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Sediento De Venganza

Sediento De Venganza

Status: En proceso
Genre:Romance / Venganza
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Ethan es un joven que vive la vida a través de un cristal hasta que el destino le enseña que no todo lo que brilla es oro.

NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El colapso del guardián

El interior del hospital privado apestaba a una mezcla de éter, cera para madera y ese olor dulzón y opresivo que solo la enfermedad y el dinero pueden congregar. Ethan avanzó por el pasillo principal con la naturalidad de un médico o de un inspector, con la confianza que le otorgaba su costoso abrigo negro y su porte aristocrático. Nadie se atrevió a cerrarle el paso; en un lugar donde los secretos se pagaban a precio de oro, los empleados habían aprendido a no mirar fijamente a los hombres poderosos que caminaban con prisa o con excesiva calma.

Al fondo del corredor de la segunda planta, cerca de la unidad de cuidados intensivos, Ethan divisó la silueta de Elean Leroux.

El joven magnate estaba irreconocible. El casanova cínico de Múnich, el hombre que manejaba automóviles de carreras y vaciaba botellas de absenta sin pestañear, permanecía apoyado contra la pared blanca, con la cabeza gacha y las manos hundidas en los bolsillos de un traje arrugado. Pero no estaba solo. Junto a él, manteniendo una distancia prudencial pero visiblemente afectado, se encontraba otro rostro que Ethan había catalogado en sus noches de vigilancia en París: Roman Rivera.

Ethan entornó los ojos, analizando la escena con su habitual distanciamiento clínico. Roman Rivera era uno de los tantos "juguetes" que Anelly mantenía en su órbita; un joven de buena familia, atractivo pero maleable, a quien la rubia utilizaba para avivar los celos de Elean o para costearse caprichos cuando el heredero principal estaba ausente. Que Roman estuviera allí, en el ala médica más restringida de la costa, significaba que la red de Anelly se había tensado al máximo. Ambos hombres, rivales silenciosos en el tablero de la seducción de la rubia, estaban unidos ahora por el mismo hilo de angustia. Ninguno de los dos había seguido a Anelly en su huida hacia París. Ambos habían elegido quedarse al pie del cañón, consumidos por una culpa o un afecto que la mujer de porcelana era incapaz de comprender.

Ethan se detuvo a pocos metros, simulando revisar un reloj de bolsillo de oro. Su rostro tallado en Transilvania permaneció inmóvil, observando el dolor de sus enemigos como quien mira el desgaste de un engranaje.

De pronto, la calma tensa del pasillo se quebró.

El pitido monótono de un monitor cardíaco dentro de la habitación cambió de ritmo, transformándose en una línea continua y chillona que atravesó las paredes de madera. Las puertas dobles se abrieron de golpe y dos enfermeras salieron corriendo, con los rostros desencajados por el pánico.

—¡Paro cardíaco! ¡Llamen al doctor es urgente! —gritó una de ellas, sus pasos resonando con violencia en el suelo de linóleo.

Casi de inmediato, un grupo de tres médicos cruzó el pasillo a toda prisa, empujando un pesado carrito que transportaba el desfibrilador manual. El destello metálico de los aparatos y el olor a urgencia médica inundaron el aire. Elean se enderezó de golpe, intentando dar un paso hacia la puerta, pero uno de los sanitarios lo empujó firmemente hacia atrás antes de cerrar la entrada con un pestillo.

Ethan no necesitó ver más. Su intuición, refinada en la precisión de la joyería, le dijo que el último hilo de vida de esa mujer se había cortado. La máquina del destino había dictado su sentencia. Carter, la única pureza en la vida de Elean, acababa de morir.

Con paso lento y rítmico, Ethan dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida del hospital, dándole la espalda al caos. Mientras se alejaba, retumbó a sus espaldas el sonido que confirmó el final: un grito ahogado, un lamento desgarrador que brotó de la garganta de Elean Leroux al comprender que los médicos ya no saldrían con buenas noticias. Ethan miró de reojo por última vez antes de cruzar la puerta del pasillo: Elean se estaba derrumbando, cayendo de rodillas contra el suelo, mientras Roman Rivera se agachaba a su lado, sosteniéndolo por los hombros en un intento desesperado y torpe por calmar un dolor que no tenía consuelo.

Ethan cruzó el umbral del hospital y emergió a la noche gélida. La llovizna se había transformado en un aguanieve que le golpeaba el rostro de mármol, pero él no sintió el frío. Subió a su automóvil de gran lujo, cerrando la portezuela con un golpe seco que aisló el ruido del mundo exterior.

Apoyó las manos sobre el volante de cuero y encendió el motor, cuyo rugido potente rompió el silencio del bosque de pinos. En sus ojos oscuros, desprovistos de cualquier rastro de piedad o empatía, se reflejó una satisfacción helada.

La muerte de esa mujer era una tragedia para el mundo, pero para su estrategia era la jugada perfecta. Elean Leroux, el perro guardián que protegía a Anelly, el muro inalcanzable de dinero, estaba destruido. El heredero pasaría los próximos días sumergido en el luto, los entierros, la culpa y los interrogatorios policiales que inevitablemente seguirían a una muerte tan sospechosa en su entorno. Anelly estaba sola. Había regresado a París sin su protector, creyendo que su única preocupación era el fastidio de una fiesta arruinada, ignorando que su fortaleza se había agrietado desde los cimientos.

Ethan metió la primera marcha y aceleró, dejando atrás el hospital y la costa del norte. El auto avanzó con velocidad hacia la capital, devorando los kilómetros en la penumbra del crepúsculo. Con el guardián ausente y la víctima en camino, el transilvano sabía que el momento de desplegar sus joyas malditas sobre el asfalto de París finalmente había llegado.

1
Alondra Linares
que historia tan bonita llena de mucho odio, ethan siendo rescatado del odio para vivir en oax
b zamitiz
🙂
Mindy Rey
Esa desgraciada tuvo tanta suerte y tiempo para hacer el mal en todo el mundo
Yolanda Luna
Maravillosa
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