vine por eso. Vine porque sé perfectamente dónde has estado trabajando estos dos años. Sé quién es tu jefe, el señor Blackwood. Y sobre todo... sé que la prensa financiera está empezando a hacer preguntas sobre ti. La burbuja en la que te escondes está a punto de estallar, hija, y necesitas decidir de qué lado vas a estar cuando el mundo descubra quién es realmente la secretaria de Blackwood Technologies.

La tormenta del pasado acababa de unirse con el presente, y Alana supo que su nueva vida con Ethan estaba a punto de enfrentar un enemigo mucho más peligroso que cualquier software espía: su propia familia.

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Lujan Ayala
me encantoooooooooo
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