Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
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Capítulo 17: boda
El espejo de la suite presidencial me devolvía una imagen que no terminaba de reconocer. No sé si definirlo como el "gran día" o como el momento exacto en el que estaba cometiendo el error más grande de mi vida personal. Estaba allí, envuelta en metros de seda y tul, rodeada por Alexa, la señora Patricia y mami Julia.
Estas dos últimas se habían encaprichado en que todo fuera un "sueño compartido". El resultado era un vestido blanco brillante, sutil en su pedrería pero imponente en su volumen; era una contradicción hecha tela: moderno pero con una cola que parecía no tener fin. Si de verdad me estuviera casando por amor, creo que sería el diseño ideal. Pero cada vez que sentía el peso del vestido, recordaba la cláusula número cinco de nuestro contrato. Tenía sentimientos encontrados que me apretaban el pecho más que el corsé, hasta que Alexa me sacó de mis pensamientos.
—Amiga, ¿cómo te sientes? —preguntó ella, ajustándome un mechón de pelo con una mirada cargada de ternura.
—Muy feliz, amiga. Como nunca —respondí. Mentir ya se me estaba dando con una facilidad aterradora; me asustaba lo rápido que mi cerebro encontraba la palabra exacta para mantener la farsa.
—Mi niña, ¿cómo no va a estar feliz? —intervino Doña Julia, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo—. Si hoy finalmente se come ese bizcocho... algo me dice que por eso fue tanta la rapidez de la boda. ¡Ups! Lo siento por mis palabras, queridísima consuegra.
Patricia soltó una carcajada elegante, restándole importancia con un gesto de la mano.
—Jajaja, no se preocupe, Julia. Me encanta que haya pasión, sea cual sea la razón. Lo importante es que mi hijo finalmente sentó cabeza.
"Claro, el propósito de estas dos se está cumpliendo", pensé mientras sentía un escalofrío. No sabía si esto era un plan elaborado por nosotros o si, subrepticiamente, ellas nos habían empujado al abismo. Llena de miedo, aproveché un momento de soledad para tomar el teléfono y enviarle un mensaje rápido a Rafael.
📲Brisa: "¿Estás seguro de esto? Siento que el suelo se va a abrir en cualquier momento".
La respuesta no tardó ni treinta segundos.
📲Rafael: "Como nunca he estado seguro de algo en los negocios, lo estoy de esto. Es lo mejor para ambos, Brisa. Calma. Confianza. Nos vemos en el altar".
Decidí dejarme llevar. Ya estaba en la corriente y no tenía sentido nadar contra ella. Si iba a ser una farsa, sería la mejor farsa de la historia. Disfrutaría mi boda como si fuera real, al menos por las próximas doce horas.
—Hija, estás bellísima —dijo mami Julia con lágrimas rodando por su cara.
—Gracias, mami. Gracias por todo —le dije, y eso sí era verdad. Ella había hecho sacrificios inmensos para que yo fuera la abogada que era hoy.
—Es el momento —anunció Patricia, colocándose su estola de piel—. El novio ya espera por ti. Brisa, quiero decirte que desde el día de hoy te conviertes en una hija para mí. Quiero que me veas como una segunda mamá; puedes contar conmigo para lo que sea.
—Y conmigo cuando él te haga molestar, que sé que tiene un carácter difícil —añadió Alexa picándome el ojo.
—Ya paren, por favor... me harán llorar y el maquillaje no fue sencillo—dije riendo para no quebrarme—. Las amo.
El trayecto al salón fue un borrón de luces y nervios. Cuando las puertas dobles se abrieron, el aroma de miles de flores blancas me golpeó. Era un salón de ensueño, un despliegue de lujo que gritaba "Arismendi" en cada detalle.
Apenas comencé el camino nupcial, lo vi. Rafael estaba parado al final, impecable en un esmoquin negro que resaltaba su porte atlético. No podía descifrar su rostro; su máscara de póker era perfecta, pero sus ojos estaban fijos en mí. Aunque todo fuera teatro, estábamos dando un paso único en la vida. Mami Julia iba a mi lado, caminando con orgullo, asumiendo el papel de madre y padre que siempre había desempeñado. Al llegar al altar, me entregó a Rafael susurrándole unas palabras que solo él escuchó, para luego darle un fuerte abrazo y llamarlo "hijo".
El sacerdote inició la ceremonia. Las palabras sobre la fidelidad, el apoyo y la vida compartida resonaban en el salón como sentencias judiciales en mi cabeza. Traté de mantenerme profesional, analizando la situación como si fuera un caso ajeno, hasta que llegó el momento final.
—Ahora, puede besar a la novia.
Mi mundo se paralizó. Había olvidado por completo que esto pasaría; en nuestro contrato hablamos de "exclusividad física", pero no de las demostraciones públicas obligatorias. Rafael me vio directo a los ojos, una mirada fugaz que parecía expresar un "no queda de otra". Se acercó lentamente. Esos segundos me parecieron los más lentos de mi existencia. Tomó mi rostro con sus manos —sus dedos estaban cálidos— y tocó mis labios con los suyos.
Mis nervios crecieron enormemente. No fue un beso de película, fue un roce firme, posesivo y extrañamente reconfortante. Sentí que me faltaba el aire hasta que él se separó. Mis pies empezaron a seguir sus pasos de forma automática mientras los aplausos estallaban a nuestro alrededor.
Mientras caminábamos hacia la salida, noté la magnitud del evento. Rafael, al ser una figura reconocida en el mundo empresarial, había atraído a una multitud. Había hombres de negocios con miradas calculadoras, mujeres hermosas vestidas de diseñador que me observaban con un desagrado poco disimulado, y niños correteando. En contraste, mis invitados se reducían a una pequeña mesa: Alexa, Elena (mi asistente, que me miraba con la boca abierta) y mami Julia.
La celebración dio inicio y, casi de inmediato, nos llevaron al centro de la pista para el primer baile.
—¿Cómo te sientes? —susurró Rafael al oído mientras me guiaba con una soltura envidiable.
—Abrumada. Siento que tengo mil ojos clavándome agujas —confesé, apoyando la mano en su hombro—. ¿Y tú?
—Honestamente, pensé que sería más sencillo, pero lo superamos —respondió él, dándome una vuelta—. El primer obstáculo legal ha sido sorteado.
—Eso parece.
—Así que... Señora de Arismendi, ¿qué tal suena?
—preguntó con un tono burlón, apretando ligeramente mi cintura.
—Nada del otro mundo —mentí, aunque el nombre pesaba.
—Díselo a todas las chicas de la tercera fila, a ver si piensan lo mismo... —rio él, señalando discretamente con la mirada al grupo que me veía con envidia.
Al terminar el baile, nos dirigimos a la mesa presidencial. No tuvimos ni cinco minutos de paz cuando Patricia se acercó junto a Carlos.
—¡Hijos! —exclamó Carlos, con una copa de champán en la mano y una sonrisa de satisfacción—.
No podíamos dejar que este día terminara sin algo especial. Les tenemos una sorpresa de bodas que no pueden rechazar.
Patricia asintió entusiasmada, sacando un sobre dorado de su bolso.
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